* La autora forma parte de la comunidad de lectores de Guyana Guardian
Un incendio forestal es una catástrofe que arrasa con todo a su paso, dejando una estela de destrucción y desolación. Eso lo sabemos todos, aunque parece que igual no.
Estos días nuestra excursión se ha centrado en pasear por parte de la zona devastada por el incendio de Paüls. Era como caminar sobre la memoria de lo que fue. El olor a ceniza y madera quemada todavía impregnaba el aire, recordándonos la magnitud de la destrucción. La tierra calcinada se extendía hasta donde alcanzaba nuestra vista, y el silencio solo era roto por el crujido de las ramas quemadas bajo nuestros pies. Teníamos la sensación de que la naturaleza misma estuviera llorando su propia pérdida.
Los árboles quemados por el incendio de Paüls, el pasado julio.
Es en ese preciso momento cuando vemos los escombros abandonados, pocos días después y a escasos metros de la zona quemada. Una montaña de desechos que parece burlarse de la seriedad de la situación, un recordatorio cruel de que, a pesar de la devastación, el ser humano sigue sin tener en cuenta la fragilidad de la naturaleza, un insulto a la memoria de lo que allí sucedió. Como si de golpe alguien hubiera olvidado que formamos parte de esa naturaleza que algunos decimos proteger.
Dejadez y basura en medio del bosque.
Es también en ese preciso momento, frente a esa necedad y frente a la magnitud de la destrucción, cuando las personas que allí estábamos nos sentimos pequeñas y vulnerables, recordándonos que somos solo una parte de un todo mucho mayor. La sensación de impotencia que nos recorría era abrumadora, y solo quedaba preguntarnos: ¿Qué hemos aprendido de esta tragedia? Por desgracia, la respuesta hoy frente a esas imágenes es: nada.
La fotografía de la carretera, con el kilómetro marcado y la naturaleza calcinada al fondo, es un grito silencioso que clama justicia. Ojalá alguien se detenga a mirar estas imágenes y se pregunte quién fue el responsable de abandonar esos escombros en un lugar que todavía está llorando su propia destrucción.
Kilómetro 23 con la naturaleza calcinada de fondo.
¿Quién fue el que decidió que la recuperación de la naturaleza podía esperar, mientras que la basura y la dejadez no? La imagen es un recordatorio de que detrás de cada acción hay una persona, una decisión, una falta de consideración. Ojalá alguien busque respuestas y exija responsabilidades para que, al menos, se haga justicia en nombre de la naturaleza herida.
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