Elisa Pacheco, exmonja: “He vivido la salida de la vida religiosa como un divorcio, me desencanté de un ideal”
De Argentina a España
La entrevistada, que formó parte de una congregación religiosa en Argentina, trabaja como voluntaria en Catalunya

Elisa Pacheco nació en Argentina

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Si algo es inevitable en esta vida es el cambio. A veces, llega como una decisión consciente. Otras, como una sacudida que obliga a recomponerlo todo. La historia de Elisa Pacheco es la de una transformación constante, marcada por la pérdida, la fe y una reconstrucción personal que la llevó a empezar de nuevo más de una vez. Pedagoga, religiosa, Madre General, migrante, limpiadora y voluntaria, su recorrido vital desafía cualquier etiqueta única.
Para entender su camino hay que volver al origen, un punto de partida atravesado por la ausencia. “Nací el 9 de agosto de 1961, en la provincia de San Juan, en Argentina. Pero cuando yo nací, murió mi mamá. Fue una circunstancia muy dolorosa”, explica. Nacer es cosa seria, escribiría años después, sobre cómo mientras ella llegaba al mundo, su madre partía. “La sensación de abandono que tiene una persona cuando muere su madre hace que, de alguna manera, intentes que nadie más te abandone”, se sincera. A ese vacío se sumaba el silencio de su padre, que “no se atrevía a contarme nada de mi madre”.

Esa combinación la empujó, desde muy pequeña, a intentar cumplir las perspectivas ajenas, “quedar bien con los demás, hacer todo lo que necesitan”. Recuerda con especial intensidad el reconocimiento que sentía cuando su madre adoptiva confiaba en ella para hacerse cargo de la casa. Esto “provocó que mi vida en crecimiento fuera muy rápida porque, claro, parecía que yo tenía que ser una niña que llenara las expectativas de los adultos que me rodeaban”, cuenta.
A los cinco años, se trasladó con su padre a Mendoza, donde creció rodeada de hermanos y mucha curiosidad. “Empecé a ser muy buscadora. Sentía que había algo que me tenía que hacer feliz a mí, de que hay cosas bonitas en la vida y son positivas”, relata. Sus hermanos y estar al servicio de los demás fue a lo que se aferró en aquellos años.
La llamada de la fe
El primer gran giro llegó al finalizar la secundaria. Una operación de apendicitis la mantuvo diez días ingresada en un hospital. “Conocí a unas religiosas que trabajaban allí y le pregunté a una de ellas qué era ser religiosa. Me dijo que era entregar su vida a los demás, dejar a la familia y que era difícil, pero así lo decía el Evangelio”, recuerda. Aquella conversación abrió una puerta a su despertar religioso.
Simplemente, lo que yo quería era ayudar a los demás
Mientras comenzaba el primer año de magisterio, entró en contacto con la congregación de las Hermanas de Nuestra Señora del Rosario de Buenos Aires. Tras leer e informarse más, decidió unirse. No hubo una experiencia mística concreta que la llevara a entrar, sino una intuición persistente. “Simplemente, lo que yo quería era ayudar a los demás”, afirma. Además, cree que “en la vida hay sincronicidades que van haciendo que vayas tomando decisiones que tienen que ver con tus sueños”, reflexiona.
A pesar de sentir que era lo correcto, esta determinación suponía dejar su hogar y mudarse completamente sola. Para ello, necesitaba el permiso de sus padres porque, en Argentina, la mayoría de edad eran los 21 años. Una cuestión un tanto difícil, ya que no recibieron con demasiada alegría esta vocación: “Mi padre decía: ‘Lo que vas a hacer es tirar tu vida por la borda’”. Tras la mediación de una religiosa, que les aseguró que estaría cuidada, Elisa viajó a Buenos Aires, una ciudad que describiría años después como “un golpe de energía que me provocó deseos de crecer, de ser libre y buscar la manera de estar siempre al servicio de los demás”.

