
DAO, Móstoles, Epstein
Una mujer denuncia a un hombre, su superior jerárquico, por agresión sexual. El hombre tendrá que responder ante los tribunales (y, entre tanto, dimite de su cargo). La mujer lleva meses (desde que sucedieron los hechos) de baja por depresión. Su nombre se filtra. El acoso que sufre es tan violento que se le ha asignado protección policial.
Una mujer denuncia a un hombre, su superior jerárquico, por acoso sexual. Lo hace en los canales internos del partido al que pertenece y al que no quiere perjudicar. Los altos cargos a los que se dirige –mujeres y hombres– se la quitan de encima, o, si la escuchan, le piden que no haga nada. Que calle, renuncie a su puesto y se vaya a su casa. Cierran el caso sin siquiera decírselo. Cuando el asunto se hace público, filtran su identidad (“por error”, dicen) y la amenazan con abrirle expediente, acusándola de pasar información al partido rival. El cual, por cierto, unos meses antes también había cerrado discretamente un caso de acoso sexual sin notificarlo a las (en este caso, eran varias) afectadas…

Parece que se dan dos actitudes. Públicamente y en teoría, todo el mundo condena las agresiones. Y así se ha plasmado en la ley. Pero ante el caso concreto y off the record, a menudo la reacción es muy distinta: se protege a los agresores, se intenta hacer callar las víctimas, porque siempre hay algo –la simpatía hacia un colega, la alcaldía de un municipio importante, las habilidades del presunto acosador como analista electoral…– más importante que ellas.
El caso Epstein es el mejor ejemplo. Que ese señor manejase una red de trata de mujeres, muchas de ellas adolescentes, no impidió que, durante décadas, cientos de hombres importantes fueran amigos suyos. ¿Será que no conocían su otra cara? Difícil de creer. Constantemente surgían acusaciones contra él, que terminaban con acuerdos económicos, y en el 2008-2009, pasó trece meses en la cárcel (tras un pacto secreto con la Fiscalía, que probablemente le evitó una pena mucho mayor) por prostitución de menores. Bastaba teclear su nombre en Google para enterarse.
Esas fiestas, en las que solo había hombres poderosos y jovencitas anónimas, ¿les parecían normales?
Alto ahí, me dirán: quien cumple su condena recupera sus derechos; ya no es un delincuente, sino, si acaso, exdelincuente… Pero ¿esos amigos que por su fama –políticos, científicos, filántropos…– cuidaban tanto su imagen, habrían frecuentado a un extorturador o exnarcotraficante? Esas cenas y fiestas, en las que (salvo contadas excepciones) no había más que hombres mayores, célebres, poderosos, y jovencitas guapísimas y anónimas, ¿les parecían normales? ¿Y encontraban normal la manera como Epstein hablaba de mujeres: mencionando solo su edad y nacionalidad (“dos rusas”, “una tahitiana, exótica”), ofreciéndolas en calidad de “regalos” que les enviaba por avión, como si fueran aguacates?
Pues parece que sí, que lo encontraban normal. Que no frecuentaban al simpático Jeffrey a pesar de su pasado (y presente, hasta su encarcelamiento y suicidio en 2019) de pedófilo y prostituidor, sino por eso mismo: “Con todos esos tipos perseguidos por acoso, he subido un poco en la escalera de la reputación y cada día me piden consejo”, leemos en uno de sus mails. Cuando nos preguntamos qué podía tener en común un hombre de negocios millonario con un intelectual de izquierdas como Noam Chomsky, la respuesta está ahí: Epstein llamaba “feminazis” a las mujeres que denunciaban violaciones; Chomsky le daba la razón, lamentando “toda esa histeria sobre los abusos a mujeres”.
De todo lo que he leído u oído sobre el caso, me quedo con la reflexión de un periodista que fue corresponsal de The New York Times en India. Cuando ha tenido que cubrir, decía, el asesinato de una mujer en ese país, por cosas como haberse echado un novio que no era el que le destinaba su familia, ha entendido por qué esos “crímenes de honor” se siguen produciendo: por lo que llama “los círculos concéntricos”. El asesino no actúa solo: a su alrededor hay un pequeño círculo de cómplices, otro más amplio de encubridores, otros de quienes lo justifican, o al menos callan y echan tierra sobre el asunto... Las leyes son necesarias, pero no bastan: hace falta una conciencia social que, por ahora, muchas veces, brilla por su ausencia.
