
23-F: un testimonio personal
El recuerdo de los hechos históricos lleva el injerto de las propias vivencias. ¿Qué hicimos el 23 de febrero de 1981? Les hablaré de lo que hice yo. No porque mi experiencia tenga importancia, sino porque es representativa de la cultura del antifranquismo. Retrocedo al verano de 1977. Pasadas las primeras elecciones democráticas y después de unos años de militancia agotadora, me dio por organizar la UGT en el Empordà, en vez de buscar trabajo. Mi padre estaba hecho una furia. En septiembre, con los ahorros agotados, pregunté a Ernest Lluch, diputado socialista por Girona, si podía abrirme alguna puerta en el mundo editorial: necesitaba un sueldo y el trabajo de editor me hubiera encantado. “No sufras –me dijo Ernest–. Pronto dispondremos de presupuesto para los funcionarios de partido; tendrás un sueldo”. ¡Funcionario de partido! La expresión me pareció horrible. Busqué trabajo en
la enseñanza y abandoné la militancia.

Muchos compañeros de generación vivieron como yo ese cambio: durante los años universitarios, habíamos ofrecido nuestra juventud a la causa democrática, impelidos por un compromiso ético. Muchos habíamos llegado al antifranquismo y al socialismo por influencia cristiana. De repente, con las primeras elecciones, la política se profesionalizaba. Nos fuimos con la música a otra parte.
Tres años largos después, el 23 de febrero de 1981, yo era funcionario docente. Estaba casado con una universitaria de pelo larguísimo y ojos impresionantes. Residíamos en La Bisbal y nos desplazábamos a Girona cada día con un Citroën 2CV azul. Nos enteramos del golpe de Estado en el atardecer del 23. No teníamos tele, pero sí transistor. La carretera estaba vacía. Planificamos lo que haríamos. Ella tomaría un café en el bar de la calle del Nord, junto al Gobierno Civil, que frecuentaban los “sociales” de la policía. A mí me habrían reconocido; a ella, no. Se trataba de aguzar el oído para pescar información relevante. Girona estaba vacía. Nadie por las calles. Mientras ella espiaba a los policías, yo llamaba a la puerta del PSC. “Vengo a recuperar el carnet”, le dije a Manel Nadal, que abrió. Poquísima gente en el local. “¿Puedes escondernos las fichas de los afiliados?”, me preguntó dándome una carpeta con las direcciones de la militancia. Así estábamos acostumbrados a actuar: cuando todo el mundo se asustaba o tocaba el violín, sentíamos el deber del compromiso.
Tras 45 años, la historia de lo ocurrido
La impugnación del pacto territorial de la Constitución fue inducida, no por Tejero, sino por los poderes del Estado, como lo prueba la tardanza del rey en condenar el golpe. Aquella tardanza no tiene más explicación política que la ambigüedad.
El 23-F fue nuestro particular aprendizaje de la decepción. Nos hemos acostumbrado a ella: la realidad es como es, no como quisiéramos. Pero acostumbrarse al imperio de la doble moral de los círculos del poder, no significa que ignoremos la jugada de aquel día: aquello no fue la locura de un guardia civil. En la tramoya estaban casi todos. Había que rectificar severamente el rumbo constitucional. La rectificación cuajó y ahora, inquebrantable, podría conseguir la guinda de la uniformidad, si Vox y PP suman un resultado histórico en las próximas elecciones. Sin embargo, un rastro de vergüenza envuelve aquellos hechos: la rectificación que activó el 23-F nunca ha sido reconocida: parece el resultado de la “evolución natural” de la Constitución. De ahí que, 45 años más tarde, el relato oficial
de aquellos hechos siga necesitando el velo de la hipocresía.
