
Aparta de mí esa tentación
La aviación israelí, guiada por la CIA norteamericana, liquidó de un plumazo el sábado 28 de febrero al líder supremo de Irán, Ali Jamenei (sucesor en 1989 del ayatolá Jomeini), al ministro de Defensa, al comandante de la Guardia Revolucionaria y a decenas de altos dirigentes de la república islámica.
El régimen teocrático de los ayatolás, que humilla a las mujeres y en las protestas callejeras de enero mató a miles de manifestantes, es aborrecible. Por su parte, la ejecución del ataque israelo-norteamericano fue un ejemplo de eficacia (como lo fue en el 2024 la operación que diezmó Hizbulah al hacer estallar los buscas de sus militantes). Por ambos motivos –lo detestables que son unos y lo hábiles que son los otros–, puede sentirse la tentación de aplaudir el ataque.
Lo que distingue a un país “bueno” de otro “malo” es la ética y el progreso colectivo
Pero no sería razonable hacerlo. Dicho ataque podría tener efectos relativamente liberadores para Irán, pero también pueden ser devastadores para el mundo entero. No ha podido averiar más la reputación de Israel, ya destruida en el genocidio de Gaza. Pero sí la de EE.UU., cuyo presidente, ególatra y errático, actúa saltándose el control parlamentario, el derecho internacional y la diplomacia, abusando de su mando sobre el ejército más poderoso del planeta.

El cómo puede invalidar el qué. Lo que diferencia a un país supuestamente “bueno” de otro supuestamente “malo” no es la potencia de fuego, sino el peso en sus decisiones de la ética y del auténtico afán de progreso colectivo. El nacionalismo, que se parece en muchos países, sea cual sea su gobierno, suele obviar eso y tiende a respaldar diversas fechorías, ya sean represivas o bélicas, solo porque se cometen bajo la propia bandera. Sin embargo, nada de eso convierte lo inaceptable en aceptable.
Hasta ahora –en el futuro ya se verá– ha sido preferible vivir en EE.UU. Que en el Irán fundamentalista, porque no cabe admirar a clérigos crueles anclados en el medievo. Pero tampoco se puede jalear a un matón irreflexivo y belicoso que sigue pidiendo el Nobel de la Paz. Por eso no deben aplaudirse sus excesos, pese a sus ventajas potenciales o su a veces afinada ejecución. Y no digamos cuando las bombas caen sobre escuelas.
