Durante siglos, la ciencia ha estudiado el cuerpo humano tomando como referencia casi exclusivamente el masculino. Ese sesgo ha dejado en segundo plano muchas enfermedades y experiencias que afectan específicamente a las mujeres. La antropóloga Carolina Remorini, investigadora del grupo AFIN de la Universitat Autònoma de Barcelona, advierte de que esa invisibilidad histórica sigue teniendo consecuencias hoy en día en ámbitos como el diagnóstico o la atención sanitaria.
Uno de los ejemplos más claros es la endometriosis, una patología que afecta a millones de mujeres en todo el mundo y para la que todavía no existe una solución definitiva. Para Remorini, este caso ilustra hasta qué punto la investigación científica ha priorizado durante décadas el cuerpo masculino. “No hay tratamientos o no hay soluciones para problemas que sufrimos las mujeres en nuestros cuerpos en distintos momentos de nuestra trayectoria vital, y a veces ni siquiera hay diagnósticos”, explica.
Según la investigadora, la raíz del problema es que durante mucho tiempo las mujeres apenas han sido objeto de estudio fuera del ámbito estrictamente reproductivo. “Se nos ha visto muchas veces con cierto detalle cuando las problemáticas tenían que ver con la reproducción, pero otras cuestiones que también nos afectan, como la endometriosis o la menopausia, han quedado mucho más relegadas”, señala. Incluso el cuerpo femenino cuando deja de ser “productivo” en términos reproductivos, “muchas veces ha sido dejado de lado”.
El predominio del cuerpo masculino como referencia también se ha trasladado a la investigación científica en general. Durante décadas, los ensayos clínicos y estudios médicos se han basado principalmente en pacientes varones, lo que ha generado un modelo de “cuerpo normativo” que no refleja la diversidad real de la población. “Estos cuerpos que han servido de base para los estudios científicos son pacientes masculinos y con determinadas características sociales y culturales”, explica Remorini.
En los últimos años, sin embargo, la ciencia empieza a cuestionar ese paradigma. Cada vez más investigaciones intentan incorporar variables que antes quedaban fuera, como el género, la edad, el contexto social o el origen cultural. “No es lo mismo ser mujer blanca que ser mujer negra, o pertenecer a una determinada clase social o contexto cultural”, subraya la antropóloga, que defiende la necesidad de analizar cómo todas esas variables influyen en la salud y el desarrollo humano.
Desde el grupo AFIN de la UAB, Remorini y su equipo trabajan precisamente para visibilizar estos sesgos y trasladar el conocimiento científico a la práctica sanitaria. Sus investigaciones colaboran con instituciones de salud para mejorar la atención a las mujeres y comprender mejor sus experiencias. Han abordado cuestiones como complicaciones obstétricas, el impacto de la contaminación en el embarazo o las pérdidas gestacionales, un tema que, según la investigadora, sigue rodeado de silencio. “Si algunas cosas que les ocurren a las mujeres les ocurrieran a los hombres, estarían mucho más visibilizadas”, afirma.
Para Remorini, el cambio ya está en marcha, pero aún queda mucho camino por recorrer. A pesar de que parte de la sociedad considera que el feminismo ha ido demasiado lejos, la investigadora cree que todavía queda trabajo pendiente. “Muchas personas no reconocen que en su vida cotidiana el feminismo les ha abierto muchísimas puertas o les ha garantizado derechos”, sostiene. Y pone un ejemplo claro: cuando una mujer llega a urgencias con determinados síntomas y se interpreta que está exagerando o que tiene un problema emocional, puede que en realidad esté a punto de sufrir un evento cardiovascular grave. “Todavía no estamos mirando cómo experimentamos las mujeres estos problemas”, concluye.