Opinión

La jauría

Sarah Santaolalla ha denunciado a Vito Quiles por agredirla al salir de un acto sobre igualdad en el Senado. Quiles la ha denunciado a ella por calumnias; le reclama 250.000 euros de indemnización. Todos los grupos del Senado han condenado el acoso de Quiles a Santaolalla y a varias senadoras… menos, claro, el PP (que invitó a Quiles a su acto de cierre de campaña en Aragón) y Vox.

Vito Quiles, el año pasado en un campus universitario 
Vito Quiles, el año pasado en un campus universitario Nacho Vera Galbarro

¿Y quiénes son Santaolalla y Quiles? Ella, feminista y de izquierdas, la tertuliana de moda. Él, que se presentó en las listas de Se Acabó la Fiesta, el agitador de moda. Su especialidad: abordar a políticos o periodistas con tal vehemencia –¿es “vehemente” un pitbull?–, que a menudo consigue que el interrogado, por ejemplo, Pablo Iglesias, termine tirándole el micrófono al suelo, momento que él graba y difunde. “Matonismo con micrófono”, lo llama Ana Pardo de Vera, que lo sufrió hace meses y está de baja desde entonces.

Santaolalla y Pardo de Vera han denunciado a Quiles. También Podemos, que le acusó de instigar la cacería racista en Torre Pacheco. Pero me quiero fijar en otro denunciante: una plataforma llamada Acción contra el Odio, que exige a las instituciones que actúen frente al acoso. Yo firmé su manifiesto. Después…

¿Con qué legitimidad podemos pedir a las instituciones que nos defiendan del acoso, si nosotros mismos, aunque sea solo digitalmente, lo ejercemos?

Después, vi la lista de los otros firmantes. Y, discúlpenme la frivolidad en un tema tan serio, me tuve que reír. Porque entre ellos los hay que han sido condenados por difundir bulos contra sus adversarios, llamado “cerdas” y “zorras” a políticas que no les gustan, o defendido los escraches, calificándolos de “jarabe democrático”. Y que, por supuesto, tildan de “odio” cualquier opinión que discrepe de las suyas.

No doy sus nombres, porque su violencia no ha sido presencial, sino en las redes. Pero ¿con qué legitimidad podemos pedir a las instituciones que nos defiendan del acoso, si nosotros mismos, aunque sea solo digitalmente, lo ejercemos? Hagan la prueba: opinen en X sobre algún tema polémico. Verán cómo se les abalanza encima una jauría.

La semana pasada se presentó en Madrid una asociación nueva: Caracara, que no propone denuncias y querellas, sino cambios educativos, tecnológicos y políticos para prevenir la violencia digital. Creo que esa es la mejor apuesta: la que va a la raíz y trabaja a largo plazo. En todo caso, ni juezas y jueces, ni la tecnología, ni todas las asociaciones del mundo, evitarán la violencia si no somos nosotras, la gente de a pie, las que, en X o en la calle, nos portamos como personas, no como pitbulls.