
La letra del médico

Un farmacéutico prepara las recetas prescritas por el médico en Barcelona.
No recuerdo en qué momento vital percibí que la caligrafía y el estilo de los escritos formaban parte genuina de un médico. La especialidad de mi padre le dio una pericia de grafólogo (como los farmacéuticos) y pronto me familiaricé con las abreviaturas, argots, elipsis y topografía singular de la letra que caracteriza la profesión. Cada médico, la suya. El incremento de las especializaciones y conocimientos fue exigiendo mayor destreza interpretativa.

En la explicación del origen de esta singularidad se invoca la formación de pregrado, donde la rapidez en que se emiten nombres y conceptos específicos de cada materia por parte de los profesores obligaba al alumno a escribir a gran velocidad. Esta práctica consolidaba un tipo de caligrafía solo interpretable por los colegas de aula. Conozco algunos que en la época de estudiante tenían buena letra y que en el posgrado ya no. La escritura se volvía más funcional-conceptual que estética. Influyeron los tratamientos que se indicaban antes de la aparición de los productos comerciales. Los médicos formulaban tratamientos en presentaciones que los farmacéuticos preparaban. A menudo lo hacían juntos. Recetas con símbolos, argots que solo entendían ellos. Un hábito casi desaparecido, salvo en alguna especialidad.
La visita de calidad no acepta a un profesional que esté más atento a un dispositivo que al paciente
El abuso de acrónimos en el mundo médico es una constante. Se trasladan a los informes, dando por hecho que el interlocutor ya conoce su significado (aunque, a veces, justamente buscando el contrario). Siglas de enfermedades que a menudo van cambiando y que se convierten en neologismos que permutan según el idioma.
Afortunadamente, con la irrupción de las tecnologías, todo este escenario está formando, cada vez más, parte del pasado. Y es de agradecer porque ha sido liberador. Aunque la seguridad clínica ha salido ganando, la visita de calidad no acepta a un profesional que esté más atento a un dispositivo que al paciente. Los transcriptores de voz y los asistentes clínicos son algunos de los últimos recursos a desplegar.
Solo nos queda insistir en que las faltas ortográficas y de puntuación no son admisibles. Y menos los defectos gramaticales. Cuando escribimos traducimos nuestro constructo mental. En estos casos los deberes se tendrían que hacer antes de entrar a la facultad. Y es que un informe médico o una historia clínica son también literatura.