Opinión

Ninguna guerra es justa

OBSERVATORIO GLOBAL

Ninguna guerra es justa. Eso dijo el papa León XIV en mi presencia en el Encuentro por la Paz, reunido en Roma en octubre pasado. Y añadió: “Solo la paz es santa”. Son palabras para grabar en nuestras mentes en el momento en que el mundo se desliza hacia guerras cada vez más violentas, bajo el impulso de un presidente estadounidense embriagado por su supremacía militar y un Israel que, por su comprensible paranoia histórica, bombardea, asesina y ocupa su entorno, incluso perpetrando un genocidio en Gaza sin que nadie se atreva a sancionarlo.

De esa lógica surge la guerra contra Irán, de gravísimas consecuencias para la economía global y para el equilibrio mundial. Y que no tiene justificación seria. Según el Organismo de la Energía Atómica de las Naciones Unidas no hay indicios de que Irán esté en proceso de desarrollo del arma nuclear. Es más, tras el bombardeo de hace unos meses, Trump declaró la destrucción total de las instalaciones iraníes sospechosas.

  
  Kaveh Kazemi

La erradicación del régimen de los ayatolás es un ferviente deseo de Israel y EE.UU., pero eso no se puede hacer desde el aire. Implicaría una ocupación sobre el terreno, con un coste muy alto para el ocupante. No hemos aprendido de las tragedias de Irak (donde no había armas de destrucción masiva) y de Afganistán (donde la CIA había armado a los talibanes para atacar a los soviéticos). Tras más de dos décadas de guerra y decenas de miles de muertos, muchos civiles, hoy los chiíes (con simpatía hacia Irán) gobiernan en Bagdad y los talibanes controlan Afganistán y someten a las mujeres a condi­ciones aún peores de las que tenían antes de su liberación por tropas occi­dentales.

De hecho, las guerras de EE.UU. En los últimos setenta años se han saldado con derrotas, parciales (la de Corea) o totales (Vietnam, Irak, Afganistán). De ahí la nueva táctica. Someter a países a golpe de misil o intimidarlos con esa amenaza, sin arriesgar demasiadas vidas propias. Y actuar al margen de las Naciones Unidas o de cualquier otra institución que escape al control del hegemón militar.

El rechazo español a la guerra causa impacto

Y menos mal que ni Rusia ni China tienen interés en entrar en conflicto con EE.UU. Rusia porque Putin aspira a ser compinche de Trump y China porque no quiere arriesgar su prosperidad. Los chinos se sitúan en el largo plazo, incluso con respecto a Taiwán.

Con la ONU fuera de juego, paralizada por reglas obsoletas y arruinada por la semi-retirada de EE.UU., solo una acción concertada de las naciones democráticas para restablecer la civilidad y el derecho internacional por medios pacíficos, respaldados por una capacidad militar responsable, puede constituirse en salvaguarda frente a la ley del más fuerte. La ley de los sin ley que acaba con la convivencia y en último término niega nuestra humanidad. Por eso el rotundo “No a la guerra” del Gobierno español ha resonado por doquier y ha enfurecido a Trump, que no tolera discrepancias.

Y aunque la Unión Europea sigue titubeando sobre su dependencia de EE.UU., la opinión pública está empujando a sus gobiernos a no atacar a Irán aunque defiendan a los países del Golfo. La importante excepción es Alemania, vinculada a Israel por su culpabilidad histórica.

Hay unanimidad, sin embargo, en el rechazo a la teocracia dictatorial de los ayatolás. Cuando estuve hace algún tiempo en la Universidad de Teherán, observé la brutalidad del régimen y también la determinación de la sociedad a liberarse. En particular de las mujeres, que son la mayoría de los graduados universitarios.

Lo conseguirán, pese a la salvaje represión. Pero no con bombardeos y asesinatos. Porque si quisiéramos imponer la democracia a bombazos en las múltiples dictaduras existentes en el mundo estaríamos en guerra permanente, tal como malvive Israel. Es esencial detener esa espiral infernal antes de que nos destruya. La guerra no lleva a la democracia sino a más guerra.