* El autor forma parte de la comunidad de lectores de Guyana Guardian
Es un lujo, para los que vivimos en entornos vibrantes y llenos de vida en los que la escucha activa se convierte en protagonista de nuestra experiencia, dejar ese paisaje sonoro durante unos días y refugiarse en un pueblo de montaña como es Campo.
Aquí, la ausencia de ruido urbano permite escuchar el viento, el eco lejano de un río, el crepitar de la leña de la “fogata” durante las fiestas de Navidad, el maullido de un tímido gato callejero y esos senderos solitarios de la noche que se convierten en santuarios de silencio absoluto.
“Fogata” en la plaza del pueblo de Campo (Huesca). Cada año arde desde Nochebuena hasta el día de Reyes.
Tal vez los jóvenes dediquen más tiempo estos días a actividades enfocadas a su bienestar y dinamicen el pueblo, cargados de ese orgullo rural que los ha llevado a vivir allí, dotándolo de la actividad suficiente para que siga teniendo vida.
Montaña nevada vista desde el pueblo de Campo.
De cualquier manera, tanto sus habitantes como los que fijamos nuestra residencia aquí durante un corto o largo período de tiempo, a todos nos aporta una atmósfera de paz y tranquilidad, sin prisas ni multitudes, sólo naturaleza en estado puro y un lugar pensado para desconectar.
Para mí, que estoy en una edad ideal para disfrutar del interior de la casa después de volver de una caminata, es parte esencial del plan dejar pasar la tarde disfrutando de la lectura y escritura u otros entretenimientos, así como de conversaciones tranquilas con familiares y amigos. Me encanta ese retorno a lo esencial, ese diálogo con la naturaleza como una vía directa hacia la serenidad interior. A veces esa naturaleza la percibo como una evocación sensorial.
Macizo del Turbón.
En este punto, me remito al “efecto magdalena” de Marcel Proust, una asociación que realizamos automáticamente cuando advertimos una determinada sensación a través de nuestros sentidos, principalmente a través del sentido del olfato, que nos evoca un suceso pasado de forma involuntaria.
Esa memoria doméstica y la naturaleza van juntas, volviendo a mi mente recuerdos de mi infancia y juventud que me permiten redescubrir el mundo con una claridad renovada.
Establo con caballos.
Aunque los tiempos han cambiado mucho y, de la misma manera, la Navidad es diferente a cuando era pequeña, quiero destacar que estos días me han servido para revivir los valores navideños. No sé si puede sonar a algo material, pero preparar una comida para compartir con toda la familia y envolver regalos para transmitir a los tuyos un poco de ilusión pueden ser de gran valor para celebrar estas fiestas, conectando con la esencia de cada uno y generando recuerdos que perduren a lo largo de los años.
Paisaje visto desde la carretera.
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