* La autora forma parte de la comunidad de lectores de Guyana Guardian
Hay noches en las que la casa parece un planeta aparte: los relojes suenan distinto, las manos funcionan en piloto automático y la conversación humana se reduce a monosílabos robados entre sueño y alimento. Tras investigar durante años las experiencias de cientos de mujeres, he detectado un patrón imposible de ignorar en los últimos meses: más del 90% recurre, en algún momento, a chats de inteligencia artificial para hacer preguntas, desahogarse o buscar compañía. No es una anécdota: es una señal.
La IA, esa caja de respuestas inmediatas y sin juicio, aparece para muchas como una amiga disponible a las tres de la mañana. Les contesta cuando los apoyos fallan, cuando los profesionales de salud están saturados o cuando el entorno minimiza sus dudas. “Me escucha mejor que mis amigas”, dijo una. Otra contó que una conversación con un asistente virtual la calmó tras un ataque de ansiedad postparto. Estos testimonios no demonizan la tecnología: revelan una necesidad humana que hoy se satisface con herramientas digitales.
¿Por qué la IA triunfa como compañía? Porque ofrece tres cosas que hoy escasean: disponibilidad, inmediatez y ausencia de juicio. Una madre puede consultar sobre fiebre, lactancia o pedir una palabra de consuelo sin miedo a que la cuestionen o la etiqueten. En un mundo donde el fracaso maternal se penaliza y la perfección se exhibe en redes, una respuesta fría, informada y neutral resulta, paradójicamente, terapéutica.
Pero ahí reside el dilema. La respuesta técnica no sustituye la escucha humana. La IA puede ofrecer pautas sobre cómo calmar a un bebé, pero no puede sentir el calor de una mano amiga. Puede sugerir ejercicios de respiración, pero no puede mirar a los ojos y validar un miedo con ternura. El riesgo es que, con el tiempo, esta dependencia a soluciones digitales normalice una soledad estructural: menos visitas, menos redes de apoyo, menos maternidad compartida. Si la tecnología cubre el vacío, ¿quién se ocupa de cerrar la grieta que lo creó?
La IA tiene éxito porque ofrece tres cosas que hoy escasean: disponibilidad, inmediatez y ausencia de juicio
La medicina y las políticas públicas también tienen una responsabilidad. Cuando las madres recurren masivamente a la IA para buscar apoyo emocional o resolver problemas que antes trataban con profesionales o familiares, el sistema está enviando una señal: no estamos atendiendo las necesidades básicas de quienes cuidan. Servicios de salud mental saturados, permisos parentales insuficientes, precariedad laboral y redes comunitarias debilitadas dibujan un paisaje donde la IA se convierte en alivio de emergencia, no en solución estructural.
Además, la calidad y la ética de la información importan. No todos los sistemas están preparados para gestionar vulnerabilidades emocionales; algunos priorizan respuestas rápidas antes que recomendaciones seguras. Existe un riesgo real de desinformación o de consejos que, aunque bienintencionados, no sustituyen la intervención profesional cuando es necesaria. Regular y estandarizar los protocolos de respuesta en plataformas que actúan como acompañantes virtuales debería ser una prioridad.
Sin embargo, no todo es negativo. Algunas mujeres contaron que la IA les permitió acceder a recursos que desconocían, a ejercicios de autocuidado o simplemente a la calma necesaria para tomar decisiones informadas. Para madres que viven lejos de sus familias o en contextos laborales extremos, la tecnología ha sido una herramienta de empoderamiento. Aprovechar lo bueno de la IA (su capacidad de ofrecer información veraz y detectar señales de alarma) puede marcar una diferencia real si se usa con criterio.
La medicina y las políticas públicas tienen una responsabilidad cuando las madres recurren a la IA para buscar apoyo
La clave está en reconocer el fenómeno como síntoma, no como solución. La discusión no debe centrarse en prohibir ni ensalzar la tecnología, sino en rediseñar el entorno social para que dejar de depender de una máquina no sea una pérdida de acceso. Necesitamos políticas que refuercen la atención postnatal, servicios de salud mental accesibles y espacios comunitarios de apoyo. Las empresas tecnológicas, por su parte, deberían colaborar con profesionales de salud para mejorar los contenidos y derivaciones que sus sistemas ofrecen.
También necesitamos alfabetización digital afectiva. No basta con enseñar a usar una aplicación; hay que enseñar a interpretarla: cuándo pedir ayuda humana, cómo contrastar información y cómo usar la IA como complemento, no como sustituto, de la red de apoyo. Las instituciones de salud y las asociaciones de maternidad pueden ofrecer guías sencillas sobre el uso responsable de estas herramientas.
Y, sobre todo, urge visibilizar la experiencia emocional de la maternidad. Muchas mujeres sienten vergüenza de admitir que la maternidad también duele o aísla. Si la sociedad normalizara esos sentimientos, la necesidad de refugiarse en una conversación con una máquina sería menor. Campañas que reivindiquen la complejidad del cuidado y celebren pedir ayuda pueden cambiar el escenario.
Necesitamos alfabetización digital afectiva. No basta con enseñar a usar una aplicación; hay que enseñar a interpretarla
La tecnología puede ser puente, no muro. Foros moderados, grupos de apoyo locales y recursos digitales que faciliten encuentros presenciales son ejemplos de cómo integrar lo humano y lo virtual. La maternidad (como cualquier experiencia humana) florece en compañía. Sustituir la compañía por respuestas automatizadas sería empobrecerla; combinar ambas dimensiones, en cambio, puede ofrecer alivio a corto plazo mientras construimos soluciones duraderas.
No dejemos que la maternidad se convierta en un silencio mecanizado. La conversación (humana o asistida por IA) puede ser un escalón hacia redes de apoyo más fuertes y empáticas.
* Patricia Catalá Mesón es profesora titular de universidad en el Área de Psicología Social de la Universidad Rey Juan Carlos, especializada en psicología perinatal e investigadora principal del equipo MdMadre. Ha participado en más de quince proyectos nacionales, siendo investigadora principal (IP) en dos de ellos, y ha publicado más de 68 artículos científicos en revistas internacionales. Su línea de investigación se centra en la identidad materna, la integración del rol, la culpa gestacional y las necesidades psicológicas de las madres durante el embarazo y el posparto. Ha creado una página web de divulgación científica para acercar el conocimiento en salud perinatal a la población general, y ha elaborado guías para profesionales, como Redes que sostienen: Psicoeducación perinatal para equipos de salud, disponible en abierto. Su labor divulgativa ha sido reconocida con premios en el Foro Afectivo–Efectivo.
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