Política

La independencia no viaja en tren

Crisis de movilidad

El deterioro de Cercanías en el 2007 no tuvo costes electorales para el PSC, pero el del 2026 impulsará a los grupos de ultraderecha

Imagen de un tren de Rodalies en la Estación de Francia, en Barcelona, esta semana  

Imagen de un tren de Rodalies en la Estación de Francia, en Barcelona, esta semana  

Enric Fontcuberta / EFE

La independencia no viajaba en Cercanías. Y quizás tampoco es aconsejable que lo haga en Rodalies. En el 2007, y en paralelo a la crisis que sufrió el servicio a causa de las obras del AVE y de una infraestructura con déficits crónicos de inversión, las encuestas detectaron un alza de las preferencias por la independencia entre los votantes de los principales partidos catalanes, con excepción del PSC. Y aunque aquel episodio pudo leerse como el germen del procés , la radicalización independentista se concentraba en el electorado nacionalista, pero sin añadir nuevos votantes a ese bloque.

La mejor prueba de que la secesión no formaba parte de la red de Cercanías fue que en las siguientes elecciones, en marzo del 2008, los socialistas obtuvieron un resultado récord en Catalunya. Y en paralelo, CiU y ERC sufrieron una sangría de voto útil en beneficio del PSC para frenar el eventual retorno del PP al Gobierno central.

Dos frases resumen lo ocurrido: “Las obras causan molestias, pero los ciudadanos saben que ahora hay obras y antes no las había” y “la desafección independentista tiene relación con los percances en la gestión de Cercanías, pero ese desapego se nota más en el sector nacionalista de las clases medias que en los atribulados usuarios habituales de Renfe”. En realidad, la explicación era más amplia.

El independentismo llenó la calle en el 2007 pero la mayoría optó por un ‘voto útil’ para evitar la vuelta al poder del PP

La accidentada gestación del Estatut del 2006 –en medio de una feroz campaña de la derecha española–, el recorte, más tarde, del texto estatutario por el Tribunal Constitucional y, sobre todo, el creciente impacto de la gran recesión del 2008 tuvieron mucho más que ver en la radicalización y ampliación del electorado secesionista que los problemas con los trenes en Catalunya. Y los resultados electorales del 2011 o del 2015 parecen confirmarlo.

Casi dos décadas después de la primera gran crisis de Cercanías, el desastre cotidiano de Rodalies vuelve a plantear las mismas incógnitas demoscópicas. ¿Penalizará electoralmente al socialismo la crisis de infraestructuras, ahora que gobierna de nuevo simultáneamente en Barcelona, Catalunya y España? ¿Contribuirá a reflotar el procés ? ¿O el pesimismo colectivo se traducirá en una generalizada apatía electoral y, al mismo tiempo, en un nuevo avance del populismo, españolista o catalanista?

Falta más de un año para las elecciones generales (y más de dos para las catalanas), y ese tiempo en la política actual es como la edad del universo. Pero sí que es posible construir una foto fija del impacto político y electoral de un problema que, pese al incremento de las inversiones y a un nuevo régimen de “trenes rigurosamente vigilados”, parece insoluble a corto plazo. Y que, además, estalla en un contexto de incertidumbre y radicalización autoritaria del reemplazo generacional: un grupo que ha dejado atrás la zona de confort de la infancia y se enfrenta a las dificultades y retos del mundo adulto.

La crisis ferroviaria actual da votos al ultracatalanismo a costa del secesionismo clásico y supone un desgaste limitado para el PSC

El gráfico adjunto cierra su visión retrospectiva con una estimación electoral del momento catalán que, en función de las peripecias globales o locales, puede acentuarse en una u otra dirección. Por ahora, la imagen fija refleja un limitado desgaste del socialismo (que aún puede recurrir a la “herencia recibida” y al temor que suscita en Catalunya un gobierno de PP y Vox), así como un estancamiento del voto secesionista. Es decir, el procés está agotado y parece difícil que pueda reactivarse en la temeraria dirección del 2017. Otra cosa es que las clases medias nacionalistas sufran ahora en mayor medida el deterioro de los servicios públicos.

De hecho, la estimación de voto incluye un dato previsible en la coyuntura actual: el alza del populismo; pero no solo del ultraespañolista (Vox), sino también del ultracatalanista (Aliança Catalana). Y este último lo hace a costa del independentismo clásico, como ha pasado en otros países con procesos secesionistas fallidos. Los retrasos ferroviarios contribuyen, sin duda, a engrosar ese voto, pero el eje que lo vertebra es sobre todo la inmigración y la ira que generan los cambios culturales y demográficos, los agravios reales o supuestos y la percepción subjetiva de “pobreza relativa” (por contraste con quienes tienen más ingresos y por el clamoroso desajuste en el mercado de la vivienda y la precariedad laboral). Son las crueles paradojas de un contexto de crecimiento económico acelerado.

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