¿Constituye la prohibición de los móviles la solución?
Móviles y adolescentes
Dos especialistas comparten su visión acerca de la medida del Gobierno de limitar la entrada a las redes sociales a los menores de 16 años.

Desde el actual curso escolar, el alumnado de colegios de primaria y secundaria tiene vetado el uso de sus terminales móviles.

España se une a naciones tales como Australia, Francia y Portugal en su esfuerzo por salvaguardar a los jóvenes en los espacios virtuales. Durante estos días, el jefe del Ejecutivo, Pedro Sánchez, comunicó que se restringirá la entrada a las plataformas sociales hasta cumplir los 16 años, lo cual ha provocado el malestar de las compañías del sector tecnológico.
No han trascendido pormenores relativos a la operativa. Sánchez únicamente aclaró que se exigirá a las plataformas digitales que incorporen mecanismos para comprobar la edad, una disposición contemplada anteriormente en el proyecto de ley de Protección de los Menores en los Entornos Digitales, que se encuentra actualmente bajo debate en el Congreso.
Aparte de la disputa que surge con los grandes empresarios tecnológicos (el presidente español pretende, asimismo, exigir cuentas jurídicas a los ejecutivos por las faltas ocurridas en sus redes, el manejo de algoritmos y la difusión de materiales ilícitos), la propuesta de restricción no cuenta con el respaldo unánime de los colectivos dedicados a la niñez y juventud ni de la totalidad de los hogares. Hay posturas que defienden esta iniciativa, tales como las de la docente Sandra Sieber, así como visiones críticas o con reservas, como las expresadas por el psicoanalista José R. Ubieto.
Sandra Sieber, profesora en la IESE Business School
La libertad real exige desconexión
Australia dio su visto bueno en noviembre. Francia y Portugal progresan por la misma senda. La discusión acerca de limitar la entrada de jóvenes a las plataformas digitales ya no es meramente especulativa. Junto a ella, reaparece un engaño arriesgado: la noción de que prohibir supone una derrota para la enseñanza. Se nos indica que es preciso “enseñar a usar” los avances técnicos en vez de limitarlos. No obstante, tal razonamiento omite de forma consciente la esencia del oponente. No nos hallamos frente a un instrumento imparcial como una bicicleta o un martillo; nos enfrentamos al mecanismo de convencimiento más complejo que se haya creado, ideado por grupos de psicólogos e ingenieros con una meta exclusiva: atrapar y rentabilizar el interés de las personas.
Solicitar que un joven practique la autorregulación ante un algoritmo creado para manipular su circuito de dopamina no constituye enseñanza, sino un conflicto condenado al fracaso desde el inicio. Se trata de un desequilibrio de fuerzas extremo en el cual una mente en formación se enfrenta a una supercomputadora que identifica sus vulnerabilidades de forma más precisa que el propio individuo.
Las cifras resultan preocupantes. A partir de la popularización del smartphone y el éxito de las redes sociales visuales –hacia el 2012–, los niveles de ansiedad, depresión y autolesiones en jóvenes se han incrementado notablemente en los países desarrollados. De acuerdo con los Centros para el Control de Enfermedades de Estados Unidos, el porcentaje de adolescentes con cuadros depresivos creció un 60% entre el 2011 y el 2021. Si bien la discusión académica acerca del impacto preciso persiste, las pruebas señalan de forma constante un vínculo entre el consumo excesivo de redes y el empeoramiento del bienestar psicológico juvenil. Los entornos digitales funcionan como un catalizador de la comparación social y un factor que erosiona la autoestima, justamente en una etapa de la vida donde la aprobación externa es esencial.
Los datos indican una conexión entre el empleo de redes y el menoscabo del bienestar psicológico.
La lógica de la “libertad individual” también se desmorona. ¿Qué margen de maniobra tiene una persona cuando la configuración del sistema —el avance continuo, las alertas fluctuantes, la reproducción inmediata— busca suprimir cualquier fricción y neutralizar la voluntad de parar? Impedir el acceso a plataformas sociales hasta los 16 años no es coartar la libertad de los adolescentes, sino proteger su autonomía mental. Es ofrecerles la oportunidad de desarrollar un carácter propio fuera de la vitrina tecnológica.
