Opinión

Francia, paraguas de Europa

Los americanos no son de fiar, son insolidarios y desconocen la historia de Europa, advertía en 1958 el presidente francés Charles de Gaulle al canciller alemán Konrad Adenauer. Diez años después, Francia tenía la bomba atómica, había salido del comando militar de la OTAN y había expulsado a los soldados norteamericanos de su suelo. La profecía del taimado general ha tardado en cumplirse, pero los hechos desencadenados por Donald Trump han terminado por darle la razón.

  
  Efe

Emmanuel Macron es un alumno aventajado del gaullismo, que se ha cansado de advertir sobre las aviesas intenciones del aliado americano, más interesado en desmembrar la OTAN que en construir un bloque defensivo occidental a prueba de Putin. Francia tiene sus propios aviones de combate, mantiene su independencia nuclear y envía su propia red de satélites al espacio. A pesar de que la grandeur no pasa por su mejor momento, su propuesta de cobijar a los socios continentales bajo el único paraguas atómico de la Unión Europea es la alternativa razonable a la traición de Estados Unidos y a la creciente amenaza del arsenal nuclear ruso, sobre todo después de la rotura de los pactos de verificación que obligaban a las dos grandes potencias.

Alemania y Francia son los cabecillas de la estrategia encaminada a construir el imprescindible pilar defensivo de Europa

Alemania, Grecia, Polonia, Suecia, Bélgica, Dinamarca, Países Bajos y Gran Bretaña, la otra nación con ojivas nucleares del continente, ya se han apuntado al club. Es revelador de la gravedad del momento que dos de los eternos contendientes en las guerras europeas, Alemania y Francia, sean los cabecillas de la estrategia encaminada a construir el imprescindible pilar defensivo de Europa. Y tampoco es menor que la disuasión nuclear sea su piedra angular, tal como pasó durante la guerra fría.

En un mundo perfecto, las bombas atómicas y los misiles con carga nuclear deberían descansar en el desván de los malos recuerdos. Pero cuando las amenazas se multiplican y no hay garantías sobre la disponibilidad de las 3.000 cabezas nucleares que Estados Unidos tiene en suelo europeo, dotarse de la fuerza necesaria para defenderse no es una opción, es la única opción. Combinada con la diplomacia y las alianzas ciertamente, pero asumiendo que el orden que rige el mundo ha cambiado y que los viejos aliados no son fiables y los adversarios de siempre son más peligrosos que nunca.

Lamentablemente y a pesar de los nefastos augures, la brecha que divide a los integrantes de la UE todavía sigue siendo demasiado amplia para diseñar una arquitectura conjunta y autónoma de disuasión nuclear. España, por ejemplo, ni está ni se la espera. El riesgo es que los males y los miedos suelen llegar al mismo tiempo.