
Malas artes, mala gente
Opinión
Veíamos hace unos días a Artur Mas en un acto con su alter ego Bruno Oro cantando que “por culpa de la CUP no os llevé al Estado propio”. En realidad, no fue exactamente así. Porque, sí, la CUP en asamblea decidió no investir a Mas como presidente en el 2015, pero a aquella votación no se habría llegado igual si en la campaña del 2012 unas acusaciones aparecidas en la prensa oportunamente al abrirse la carrera electoral no lo hubieran ensuciado todo con sospechas de corrupción (después, demasiado tarde, aclaradas como falsas). Lo mismo ocurrió con Xavier Trias. Y el patrón parece no acabarse. Ayer, la campaña a la presidencia del Barça ya desprendía ese tufo.
Porque la política (y el Barça también lo es en parte) ya va demasiado abastecida de sospechas de suciedad, de malas artes y de jugadas oscuras, pero es igualmente evidente que hay quienes nunca tendrían bastante, sobre todo si en el mejor de los casos eso les asegura alcanzar la cima del montón de estiércol donde proyectan disputar la partida, o si, como mínimo, este estado de cosas impide que triunfe su adversario, entendido como enemigo.
Ya resulta suficientemente complejo persuadir a las personas para participar en los asuntos públicos.
Eso, sin duda, repugna a la mayor parte de la ciudadanía. Pero con ese sentimiento no basta. De hecho, solo con ese sentimiento, todo se hunde. Por tanto, frente a las malas artes que alimentan la antipolítica, hay que evidenciar que manchan la imagen de las instituciones y, al mismo tiempo, reivindicar (y practicar) una alternativa constructiva, basada en una actitud positiva y una acción eficaz. Storydoing , lo llaman los americanos. Explicar con hechos. Hacerlo bien y hacerlo saber. Ese método no es el que practican quienes dicen no compartir los procedimientos de las cloacas, pero que en campaña se aprovechan de ellos. Ada Colau hizo exactamente eso contra Trias (“La mafia o la gente”, dijo), y el PSC con Mas, tres cuartos de lo mismo, con carteles con el eslogan “Catalonia is not Liechtenstein” que parodiaban el “Catalonia is not Spain” de las juventudes de Convergència.
¿Exigencia, en este punto, para la oposición, en el Barça y en todas partes? No jugar, ni de forma troncal ni colateral, esa carta de la suciedad que alimenta la idea de “malas artes, mala gente”. Bastante cuesta ya convencer a la gente de que implicarse en la vida de las instituciones vale la pena. ¿Y exigencia para quienes defienden el título, como en este caso Joan Laporta? Hacer que las cosas buenas lleguen y que las miserias y las nubes negras queden fuera de donde gobiernan. Ahora, en el caso del candidato a la reelección, a quien un “socio anónimo” quiere sentar en la Audiencia Nacional de Madrid, eso debe proyectarse en que su eslogan, “Defensem el Barça”, también vale frente a la corrupción y frente a quienes prefieren el club sucio antes que fuera de su alcance.
Como decía Vázquez Montalbán, el Barça es un simbólico ejército desarmado de Catalunya. Si se ensucia, deja de ser mito cívico para convertirse en trinchera. Y así es como las instituciones pierden su fuerza colectiva. ¿Quién quiere eso?