Comenzó su formación religiosa y, más tarde, se trasladó al Instituto del Rosario de Villa María, en Córdoba, donde se tituló como profesora y psicopedagoga, mientras cuidaba a alumnas internas y asumía tareas de gestión. “Eso sí que fue un desafío porque, claro, yo tenía 23 años y esas chicas iban de los 12 a los 18 años. No fue fácil para mí ejercer, de alguna manera, autoridad y ponerles límites, aunque a mí me enseñaron mucho”, asegura.
De hecho, afirma que aquella experiencia amplió su mirada. “En la formación que yo había tenido, la vida religiosa era muy unidireccional, como si todo tuviera que pasar por un filtro. Blanco o negro, esto es así. Y no”, piensa. Otra de las religiosas reforzó esa apertura: “Me fue dando mucha libertad. Ella me decía: ‘A ver, Elisa, ¿Qué piensas tú? Eso me hizo que tuviese otra mente, que mi cabeza no estuviera tan encerrada en lo que me habían enseñado, sino que distinguiera si algo estaba bien o mal”.
Cuando liderar obliga a mirarse
Con solo 27 años, fue nombrada directora del colegio. “Fue otro hito bastante duro porque las maestras eran más mayores y sabían más que yo. Lo único por lo que yo era directora era porque era monja, que esas cosas, con el tiempo, una las aprende a distinguir”, admite Elisa. En aquel momento no lo percibía como tal hasta que recibió un aviso directo de una docente: “Me dijo: ‘Mira, tú eres la directora, pero si sigues haciendo esto nosotras no te vamos a respetar y te vas a convertir desde muy joven en una persona autoritaria. Lo que nosotras necesitamos es una líder”.

Ese toque de atención fue clave: “En la vida hay enseñanzas muy fuertes y esa fue una de ellas para mí. Si me hubiesen dado alas, ¿dónde hubiera aterrizado?”. Más adelante llegó un viaje a Chile para formarse como futura formadora de religiosas, donde vivió otro punto de inflexión. “Me enseñaron otra forma de vida religiosa”, recuerda, respecto a cómo el contacto con personas de distintos países removió sus certezas.
“En ese momento, iba de hábito, pero muchos de los otros iban sin. O, de repente, me encontraba con hermanas que fumaban, unas francesas. No lo había visto en la vida, nada que ver con nuestra forma de vida religiosa. Fue un despertar de todo porque al estar sola podía hacer lo que quisiera: ir al cine, al teatro a museos, estudiar, tenía tratamiento psicológico...” Dice.
En la vida hay enseñanzas muy fuertes y esa fue una de ellas para mí
A su regreso, asumió la formación de postulantes y novicias mientras atravesaba una crisis profunda. “En esa época, yo ya era muy crítica con la vida religiosa que estábamos viviendo. Sentía una ebullición dentro de mí”, reconoce. En ese contexto, en 2003 y con 41 años, fue elegida Madre General tras la muerte de la anterior autoridad, posición que mantuvo durante ocho años. “Para mí, fue como decir: ‘Ahora que tengo la sartén por el mango, que soy autoridad, vamos a poder cambiar algo’. Pero la realidad es la realidad y no la puedes torcer a tu gusto”, expresa.
“Los primeros cuatro años fueron bastante idílicos porque las hermanas estaban ilusionadas de alguna manera”, asegura. Propuso cambios, trabajar en equipo y recibir formación psicológica y espiritual. Sin embargo, la resistencia interna fue creciendo. “Cuando empiezas a mover estructuras, la cosa ya no pinta bien”, comenta. El cuestionamiento de las comodidades y del voto de pobreza generó tensiones porque no todas estaban dispuestas: “Había gente de 90 años que quería un cambio de vida religiosa y gente de 40 años que te decía: ‘¿Para qué’?”. Además, su intención era cambiar el testimonio de la gente. “Si quiero que las personas trabajen el ideario de la congregación, tengo que hacer que se enamoren de ese ideario y que lo hagan por algo superior, no porque yo soy la jefa”, cuenta.
El final de un ideal
La experiencia como Madre General la llevó a tomar una decisión definitiva. “Todo esto me provocó una gran crisis. En el segundo año del mandato entendí que me tenía que hacer a un lado. Yo estoy decidida a hacer el bien, pero si aquello me estaba provocando enojos y rabia... No podía con ello. No era mi forma y no pude”, explica. La salida fue larga y triste: “Me desencanté de la vida religiosa. Fue un desencanto con un ideal. También en lo económico. Durante los años que estuve en la congregación, todo el dinero que cobraba lo volcaba o en la propia congregación o en la gente, yo no me quedaba con nada”.

