
El jacuzzi imposible
Llamo un martes para pedir cita previa. Porque así funcionan muchas tiendas actualmente. El viernes de esa semana tenía fiesta y podía aprovechar la tarde para acabar de decidir qué jacuzzi me encaja mejor en casa (y en el bolsillo). Porque sí, cada uno tiene sus caprichos y la vida son esos cuatro días de los que tan solo quedan dos. Me dicen que pasarán nota a un comercial para que me atienda en el showroom . En breve me llamarán. Y pasan los días. Vuelvo a contactar. Se disculpan por la demora y al cabo de unos minutos me llama el comercial prometido. ¿Quedar el viernes por la tarde? No, imposible. No trabajan. ¿El sábado? Tampoco. Todo el día cerrado ¿Entonces? Pues entre lunes y jueves con cita. Evidentemente, el showroom no se encuentra en Barcelona y difícilmente se llega en transporte público. Es decir, todo facilidades para comprar. Eso de adaptarse al cliente parece que ya ha pasado a la historia.

“A ver, si yo lo que quiero es comprar uno de vuestros jacuzzis”, insisto al comercial. “Es que nosotros también tenemos derecho a conciliar”, me responde. Solo faltaría. Y con dos días y medio de fiesta lo veo más que factible. “En más de diez años que llevo trabajando en esta empresa eres la primera persona que se me queja de los horarios”. ¿En serio? Eso de que el cliente siempre tiene la razón también ha pasado a la historia. Cuelgo el teléfono sin cita y pasmada. ¿Cómo pueden dejar escapar a un cliente que ya tenía decidido comprar?
Lo que antes era un derecho implícito del ciudadano (poder acceder a una tienda en horarios razonables) se está convirtiendo en un privilegio”
Pero la respuesta es clara. No intereso. Ni yo, ni el 80% de la población con jornada laboral partida o con tan poco tiempo libre que solo puede concentrar sus compras el sábado. Hay negocios que ya tienen suficiente con ese 20% restante, que, además, no paga su capricho de jacuzzi con los ahorros sudados durante años.
Que los modelos de comercio presencial están cambiando, es un hecho. Pero lo que antes era un derecho implícito del ciudadano (poder acceder a una tienda en horarios razonables) se está convirtiendo en un privilegio. Lo podríamos llamar segregación comercial. Determinados establecimientos nos dicen a la mayoría: “No eres nuestro público. No te esperamos. Si quieres comprar, que sea online y a ciegas”. En cambio, a aquellos que reciben con una taza de café caliente en las manos, les asesorarán con todo lujo de detalles. Porque acumulan buenas cifras en sus cuentas bancarias, porque tienen vehículo para desplazarse a los showrooms , pero, sobre todo, porque disponen de su propio tiempo. Y eso último es lo que hoy en día marca la gran diferencia. Eso sí es ser rico. Y yo me quedo sin jacuzzi.