La trayectoria de las leyes se basa en el amparo de los más débiles ante las desmesuras del ámbito mercantil. Impedimos que los niños manejen, consuman cigarrillos o realicen apuestas, no debido a dudas sobre su intelecto, sino por el conocimiento de las amenazas biológicas y comunitarias. El sector tecnológico ha trabajado durante mucho tiempo con una supervisión deficiente, derivando los perjuicios de su sistema económico hacia la estabilidad emocional de los núcleos familiares.
Resulta fundamental hablar con total franqueza. Establecer límites al uso no constituye un rechazo al progreso ni una involución. Se trata de una acción de salud colectiva imprescindible para asegurar que los avances técnicos continúen funcionando como instrumentos para las personas, en lugar de que ocurra lo contrario. Si deseamos ciudadanos independientes, con aptitud para la reflexión profunda y libres del desasosiego permanente del mundo digital, nos corresponde asumir la valentía de alejar a los menores de las pantallas hoy mismo.
José R. Ubieto, especialista en el ámbito del psicoanálisis y autor de 'Adictos o amantes'
El falso dilema: ¿prohibir o regular?
Siempre que aparece el planteamiento de una regulación inédita acerca del empleo de la tecnología digital (dispositivos, redes sociales, IA), vuelve a encenderse la engañosa disyuntiva entre quienes prohíben y quienes regulan. Esto sucede actualmente con la iniciativa del Gobierno de España.
Lo considero falso porque se basa en una idea engañosa: existiría una solución definitiva para limitar —algunos incluso pretenden erradicar, como si fueran plagas— ese impulso que nos incita a todos (adultos y niños) a disfrutar de los dispositivos. Al acto de observar y ser observados, a mostrarse y curiosear, a ofender y ser degradados. Todo aquello: el sadismo, el exhibicionismo, el voyeurismo, el masoquismo… son inclinaciones humanas anteriores a lo digital que se potencian en la virtualidad. Y, por tanto, no pueden eliminarse, pero sí es factible atenuar sus impactos más dañinos, especialmente entre los jóvenes y las personas con menor juicio.
Normar, de acuerdo con la RAE, es “determinar las reglas o normas a que debe ajustarse alguien o algo”, y esa es una tarea que le corresponde al Gobierno ya que resulta obvio, en esta situación, que el sector no ha tomado medidas ni planea llevarlas a cabo. Su modelo comercial se fundamenta en la economía de la atención —es decir, en mantenerla cautiva ante los dispositivos para lucrarse con ella—, y cualquier restricción conlleva un perjuicio financiero.
La esencia del problema se halla en los esquemas de ese reglamento. Impedir —tal como se aplica en los colegios— determinados hábitos, acotando lugares y periodos, es una disposición indispensable, igual que determinar la edad mínima para las redes sociales en los 16 años. Pero debemos entender que esta iniciativa es escasa y de difícil aplicación.
Es insuficiente pues representa solo un avance inicial para permitirnos un aprendizaje digital que trascienda las simples habilidades técnicas, enfocándose en someter el desarrollo tecnológico a ciertos valores fundamentales, de acuerdo con las acertadas sugerencias de Heidegger en su Serenidad. Normas vigentes en el entorno físico que igualmente han de regir nuestro comportamiento en la red: intimidad, consideración, aceptación, pluralidad. ¿Acaso alguien exhibe sus retratos domésticos en la terraza o transita por la vía pública agraviando a sus conocidos o manifestando abiertamente prejuicios raciales o de género sin consecuencia alguna?
Difícil de ejecutar puesto que cuando intervenimos, ellos ya se han marchado tras hallar múltiples métodos de evasión: emplear una VPN con el fin de ocultar la IP, resguardarse en entornos de videojuegos (Roblox, Discord) carentes de regulación, usurpar la personalidad de los padres… Se trata de los jóvenes, aunque igualmente de las empresas, siempre vigilantes ante “innovar” si su rentabilidad corre riesgo.
Asimismo, resulta vital, no ignoremos que la realidad trasciende los dispositivos y que la cercanía física persiste como un pilar humano esencial para –más allá de los contactos– crear uniones duraderas. Para los menores y jóvenes, resulta obligatorio adquirir la habilidad de interactuar de forma directa.
Quizás la discusión auténtica en los centros educativos y en los hogares no consista en “dispositivos sí o no”, sino en si continuaremos apostando por la fuerza del lenguaje y por la efectividad –limitada, aunque humana– del diálogo, o si optamos por rendirnos por completo al culto del Algoritmo.