Las Claves
- El desalojo del instituto B9 en Badalona evidencia una crisis sistémica que supera la capacidad de los ayuntamientos y colectivos sociales actuales.
- España administra
Imaginar que los hechos de Badalona permanecen en Badalona no es únicamente una cuestión de candidez política. Manifiesta un alto nivel de negación. La salida forzosa del instituto B9 no surge como un evento extraño. Constituye una alerta. El síntoma evidente de una crisis sistémica que ya supera a los consistorios y colectivos sociales. Todavía ayer, unas cincuenta personas continuaban pernoctando bajo el viaducto de la C-31.
Un habitante de Badalona dialoga con el concejal Xavier García Albiol durante la reunión comunitaria del pasado 22 de diciembre.
Los acontecimientos vividos en aquel sitio durante estas fiestas deberían ser útiles para algo superior a un simple capítulo de manipulación y enfrentamiento político, con los distintos gobiernos eludiendo responsabilidades bajo el pretexto de sus funciones. Como si no estuvieran a cargo de personas reales. No obstante, esto requiere una reacción inusual: la cooperación entre instituciones.
España administra de forma deficiente los movimientos migratorios. Los litorales presentan graves brechas de seguridad. Los registros locales sufren una situación similar. La carencia de supervisión favorece a las redes criminales y al fraude contra multitud de individuos seducidos por la promesa de un futuro superior. Tras su llegada, el Estado –desde los ayuntamientos hasta el Gobierno– evita sus responsabilidades. Hasta el momento en que surge la crisis.
Como la zona de conflicto del B9. Por ello, la cuestión ya no radica en si volverá a suceder, que es seguro, sino en lo que pasará cuando un magistrado disponga el nuevo lanzamiento de un local ocupado.
Las simplificaciones ideológicas no funcionan. Ni la complacencia cándida ni el rechazo al extranjero. Ni el “papeles para todos” ni el “todos fuera”. Es preciso abordar el asunto con imparcialidad. Debido a que la consecuencia presente, dañina, resulta despiadada con el migrante y provoca desconfianza en la comunidad.
Se otorgarán adicionales B9: la cuestión fundamental se halla en la reacción que se brindará una vez que un tribunal dicte otro lanzamiento.
Durante mucho tiempo, la izquierda —o al menos una fracción— prefirió evitar esta discusión. Se afirmaba que adentrarse en ese ámbito implicaba validar la narrativa de la extrema derecha. Predominó una corrección política mal interpretada y las respuestas ambiguas. El escenario ideal para que terceros llenaran el vacío con falsedades y lemas simplistas. Vox y Aliança Catalana, ya conocen.
Dentro de ese marco se entiende el respaldo a Xavier García Albiol. El primer edil presiona los hilos sociales que mantienen su predominio. Le da igual que lo califiquen de racista. Comprende que esa crítica le garantiza sufragios de ciudadanos en distritos afectados por la pobreza, asustados ante la posibilidad de que su realidad se agrave aún más.
Recientemente un compañero mencionaba que, durante su nombramiento de 2003 como president, Pasqual Maragall ya señaló que la discusión acerca de la migración foránea se iniciaba con un enfoque erróneo. La cotidianidad, sostenía, ocurre en los vecindarios, más allá de la esfera teórica de los principios. Si se permite el deterioro de dichas zonas o se fomenta la confrontación, cambiar el panorama posteriormente se vuelve sumamente complicado.
Parte de aquello esclarece lo sucedido en las inmediaciones del instituto B9 y que por poco se asaltara una parroquia. Ha resultado muy arduo reubicar de forma urgente a 153 inmigrantes, y la medida es transitoria. Un remedio momentáneo. ¿A qué sitio se dirigieron los doscientos que se alejaron tras las advertencias iniciales de la policía? Quizás a Barcelona. Allí también se expanden los focos de pobreza: tiendas de campaña y cartones a la intemperie. Barracópolis. Se modifica el paisaje, pero no la raíz. El conflicto no se extingue, simplemente se traslada.

