
La frustración viaja en tren
Nos hallamos en el 2007. Los socialistas están al mando en el Gobierno central, en la Generalitat y en el Ayuntamiento de Barcelona. Rodalies padece en ese momento las consecuencias de una desatención financiera prolongada, transformándose en un obstáculo sistémico para la multitud de viajeros que necesitan cada día la red de trenes. Los contratiempos resultan habituales y no transcurre un día sin que se registren demoras o averías operativas. Este desbarajuste continuo termina en una multitudinaria protesta, que logra agrupar a cientos de miles de personas en una época donde las movilizaciones a gran escala no eran frecuentes en Catalunya. Dicha manifestación articuló una indignación ciudadana al alza y se consolidó como uno de los orígenes del procés . ¿Lo tienen presente?

Transcurridos dieciocho años, el escenario no solo no ha progresado, sino que se ha deteriorado. Rodalies es actualmente el único transporte que experimenta un descenso constante de pasajeros, una irregularidad que demuestra el descrédito hacia la prestación. La infraestructura funciona al borde del colapso, sin que se sepa con certeza si se ha alcanzado el punto más bajo ni cuál es el plan para frenar su declive. Se mantienen los parches y las reparaciones superficiales en una red que, para 2026, tendrá que dar respuesta a más de ocho millones de personas. Gran parte son jóvenes, forzados a desplazarse porque el alto coste de la vivienda los ha echado de los núcleos urbanos, y que acaban frustrados con la gestión pública.
Lo que distingue la actualidad de 2007 no es tanto la situación de Rodalies como el quiebre político.
El contraste principal frente a 2007 no radica tanto en la situación de Rodalies como en la desarticulación del escenario político y social que en aquel momento facilitó que una queja sectorial se volviera un propósito colectivo. En el lugar donde antes había una gran cohesión, ahora se percibe fragmentación. El hecho de que se hayan convocado dos marchas independientes para el sábado que viene no es un asunto trivial. Una, en horario de mañana, está gestionada por la Assemblea Nacional Catalana, el Consell per la República y Junts, contando con la asistencia forzada de los republicanos, mientras que la otra, por la tarde, está motivada por colectivos de viajeros y dispone del aval de Òmnium y ERC. Se trata del indicio de una corriente que no puede organizar una contestación unánime y que termina por interferir en su propia agenda. Los problemas de Rodalies continúan, pero la facultad de usarlos como un resorte político unitario ha desaparecido.
Dicho distanciamiento influye en el respaldo de las formaciones políticas a una manifestación nacida de la ciudadanía. El PP, tras haber considerado inicialmente integrarse en la caminata, ha desistido de tal propósito, por lo que sus representantes en Catalunya acudirán, si acaso, de forma individual. Los viajeros apuntan a los populares como partícipes de la falta de inversión continuada en Rodalies y desaprueban su asistencia. Los organizadores –cerca de veinte colectivos que protegen el transporte público– pretenden evitar que la protesta se transforme en una disputa política y que el interés central permanezca en la degradación de la red de trenes y el peligro de que Catalunya termine sufriendo un bloqueo social y financiero mayor al actual.
