* El autor forma parte de la comunidad de lectores de Guyana Guardian
Este 19 de noviembre se abre el plazo para la presentación de solicitudes de la nueva convocatoria Ramón y Cajal de 2025. Este programa, que ofrece contratos de cinco años, representa para muchos investigadores un punto de inflexión, el paso hacia la madurez científica y una posible estabilización en un sistema donde la incertidumbre sigue siendo la norma. Tuve la fortuna de ser uno de los seleccionados en la convocatoria de 2024, un privilegio que invita también a reflexionar sobre el nombre que da sentido a esta ayuda.
El médico e investigador Santiago Ramón y Cajal, Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1906, es una de las figuras más universales de la ciencia española. Sin embargo, pocas veces pensamos en el lugar que lo vio nacer: Petilla de Aragón, un pequeño enclave navarro rodeado por tierras aragonesas. Cuando Ramón y Cajal vino al mundo, en 1852, el pueblo contaba con más de 500 habitantes. Hoy apenas supera la veintena. Ni siquiera el honor de haber dado vida a uno de los grandes genios de la ciencia mundial ha logrado frenar el lento vaciamiento del territorio.
Santiago Ramón y Cajal, Premio Nobel en 1906, pocas veces pensamos que es originario de un pequeño enclave navarro
Ese contraste, entre la trayectoria de un científico que asciende y su lugar de origen que se va apagando, me resulta cercano. Mis raíces no están en Petilla, sino en Soria, considerada el kilómetro cero de la despoblación. También allí, el mapa de la España interior se va tiñendo cada vez más en abandono, en una agonía extensa y silenciosa, mientras los grandes núcleos urbanos concentran la ciencia más puntera y diversa.
Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), Premio Nobel de Medicina en el año 1906.
Puestos a elegir dónde hacer ciencia tras una estancia postdoctoral en el extranjero, escogí en 2023 el Instituto de Ciencia de Materiales de Barcelona (ICMAB-CSIC), un centro Severo Ochoa de excelencia, integrado por investigadores de diversas partes de España y del mundo.
Soria, como tantas otras regiones de la España vaciada, no figuraba entre las opciones posibles para desarrollar la carrera científica a la que aspiro. Sin embargo, a pesar de la localización de mi trabajo, nunca dejé de pensar en mi tierra de origen.
Cuando me incorporé al ICMAB-CSIC, el centro ya contaba con una sólida trayectoria en divulgación científica. Quise llevar esa ciencia a la zona rural de Soria y, con el apoyo del personal investigador y de comunicación del centro, y de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) dependiente del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades (MICIU), nació la propuesta LAB TOUR 2026.
Más allá de divulgar conocimiento, el proyecto busca provocar una reflexión sobre el movimiento histórico de población y el problema demográfico con el abandono de las zonas rurales. Se trata de llevar la ciencia a los pueblos, tender puentes entre laboratorios y comunidades locales, y demostrar que el conocimiento también puede germinar fuera de las grandes ciudades.
Se trata de llevar la ciencia a los pueblos, tender puentes entre laboratorios y comunidades locales
En el ICMAB-CSIC somos muchos los que compartimos raíces similares: historias de abuelos que emigraron del campo, familias que dejaron atrás aldeas donde hoy apenas quedan unas pocas luces encendidas.
En nuestra búsqueda de conexiones locales encontramos investigadores que, como Ramón y Cajal, también tenían en su pasado una pequeña “Petilla”. Dentro del proyecto LAB TOUR 2026, una de las actividades consiste en localizar dentro del ICMAB-CSIC a investigadores con vínculos sorianos remontados al gran éxodo rural de los años 50 y 60.
En esa búsqueda hemos encontrado seis personas con raíces de pueblos como Velamazán, Bocigas de Perales o Coscurita. A mediados del siglo pasado albergaban 527, 414 y 778 habitantes respectivamente, y hoy apenas reúnen 70 personas censadas. En esa búsqueda también podemos incluir a la actual presidenta del CSIC, Eloísa del Pino, que tiene lazos familiares con Soria, un detalle que demuestra que la ciencia española mantiene todavía algunas raíces en el mundo rural.
Fuera de Soria encontramos más ejemplos de científicos célebres con raíces rurales: Severo Ochoa, nacido en Luarca (Asturias, ≈ 2.900 habitantes) y Margarita Salas, en Canero (Valdés, Asturias, ≈ 1.600 habitantes). Ambos comparten como con Ramón y Cajal ese vínculo con el mundo rural, aunque todos ellos acabaron desarrollando su labor científica en grandes ciudades.
La científica Margarita Salas en la UIMP (fecha de la imagen 15/07/2019).
Las urbes concentran la investigación y el talento, pero también los costes del progreso: desplazamientos interminables, contaminación, alquileres inasumibles y una desconexión creciente con el entorno natural. Son modelos que fortalecen la ciencia urbana, pero que al mismo tiempo erosionan la calidad de vida de quienes la hacen posible. Llevamos décadas sosteniendo esa dinámica. ¿Existe otra forma de organizar la ciencia?
Las urbes concentran la investigación y el talento, pero también los costes del progreso
Hoy, mientras se abren nuevas convocatorias de las becas Ramón y Cajal, deberíamos preguntarnos también dónde está naciendo la próxima generación de científicos. Si el mapa del conocimiento se concentra únicamente en unas pocas metrópolis, corremos el riesgo de que pronto no haya otro Ramón y Cajal de Petilla, ni una vocación científica que brote en los márgenes.
Me queda la duda de si los científicos Ramón y Cajal, Ochoa y Salas habrían sido quienes fueron sin ese pasado rural. ¿Acaso la vida contemplativa de un pueblo —el silencio, la cercanía, el contacto directo con la naturaleza— contribuye a formar una sensibilidad distinta hacia la ciencia y el conocimiento? Tal vez el futuro pase por una ciencia más distribuida, capaz de aprovechar la tecnología para trabajar y experimentar desde distintos lugares, donde los pueblos no sean solo la cuna de los científicos del pasado, sino parte activa del conocimiento del presente.
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