* El autor forma parte de la comunidad de lectores de Guyana Guardian
El otro día, mi hija me preguntó por qué en algunas universidades se penalizan las faltas de asistencia: “¿No se supone que ya son adultos? ¿Por qué obligarlos a ir a clase si aprueban igualmente?”. Sus preguntas, tan justas como razonables, partían de una presunción legítima: la madurez propia del estudiante universitario. Sin embargo, a mi entender, el problema al que apuntaba no era meramente normativo o institucional, sino mucho más profundo.
Sus preguntas invitaban a reflexionar sobre lo que ya podemos identificar como una desvirtualización de la universidad. En sus orígenes, esta institución se concebía como un espacio destinado a la transmisión y creación del saber, a la formación intelectual y moral de quienes la habitaban, y a su preparación para comprender y transformar el mundo. Era un lugar de formación integral, donde la asistencia no constituía un requisito administrativo, sino la expresión de un compromiso con el propio crecimiento.
La obligatoriedad de asistir refleja esta transformación. No se busca fomentar la autonomía ni el juicio propio del estudiante; penalizar las faltas aparece como un intento de controlar el libre albedrío del estudiante, anticipándose al posible mal uso de su ya mermada capacidad de decisión.
Paradójicamente, al proteger a los estudiantes de estas experiencias, se les priva de la oportunidad de aprender de sus propios errores. Este intervencionismo, junto con la vigilancia constante de padres “helicóptero” —o híper-padres—, promueve y favorece el infantilismo académico, reforzando la dependencia emocional y la inseguridad, sofocando la iniciativa y transformando la autonomía en cumplimiento formal.
En la universidad no se busca fomentar la autonomía ni el juicio propio del estudiante
Y, sin embargo, el objeto de la universidad sigue siendo el conocimiento. No se trata de expedir titulaciones ni de cumplir con trámites, sino de formar la capacidad de discernir, cuestionar y decidir por uno mismo.
Para ello, resulta urgente recuperar la autoridad intelectual y moral de la universidad, liberándola de las imposiciones de un orden capitalista que reduce el saber a un producto. Este es el anhelo donde convergen lo que la universidad un día fue y lo que aún está llamada a ser.
Mientras olvidemos esto, aprobar seguirá siendo suficiente; cuando lo recordemos, podremos formar adultos capaces de asumir su libertad con responsabilidad y madurez.
* Luis Guzmán Hayas es psicólogo general sanitario. Ejerce como psicólogo escolar en dos colegios de la Catalunya Central, compaginando esta tarea con la de psicólogo clínico autónomo. Anteriormente, había ejercido como maestro de educación primaria y profesor de secundaria.
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