David Callejo, médico experto en anestesiología: “El momento más delicado de la cirugía es cuando administramos los fármacos para dormir al paciente y deja de respirar por sí mismo”
El miedo a la anestesia
El doctor aclara que, a pesar de que el enfermo se halle sin sentido, la operación se ejecuta con exactitud y bajo una vigilancia rigurosa.

Callejón asegura que el doctor supervisa atentamente al enfermo, puesto que aquel conserva un cuidado continuo.

¿Alguna vez te has cuestionado la razón por la cual, al ingresar a una sala de cirugía, nos asusta más el proceso anestésico que la intervención misma? Las personas, de forma innata, sentimos temor ante lo ignorado y, ciertamente, resulta inquietante que en escasos instantes pierdas la sensibilidad total de una zona de tu anatomía, cual si ya no te perteneciera. Dicha sensación, sumada a la fragancia de los antisépticos, la iluminación clara y el nerviosismo habitual de un área quirúrgica, constituye la mezcla ideal para la inseguridad.
David Callejo, anestesista especializado en pediatría, profesor universitario y divulgador científico, lleva casi diez años ejerciendo como adjunto en el Hospital Infantil Universitario Niño Jesús y compagina la sanidad pública con su grupo de anestesia en el ámbito privado. A sus 38 años, aún no entiende por qué la anestesia es lo que más miedo genera entre los pacientes antes de entrar al quirófano, pues insiste en que todo es mucho más seguro de lo que la gente siquiera puede llegar a imaginar. “Yo siempre digo que si lo que más miedo te da es la anestesia es porque no te han explicado bien la cirugía”, asegura en una entrevista para Guyana Guardian.
El miedo a la anestesia
Existe mayor peligro en un vehículo que en un quirófano.
Cuando una persona entra en quirófano, ¿cuál suele ser su mayor miedo real?
En la consulta, casi todos temen lo mismo: el anestésico. Aunque muchos no lo saben, es en la anestesia donde radica el verdadero miedo, no la cirugía en sí.

¿Ese miedo surge por el miedo a perder el control, o por algo más?
Desde luego, la anestesia implica ciertos peligros, tal como sucede con cualquier intervención sanitaria, incluso al consumir un paracetamol. Sin embargo, en un individuo sano que pasa por una operación convencional, la posibilidad de problemas es ínfima. Acostumbro a explicar, para facilitar la comprensión, que cada vez que te subes a un vehículo corres más peligro de accidentarte que bajo los efectos de una anestesia. El panorama varía si nos referimos a intervenciones de alta dificultad o a sujetos con diversas dolencias; eso se asemejaría a pilotar en plena tormenta con una rueda averiada. Pero, habitualmente, el área quirúrgica constituye un ambiente mucho más supervisado y protegido que cualquier calzada.
¿Dónde están los puntos más críticos en anestesia?
La etapa de mayor peligro sucede al aplicar los medicamentos para inducir el sueño al paciente, justo cuando su respiración autónoma se detiene. En ese breve lapso, el anestesista cuenta con escasos minutos para efectuar la intubación o ajustar una mascarilla que garantice el oxígeno, previniendo cualquier afectación cerebral. El origen fundamental de la morbi-mortalidad anestésica reside en los inconvenientes durante este proceso, al no lograrse un control adecuado de la vía respiratoria. Sin embargo, hoy en día existen múltiples procedimientos y equipos, haciendo que sea excepcional la imposibilidad de ventilar a una persona.
Existe una rara posibilidad de que, durante la cirugía, el paciente sienta algo a pesar de estar inconsciente, mientras se registra una reacción de este tipo.
¿Qué diferencia hay entre anestesia general y otras técnicas?
Depende mucho del tipo de cirugía, pero en general se opta por anestesia regional cuando es posible. En muchos casos, como en cirugías de miembros o zonas específicas, se prefiere este enfoque por su seguridad. El paciente suele quedar dormido o en un estado de sedación ligera, y aunque el cuerpo reacciona de forma distinta, lo esencial es que el proceso se realiza con seguridad y control.

Durante años, se creyó que los recién nacidos sentían el dolor de manera diferente, pero ahora se sabe que lo sienten igual.
Efectivamente. Por un periodo prolongado se pensó que los neonatos no experimentaban el sufrimiento físico de la misma forma y la gestión del padecimiento en anestesia fue deficiente. En la actualidad comprendemos que los recién nacidos perciben el dolor de manera idéntica a las personas adultas o incluso con mayor intensidad.
¿Puede una experiencia médica mal gestionada marcar de por vida?
Sin duda, en raras ocasiones, pero sí ocurre: cuando el paciente aún está consciente, el anestesista debe actuar; sin embargo, en algunos casos, incluso con la administración adecuada, el paciente puede seguir experimentando sensaciones.
El miedo a la anestesia
La etapa más intensa se da cuando se alcanza el punto crítico, mientras que la tensión se acumula.
¿Qué vigila constantemente un anestesista durante una operación?
Casi todo. El anestesista se encarga de velar por que el paciente permanezca estable, mientras el cuerpo reacciona a cada intervención.
¿En qué momento se concentra la mayor tensión?
En la inducción, cuando el paciente deja de respirar por sí mismo, y en el despertar. En una cirugía estándar es como pilotar un avión: el momento más delicado es el “aterrizaje”, que sería la intubación, y el “despegue”, que es el despertar. Entre medias suele estar todo más controlado, aunque en cirugías complejas también puede haber turbulencias.

¿Qué le gustaría que los pacientes entendieran antes de una intervención?
Que la anestesia no les genere miedo, sino seguridad, y que sientan que están en buenas manos durante todo el proceso.
¿Qué le ha enseñado esta profesión sobre el cuerpo humano?
Es algo extremadamente resistente, pero también frágil: lo que parece sólido puede romperse fácilmente.
¿Alguna anécdota que recuerde especialmente?
A veces, cuando uno se duerme, el cerebro se llena de imágenes, y en este caso, ella soñó con cosas que ni siquiera habían sucedido aún. Aunque parezca extraño, el simple hecho de dormir profundamente basta para que la mente reorganice lo que vive.
