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¿Cuál es el cálculo de Sánchez?

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El verdadero punto de inflexión en la relación de España con EE.UU. Fue la negativa a subir el gasto militar al 5%

Guerra de Israel y EE.UU. Contra Irán, en directo

Donald Trump y Pedro Sánchez

Donald Trump y Pedro Sánchez

LV

A Pedro Sánchez se le entendió todo en su comparecencia de ayer sobre la guerra en Irán. El presidente apuesta a que el tiempo le dará la razón porque la experiencia de otros conflictos bélicos así lo acredita y porque el régimen de los ayatolás no es el de Nicolás Maduro y no es previsible que claudique no tanta facilidad. Todos los analistas apuntan a una desestabilización de la región más explosiva del planeta. En ese punto se entrecruzan conflictos de todo tipo. Ahí se juega el futuro el islam, se decide el liderazgo de la región, se reparte la influencia de las grandes potencias o se dirimen las nuevas rutas de los recursos más preciados (petróleo y gas), entre ellas la vía comercial que patrocinaba la UE entre India-Oriente Medio-Europa (Imec). Difícilmente una operación militar en Irán sin un plan a medio plazo puede resultar satisfactoria.

La opinión pública española fue en su día la más activa de Europa en contra de la guerra de Irak. De hecho, las consecuencias de aquel conflicto siguen muy presentes en la política española, puesto que existe una línea histórica que enlaza aquellas grandes manifestaciones bajo el lema “no a la guerra” con los atentados del 11-M, las elecciones generales que llevaron a José Luis Rodríguez Zapatero al poder y la entrada de la política española en una espiral de polarización que ha ido a peor. Nada más llegar a la Moncloa, Zapatero retiró las tropas de Irak, abriendo una de las mayores crisis diplomáticas de España con Estados Unidos. El ex presidente suele explicar que tomó la decisión en las primeras 24 horas porque sabía que, de lo contrario, las presiones que recibiría serían tales que le resultaría imposible adoptar esa medida.

Aunque la crisis actual de relación con Washington parece más grave ahora por haber declinado la utilización de las bases de Rota y Morón para los ataques a Irán, el verdadero punto de inflexión se produjo con la decisión de Sánchez de plantarse ante la exigencia de Trump de elevar el gasto en defensa hasta el 5%. Ése es el origen relevante de la fricción. Primero porque sitúa a España como un aliado insolidario. Y segundo, porque deja al resto de gobernantes socios de la OTAN y de la UE en mal lugar delante de sus opiniones públicas, a las que tienen que convencer de un mayor gasto en esta materia mientras otro aliado no lo hace. Todo ello a pesar de que algunos de esos países son conscientes de que no llegarán ni mucho menos a esa cifra en la práctica, pero asumieron el coste político de aceptar el compromiso.

No hay una posición europea sobre Irán y cada país responde según sus intereses

Sobre el ataque a Irán no existe una posición conjunta de Europa. De hecho, cada país está encarando la situación en función de sus propios intereses. Francia tiene alianzas militares y económicas en el Golfo que defender, aunque Macron marca distancias con Trump. En Alemania, el canciller Merz ve cómo el ala dura de su partido le empuja a posiciones beligerantes contra la inmigración musulmana y favorables a Israel y EE.UU. En Italia, Meloni se ha mostrado sumamente prudente. Por un lado, la líder italiana no pone en riesgo su buena relación con Trump, pero esta guerra le puede comportar muchos problemas a ese país dada su dependencia energética del exterior y la posibilidad de una ola de refugiados desde Irán, un territorio con casi cien millones de habitantes.

Sánchez confía en que la evolución de los acontecimientos acabe por decantar hacia sus posiciones a dos países clave: Francia y Reino Unido, este último también con un recuerdo nítido de Irak. El cálculo incluye el convencimiento de que el régimen iraní no negociará tan fácilmente. Si la guerra se prolonga unos meses, la inflación y la subida de los tipos de interés están garantizados, con el consiguiente coste para Occidente. Además de esas cuestiones más coyunturales, el Gobierno ha optado por mantener la coherencia respecto a su posición sobre Gaza o en defensa de una mayor soberanía europea frente a EE.UU. En este último sentido, lo cierto es que resultará difícil alegar la defensa del derecho internacional en situaciones críticas en Groenlandia frente a Trump o la de Ucrania y los países bálticos ante Putin si se apoya sin reservas la intervención bélica en Irán.

Por supuesto, el cálculo partidista siempre está presente. Para Sánchez, ésta es una oportunidad de movilizar a la izquierda tras una causa común. Si hubiera optado por la colaboración con Trump, todo su discurso internacional de los últimos meses se habría desmoronado. Es, además, una materia en la que el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, no se muestra cómodo. En 2007, José María Aznar admitió sobre las armas de destrucción masiva de Irak pregonadas por EE.UU.: “Todo el mundo pensaba que las había, y no había. Yo también lo sé ahora”. La Faes, la fábrica de ideas fundada por el ex presidente popular, se ha limitado a manifestar que, si la teocracia de Irán cae, “sería una buena noticia”, y solo ha criticado a la izquierda por haber “guardado el más espeso y cómplice de los silencios” mientras aquel régimen masacraba a la población civil. Feijóo prefiere no recordar la foto de las Azores y se limita a poner el foco en la fiabilidad de España como aliado, acusando a Sánchez de moverse por “un puñado de votos”, que es una forma de admitir implícitamente que buena parte de la opinión pública española no apoya esta guerra.

La intervención de Sánchez para justificar su posición contraria a EE.UU. En Irán tuvo ayer una importante repercusión en medios europeos. Aunque el Gobierno sostiene que no está solo, lo cierto es que se trata del paso más arriesgado que ha dado el presidente en la escena internacional y eso es algo que siempre tiene consecuencias, ahora mismo imposibles de atisbar. Porque de las guerras se sabe cómo se entra, pero no cómo se sale.

María Dolores García García

Lola García

Directora adjunta

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Graduada en Periodismo y Ciencias Políticas. Subdirectora de Guyana Guardian. Es la responsable del boletín 'Política', editado cada jueves, así como de las obras 'El naufragio' y 'El muro', sobre la problemática catalana.

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