Abel, 45 años: “Me falta una arteria y no me llega la sangre suficiente, pero la Seguridad Social me dice que tengo que volver a trabajar y hacer vida normal”
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El hombre denuncia que al volver al trabajo tampoco le han adaptado su puesto de trabajo

Abel, 45 años: “Me falta una arteria y no me llega la sangre suficiente, pero la Seguridad Social me dice que tengo que volver a trabajar y hacer vida normal”

La vida de Abel cambió de repente hace cuatro años cuando haciendo ejercicio tuvo un aneurisma en la arteria carótida interna derecha que la seccionó. “Desde entonces, a mí sólo me riega el cerebro la arteria izquierda”, resume. Y señala algunas de sus secuelas: mareos, fatiga, pérdida de fuerza o dificultad en el habla. Aunque se le reconoció un 33% de discapacidad y el Institut Català d'Avaluacions Mèdiques (ICAM) le concedió un informe favorable, el Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS) dictaminó que debía reincorporarse al trabajo. “Al principio, parecía que el ICAM me abría la puerta y quien me la ha cerrado es la Seguridad Social”, añade.
Pese a pasar por los tribunales en dos ocasiones, el veredicto del INSS se ha mantenido y hace poco este hombre de 45 años ha tenido que volver a su trabajo de conserje en un instituto público, con resultados muy negativos para su salud. “Aunque el Departament d'Educació me aseguró que se adaptaría el sitio y no ha sido así. Este es un trabajo muy físico y no puedo hacerlo”, detalla desesperado.
Tal y como él auguraba, el esfuerzo que requiere el trabajo le pasó factura y poco después de reincorporarse, cargando unas sillas (una especie de esfuerzo físico que los médicos le prohíben) se mareó y se cayó. “Fui al médico y me han dado otra baja, pero es una solución temporal”, detalla Abel. Ahora se encuentra sin salidas y abocado a volver a un trabajo que no puede realizar. “¿Cómo es posible que mi médico, el neurólogo, el cirujano vascular, la psicóloga y el ICAM digan que no debo volver al trabajo y la Seguridad Social considere que sí? Es desesperante. Hay poca humanidad en el sistema”, concluye.
A trabajar, sin embargo
“Desde el principio, el asistente social, mis médicos y mi abogada me decían que seguro que me darían la incapacidad”, recuerda. Él también confiaba en ello, teniendo en cuenta que su caso había sido especialmente grave. “Siempre he sido muy deportista. Justamente haciendo deporte, CrossFit, tuve el aneurisma”, señala Abel. En un primer momento, ni su entrenador ni los primeros médicos que le atendieron consideraron que fuera más que el resultado de un sobreesfuerzo. Posteriormente, aparecieron más síntomas, regresó al hospital, y ahí acabaron encontrando qué le pasaba.
Han tomado una decisión sobre mi vida sin saber qué me pasa y qué siento, asumiendo cómo es mi trabajo
“Vimos que era muy grave y que tenían que operarme, pero cogí el covid y no podía entrar en quirófano”, detalla el hombre. Todo ello agravó su estado y puso en serio peligro su vida. “Normalmente en estos casos se pone una especie de malla que permite que la sangre siga circulando por la arteria, pero en mi caso el estropicio era tal que la tuvieron que cerrar”, explica.
¿Quién tiene la última palabra?
Según se recoge en la web de Canal Salut, el Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS) es el organismo que determina si existe una incapacidad permanente y el grado, a partir de un dictamen (necesario, pero no vinculante) previo del ICAM, que es el organismo responsable en Catalunya de realizar las valoraciones médicas de las incapacidades permanentes.

Después de esta odisea, todo tipo de profesionales le han dicho a Abel que su caso tendría fácil resolución: la incapacidad permanente. Pero no ha sido así, y se ha visto abocado a reanudar un trabajo que no puede asumir. “Han tomado una decisión sobre mi vida sin saber qué me pasa y qué siento, asumiendo cómo es mi trabajo, pensando que estoy sentado todo el rato y no es así”, remarca frustrado. Abel apunta que hay síntomas, como el cansancio, que pueden ser más difíciles de valorar, pero subraya que él tiene muchos más.
“Me falta una arteria y no me llega suficiente sangre a la cabeza. Me cuesta hablar, sobre todo subir la voz, y en una parte de la boca no tengo sensibilidad. Los médicos me dicen que no puedo hacer esfuerzos y cuando los hago me mareo. Pero, sin embargo, la Seguridad Social me exige que me reincorpore al trabajo”. “Me ha cambiado la vida, no solo con el trabajo. Me apasiona la música y he tenido que dejar el grupo de rock donde estaba porque no puedo sostener la guitarra”, ejemplifica.
Cada nuevo médico que tengo mira mi historial y me dice: '¿Sabes que es un milagro que estés vivo?'
Sin perspectivas de futuro
Tras una primera reincorporación fallida, Abel se muestra pesimista con el futuro. “Aunque se me prometió que se me adaptaría el puesto de trabajo, no fue así. Me han encargado las mismas tareas que siempre”, detalla. Y asegura: “No sé si no se ha comunicado a mi centro o qué. Envío correos al Departament d'Educació y no me contestan”.
Con la nueva baja, Abel vuelve a la casilla de salida. Pronto tiene otra visita al ICAM y pese a haber recibido una primera resolución favorable, no tiene esperanzas de que se repita la situación. “No soy optimista. Se sienten todo tipo de historias sobre estos tribunales médicos, que puede ser una lotería”, afirma.
Sin opciones tangibles, reflexiona: “Cada nuevo médico que tengo mira mi historial y me dice: '¿Sabes que es un milagro que estés vivo?'. Me sorprende que después por un tribunal médico o la Seguridad Social tenga que volver a trabajar y hacer vida normal”.
Este artículo fue publicado originalmente en RAC1