Televisión

El humorista Manu Sánchez reivindica el “derecho a las gambas” en ‘Lo de Évole’: “Hay mucha gente de derechas que se cree que son solo para ellos”

Sin complejos

El cómico sevillano cuestionó el clasismo ideológico y defendió un “socialismo de yates y chalés” en el escenario del Cartuja Center ante 2.000 personas

Manu Sánchez se sincera en 'Lo de Évole'.

Manu Sánchez se sincera en 'Lo de Évole'.

Atresmedia/captura

El teatro Cartuja Center CITE de Sevilla, lleno hasta la bandera, se convirtió en mucho más que el escenario de una entrevista. Fue el ring donde Manu Sánchez desplegó su artillería de ironía, ideología y carcajadas en el programa de Lo de Évole. Frente a un público entregado —y con pesos pesados de la política en primera fila, como Juanma Moreno Bonilla o María Jesús Montero— el humorista sevillano transformó la conversación con Jordi Évole en un espectáculo cargado de sátira y reflexión social.

Mordaz, rápido y sin intención alguna de pedir disculpas por su éxito, Manu dejó claro desde el principio que no iba a moderar el tono. “Yo trabajo mucho, pago el máximo de impuestos y con lo que gano me compro lo que me da la gana. Y obviamente me gusta más el marisco que el puré de patatas”, soltó, marcando el eje de una charla que giró en torno a los prejuicios ideológicos que todavía sobrevuelan en España. Su tesis, envuelta en humor pero cargada de intención, fue directa: la izquierda también tiene derecho al lujo.

El “derecho a las gambas” y el “socialismo de yates y chalés”

La frase que dio forma a la noche fue tan sencilla como explosiva: “Hay mucha gente de derechas que cree que las gambas son solo para ellos”. A partir de ahí, el humorista construyó una crítica afilada contra lo que considera un clasismo ideológico persistente, esa sospecha constante sobre cómo vive y en qué gasta su dinero alguien que se declara de izquierdas.

En esa línea habló también de los “placeres culpables”. Reconoció que durante mucho tiempo le dio pudor comprarse un coche especialmente caro. “Me daba cosa que me vieran, que pareciera que tengo ego”, confesó. Fue su propio padre quien tuvo que convencerle de que disfrutar de lo que uno ha conseguido con esfuerzo no debería ser motivo de vergüenza. Esa culpa interiorizada, explicó entre bromas, es parte del problema: la presión social que obliga a justificar cada logro.

El humorista reivindicó el derecho a aspirar alto sin pedir perdón. 
El humorista reivindicó el derecho a aspirar alto sin pedir perdón. Atresmedia

Manu defendió incluso lo que llamó un “socialismo de yates y chalés”. Con ironía provocadora, presumió de tener un yate en Puerto Banús y reivindicó que disfrutar del éxito económico no es incompatible con defender los servicios públicos.

Pero la broma tenía fondo. “Me encantaría que aspiráramos a eso”, deslizó, dejando claro que no hablaba solo de barcos y chalés como caprichos individuales, sino como símbolo de hasta dónde deberíamos poder llegar. “Estamos peleando para que la gente tenga una vivienda digna. Me encantaría que no tuviéramos que estar discutiendo por qué vale 1.000 euros una buhardilla en Madrid”. Llevado al extremo —y siempre con ironía— su planteamiento suena casi utópico: que tener yate y chalet fuera un derecho universal.

Lejos de ser una simple ocurrencia, su discurso apunta a algo más profundo. Conquistar espacios tradicionalmente asociados a determinadas élites es, según él, una forma de romper barreras desde dentro. Porque, como denunció, “nos están convenciendo cada vez de que nuestras metas sean más cortitas”. Para Manu, el verdadero debate no es si un sindicalista come gambas, sino por qué aceptamos como normal que gran parte de la población apenas pueda aspirar a lo básico.

Humor como trinchera

Antes de que la conversación derivara en uno de los momentos más emotivos de la noche, Manu abordó su enfermedad con la misma mezcla de valentía y sarcasmo que caracteriza su carrera. Recordó su diagnóstico de cáncer testicular y explicó que, desde hace más de dos años, no ha podido desprenderse del humor como herramienta para enfrentarlo. “Sigo viéndolo con humor”, aseguró. Pero matizó con crudeza: “Hay momentos en que el humor no cabe, es como una hostia con la mano abierta”.

El cómico describió esas etapas en las que “cuando las curvas son muy cerradas, todo se derrumba y se viene abajo”. Sin dramatismos impostados, pero sin dulcificar la realidad, explicó que el humor le ha servido como refugio, aunque no siempre sea suficiente. Esa sinceridad, dicha sin perder su identidad cómica, conmovió al teatro sevillano incluso antes de que regresaran las carcajadas.

La noche continuó alternando sátira y reflexión. Incluso los episodios de cataplexia de Jordi Évole se integraron en el espectáculo. Entre risas, el público asistía no solo a una entrevista, sino a una radiografía social envuelta en comedia.