Política

Catalanismo, la vanguardia

El catalanismo es un movimiento político de vanguardia descentralizador. Desde su aparición a finales del siglo XIX, su objetivo ha sido normalizar la condición de su proyecto para dejar de ser la principal excepción europea. Esto es, gobernar algo que se entienda, dentro y fuera: un Estado independiente, federado o confederado. Hasta el final de la Primera Guerra Mundial, la Mancomunitat podía entenderse como una excepción entre excepciones, en el marco de las distintas formas de autogobierno que subsistían en el seno de los imperios europeos.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, con el presidente de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), Oriol Junqueras, en el Palacio de la Moncloa  
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, con el presidente de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), Oriol Junqueras, en el Palacio de la Moncloa  Eduardo Parra - Europa Press / Europa Press

Con el declive imperial y la centralización de los estados nación, la consecución de una autonomía parcial no resultó comprensible, ni tan siquiera asimilada a un dominio británico. Por ello, el catalanismo siguió empeñado en superar la excepcionalidad que supone tener más poder que un departamento administrativo, pero menos que un Estado. En ocasiones lo ha hecho por medio del pacto con fuerzas estatales; en otras, de forma unilateral.

El pacto de financiación no resuelve el problema del catalanismo, pero abre una nueva fase

Como toda vanguardia, siempre se enfrenta a cuatro contratiempos. Nunca consigue su propósito completo, y, después de un período de retroacción, vuelve a la carga. Lucha por sus demandas mientras brega con la propia desunión y debilidad interna. Cuando consigue un avance parcial, este se normaliza y, pasado un tiempo, los reacios olvidan quién peleó para beneficiarles. Y debe contemporizar su ansia de cambio con las necesidades perentorias del momento.

El acuerdo entre el PSOE y ERC para reformar del modelo de financiación es una nueva fase en este largo proceso. El pacto dista del planeamiento inicial de Esquerra. No hay recaudación total de impuestos, ni tan siquiera horizonte. Asumido el fracaso del procés y su propio declive electoral, Esquerra opta por seguir la pauta con que formó el tripartito de Pasqual Maragall: ejercer de liebre del PSC. Arrastrar al hoy partido central de Catalunya hacia un objetivo ambicioso, carpeta a carpeta, sin que una presión inasumible sobre el socialismo español descabalgue el proceso.

Mientras no exista estructura organizativa para asumir la recaudación de los impuestos, el tiempo corre en un contexto muy crítico. Son necesarios más recursos para hacer frente a una educación, servicios sociales y transportes tensionados. Las deficiencias en su funcionamiento impactan en la creación de prejuicios y miedos que, sin actuaciones inmediatas, contribuyen a que más catalanes apoyen el envido total de las ultraderechas.

El acuerdo sobre financiación no resuelve el problema del catalanismo, pero abre una nueva fase. Ante la imposibilidad de forzar el sistema, ERC opta –e invita a Junts– a ensancharlo desde dentro. No es el final del camino, sino una forma de evitar que una expectativa desmesurada derive de nuevo en impotencia política. En el contexto actual, gobernar mejor puede ser, paradójicamente, la apuesta más ambiciosa. No es una posición cómoda ni heroica, pero es coherente con el papel histórico del catalanismo.

Etiquetas