
Alguien ha matado a los artistas y no ha sido la IA
Antes los pintores se organizaban en gremios, como los carpinteros o los zapateros, y tenían talleres de producción con un grupo de aprendices alrededor de un oficial. Rafael (1483-1520), autor de obras como La escuela de Atenas o La Fornarina , gestionaba un taller donde trabajaban más de 50 personas. Murió con solo 37 años, pero produjo cientos de obras gracias a un sistema casi industrial en el que él se encargaba de la concepción y composición, supervisaba la ejecución por parte de sus aprendices y realizaba las partes críticas (rostros, manos y alguna figura central).

Del mismo modo que un mueble servía para guardar ropa o para sentarse, la pintura también se quería para prestar un servicio (religioso, político o decorativo). Y del mismo modo que el precio de una mesa dependía sobre todo de la cantidad y calidad de la madera, el precio de un cuadro dependía de sus dimensiones, número de figuras y colores elegidos (el azul era difícil de obtener y por tanto más caro). Ciertamente, el mercado valoraba el talento porque había artesanos mejores que otros, pero se fijaba más en la adecuación al encargo y la economía de materiales que en la originalidad.
Muchas marcas no están dispuestas a pagar demasiado por el genio creador
La idea de artista no se consolida hasta el siglo XVII, cuando la pintura entra en la órbita cortesana y cultural y empieza a reivindicarse como un arte liberal, es decir, como una actividad intelectual. La figura del artista gana peso y evoluciona del régimen de oficio hacia el régimen de autoría que hoy ordena nuestra manera de entender el arte. El artista ya no cobra por horas o por cantidad de material empleado, sino por su genio creador, su mirada, su originalidad. 140 millones por un cuadro de Picasso.
Estos días estamos viendo cómo Vueling o Coca-Cola están haciendo sus anuncios televisivos utilizando solo IA, cuando antes para hacer lo mismo era necesario movilizar equipos de rodaje, actores, maquillaje, vestuario, decorados, iluminación, producción, posproducción y quién sabe cuántas cosas más. La IA ahorra todo eso y, por tanto, ahora las marcas están pidiendo lo mismo por un presupuesto mucho más bajo. Los precios han bajado tanto que se ha hecho evidente que había un malentendido terrible: durante demasiados años, las agencias de publicidad, con su absurda manera de competir, cometían el fatídico error de casi regalar la creatividad y justificar sus precios sobre todo por los costes de producción. Como antes, cuando el precio de un cuadro dependía de cuánto azul querías. La IA ha reducido radicalmente los costes, y se ha descubierto que muchas marcas quieren un anuncio, pero no están dispuestas a pagar demasiado por el genio creador.
El problema de los artistas no es la IA, sino que hace demasiado tiempo que no valoramos su trabajo. Hace mucho que músicos, escritores, poetas, ilustradores y dibujantes han vuelto al siglo XV y cobran más en función de la cantidad de horas y materiales que del valor intelectual. Una vez más, la IA nos pone frente al espejo, como cuando criticamos que tenga sesgos racistas o misóginos y resulta que los ha aprendido de nosotros.
