Opinión

¡No pasarán!

Pocos hechos internacionales son tan relevantes como la sentencia del Tribunal Supremo de EE.UU. Sobre los aranceles de Trump. El presidente ha reaccionado con ira, insultando a los jueces del Supremo, dos de los cuales, Coney Barrett y Neil Gorsuch, habían sido designados por él mismo. Ahora dice que quiere imponer nuevos aranceles generales, aunque aplicarlos le resultará, si cabe, más complicado. Ha emergido un espacio judicial de “tercera vía”, en el que jueces de nominación demócrata y republicana dialogan. Juntos han defendido el espíritu de la Constitución americana que, como es sabido, nació tras una revuelta contra la monarquía británica, con el objetivo de evitar un poder parecido al del rey.

Quedan tres años de presidencia. Trump y el movimiento MAGA persistirán en la monarquización de la presidencia, que es su gran proyecto de fondo: reducir la democracia a un vínculo directo entre el presidente y la ciudadanía, sin contrapesos institucionales. Envidian el poder de Xi Jinping por su autoritarismo pragmático y orientado al mercado. Curtis Yarvin, exponente de la llamada Ilustración oscura, va más allá: ha propugnado a un rey-CEO sin vínculo popular: una monarquía absoluta y tecnocrática.

 
 Ken Cedeno / Reuters

¿Por qué ideas del siglo XVII injertadas de libertarismo económico encuentran encaje en el mundo actual y fascinan a amplios sectores de la ciudadanía? La explicación tópica lo achaca a las redes sociales. Pero ha llegado la hora de la autocrítica. El progresismo predominante debe asumir que su dogmatismo es un callejón sin salida. La respuesta del progresismo a los retos de la sociedad abierta ha sido polarizar a la sociedad en torno a ideas no compartidas, que merecían poder ser discutidas sin restricciones, pero que han sido impuestas como verdades reveladas en los medios, en las universidades, la cultura, la moda. Feminismo, cosmopolitismo, identidad de género, inclusión de la diversidad, inmigración... Aparecen como valores obligatorios, mientras que los valores tradicionales (tener hijos o creencias religiosas) son burlados o despreciados.

Llevamos todo el siglo XXI dominados por la convicción de que existe una única manera correcta de pensar. Quienes no se ajustan a ella son descritos como moralmente deficientes o intelectualmente limitados. Dado que el ágora ha sido silenciado, sólo la extrema derecha ha abanderado posiciones discrepantes con el pensamiento oficial. Paralelamente, el peso de la burocracia es insoportable. El Estado se nota sólo en los impuestos y exigencias, pero naufraga en aspectos esenciales: trenes, carreteras, vivienda, escolarización. En ese contexto, la derecha populista ha ido creciendo sin competencia, extremando sus posiciones. La receta del rey-CEO pronto cuajará en Europa.

El interés social por fundir el libertarismo con

La solución ante este esquema no puede ser la ideología opuesta, sino la recuperación del ágora: debatir sobre cualquier asunto sin trabas. Diálogo cívico. Últimamente, al reflexionar sobre nuestra nación (más allá de EE.UU.), considero que tendríamos que plantearnos con valentía interrogantes como estos: ¿No son las regulaciones urbanísticas el motivo fundamental de la escasez de hogares? ¿Hacia dónde nos dirige la crítica constante a la maternidad? ¿Es preciso que nuestro entorno social cambie hasta que resulte irreconocible? ¿Debemos abandonar la propiedad privada para solventar la crisis de la vivienda? ¿No hace falta un acuerdo entre generaciones para nivelar las rentas de jóvenes y mayores? Y así sucesivamente.

La derecha extrema crece porque es la única que pone el dedo en la llaga de los problemas. Sus soluciones los empeorarán, pero de momento la gente nota que hablan de sus problemas mientras los demás (periódicos y televisiones, museos, universidades, expertos, políticos) hablan de conceptos abstractos: democracia, reformismo, derechos, inclusión...

Quien dé prioridad a los problemas dejará de polarizar para empezar a fomentar el diálogo civil, camino imprescindible para alumbrar pactos que resuelvan los problemas. Ahora bien, quien como primer objetivo desee resistir como partido o corriente ideológica, lo que hará es polarizar todavía más, como ha hecho siempre Gabriel Rufián, quien ahora quiere coser muchos pedacitos ideológicos para conformar una pancarta que diga con letras tan grandes como impotentes: “No pasarán”.