Primero se trasladó “a una casa que estaba abandonada” en Irigoyen, un pueblecito en la frontera marcado por la pobreza. Más tarde, fue a una capilla abandonada en La Rioja, donde vivieron hasta salir definitivamente de la congregación. “La salida de la vida religiosa, yo lo he vivido como un divorcio, de alguna manera. Es como toda tu vida. Me acuerdo de que mi padre me decía: ‘Elisa, tienes 50 años, ¿Cómo te vas a ir?’”, expresa.
Migrar, amar y resistir
En esa época, Elisa conoció a Isabel, una mujer destinada a dar un nuevo giro a su vida. “Es catalana, no es de allí. La conocí por internet”, cuenta. La relación, inesperada, se confirmó cuando Isabel viajó a Argentina. Unos años después, en 2017, fue Elisa la que visitó Catalunya. “Le dije a Isabel: ‘Yo voy a ir para ver si podemos vivir juntas’”, dice. Además, aprovecharía para seguir estudiando durante tres meses.
La migración llegó cargada de ilusiones, pero también de golpes. “Fue duro porque falleció mi madre adoptiva mientras yo estaba aquí. No poder estar en su entierro, no poder acompañarla”, cuenta, apenada. Poco después recibió un diagnóstico inesperado: “Al mes de estar aquí, me diagnosticaron cáncer. El primer tumor me salió en el endometrio y después en las trompas”.

El tratamiento fue inmediato y largo. Durante ese tiempo, la congregación volvió a sostenerla económicamente. “Yo quería trabajar porque no quería depender de nadie, pero con mi enfermedad no podía. Entonces, aunque yo ya me había salido de la congregación, me siguieron pagando un sueldo hasta que me jubilé”, agradece.
Cuando pudo trabajar, lo hizo cuidando a personas mayores y, más tarde, en una empresa de limpieza. “Pensaban que por haber sido docente y religiosa, no querría trabajar de limpiadora, pero no es así. Pensé: ‘¿por qué no pasar por esta experiencia de vida que es limpiar lo que otros ensucian?’”, expresa. “Ha sido una experiencia muy bonita, yo me he sentido muy cómoda”, añade. Tras una mala caída, tuvo que dejar ese empleo.
Una vida en paz
Después de años de introspección, Elisa tiene claro qué ha sido lo más complejo de dejar atrás: “Desprenderme de mi imagen como monja. Soñaba siempre con eso. Soñaba que vestía hábitos, que hacía cosas en los colegios... Logré dejarlo atrás a través de una respiración holotrópica que hice en junio del año pasado. Esa noche soñé que estaba en un tren y que la que fue Madre General después que yo y otra hermana joven me perseguían por el tren. Y yo corría por los vagones hasta que llegué al último vagón. Y yo me giraba y les decía: ‘Yo no estoy con ustedes, yo ya me he ido, así que déjenme, por favor’”, relata Elisa.
Toma nota
Lo que nadie te cuenta de ser monja
“En realidad, las monjas son las de clausura. Yo era de vida religiosa activa. Hay una diferencia”
“En mi corazón se debatían en dura lucha el deseo de que mi familia estuviera bien y mi deseo de independencia en la vida religiosa”
“Para elegir la nueva autoridad de una congregación, se celebran como unas elecciones en el que participa el 25% de las hermanas”
Y es que, hoy en día, vive una espiritualidad distinta. “La vida espiritual no es rezar el Padre Nuestro y el Ave María. Es estar en contacto con alguien que nos ama y que sabemos que aun cuando tengamos muchos problemas en la vida, ese ser va a estar ahí, nos va a proteger, nos va a cuidar, nos va a amparar”, explica.
Ahora, tras toda esa tormenta, ha llegado la calma. “Mi vida hoy en día es muy positiva”, afirma. Vive con Isabel, con quien se casó en 2018, y ha construido una rutina sencilla y serena. Además, consiguió gestionar su jubilación en Argentina y encontrar una nueva vocación. “Soy voluntaria en Cáritas. Estoy en la recepción y les doy talleres a las trabajadoras sociales. Es muy gratificante para mí”, asegura. También ha colaborado en la creación del grupo Refugi de Dones, centrado en ayudar a mujeres inmigrantes que vienen a España, y está planeando apuntarse a algún estudio extra.

Elisa resume esta vida en calma con claridad. “Siento que soy yo y que me he reconciliado con lo que yo soy, ya no me importa el qué dirán. Todo es como más fluido en mi vida. Lo que he hecho es porque realmente lo he querido hacer. Nadie me ha obligado. Siento que mi vida es significativa. Estoy aquí para hacer el bien y eso nadie me lo puede quitar”, concluye. De esta manera, libre de hábitos y de mandatos ajenos, Elisa ha aprendido a vivir sin pertenecer a ninguna estructura que no nazca, primero, de la fidelidad a sí misma.