Se incrementa la toxicidad ambiental originada por los plaguicidas a escala global.

Biodiversidad

Investigadores alemanes exponen las sustancias químicas, las naciones y las plantaciones que causan los efectos ecológicos más severos, con un uso que se distancia del acuerdo internacional de disminuirlo a la mitad para 2030.

España es el tercer mayor exportador de plaguicidas prohibidos en la Unión Europea (UE), por detrás de Alemania y Bélgica, según Greenpeace, que señala que España aprobó en 2024 la exportación de casi 12.900 toneladas de plaguicidas prohibidos en la UE

España se sitúa como el tercer exportador más importante de pesticidas no permitidos dentro de la Unión Europea (UE), de acuerdo con Greenpeace, 

GREENPEACE / Europa Press

Las Claves

  • La toxicidad global por pesticidas aumenta pese a los acuerdos internacionales, alejándose del objetivo de reducción fijado para el año 2030.
  • Investigadores de la Universidad de Kaiserslautern-Landau advierten que pocos compuestos químicos generan la mayor parte del daño a la biodiversidad mundial.
  • China, Brasil, Estados Unidos e India lideran el impacto tóxico, concentrado principalmente en cultivos de maíz, soja, frutas y hortalizas.
  • El estudio en Science demanda medidas drásticas y una transformación del modelo agrícola para proteger ecosistemas críticos como Doñana o Daimiel.

Pese a los acuerdos internacionales destinados a limitar los pesticidas, la toxicidad mundial provocada por estos químicos empleados en el campo continúa en ascenso, comprometiendo la integridad de la biodiversidad en todo el mundo. Muy lejos de alcanzar la meta de reducir su presencia a la mitad para el año 2030, según lo establecido en una cumbre global de 2022, estos elementos causan daños cada vez mayores a múltiples formas de vida. A esta determinación llegó un minucioso análisis de investigadores de la Universidad de Kaiserslautern-Landau (Alemania), tras evaluar las amenazas de 625 de estos compuestos en ocho conjuntos diversos de organismos.

Los estudios acerca de las repercusiones de las sustancias empleadas para mejorar la productividad agrícola tienen una larga trayectoria, aunque previamente se focalizaban en variedades o elementos específicos. En la actualidad, los investigadores intentaban hallar un método para estimar su peligrosidad de manera global, puesto que el crecimiento de las superficies cultivables, el aumento de la actividad productiva y la inmunidad de los parásitos están elevando su utilización. Las cifras más recientes de la FAO de 2023 indican que los productores globales emplean anualmente por encima de 3,73 millones de toneladas de tales químicos artificiales, lo que supone un incremento del 14% respecto a los diez años previos y, si bien en ese ejercicio se detuvo el crecimiento —sobre todo debido a las acciones implementadas en China y la UE—, su presencia acumulada en el entorno natural sigue creciendo. De acuerdo con este estudio, difundido en la publicación Science, harían falta “medidas más drásticas” de las que se adoptan, especialmente en lo que respecta a ciertos componentes que provocan un perjuicio considerable al ser examinados de forma conjunta.

Jakob Wolfram y sus compañeros resaltan la creación de un procedimiento que facilitará comprender, de forma global, lo que ocurre: “Utilizamos datos sobre el uso de cada plaguicida por cantidad, país y año, así como su toxicidad para ocho grupos de organismos; es algo que con pocos datos proporciona una indicación sencilla del posible impacto de esos plaguicidas en la biodiversidad, y eso permite ver las tendencias y evaluar si se cumplen los objetivos de la ONU. Además, por primera vez se evalúa un conjunto global de plaguicidas en relación con los riegos que suponen para las especies”, comenta a Guyana Guardian Wolfram, el autor principal del estudio.

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Específicamente, recopilaron información del periodo comprendido entre 2013 y 2019, si bien se aclara que no se han producido variaciones significativas hasta la actualidad. Se basaron en los límites de toxicidad permitidos en seis naciones (Australia, Canadá, China, Nueva Zelanda, EE.UU. Y Japón) además de la Unión Europea respecto a ocho categorías biológicas (plantas acuáticas, invertebrados acuáticos, peces, artrópodos terrestres, polinizadores, organismos del suelo, vertebrados terrestres y plantas terrestres). En conjunto, estos análisis cubren el 80% de las plantaciones de la Tierra. El objetivo era determinar de qué manera el nivel tóxico de dichas sustancias químicas se incrementa en los distintos territorios y explotaciones agrícolas, evaluando su impacto en la biodiversidad circundante. 

Hallaron que una cantidad reducida de artículos (de 20 a 34 de los 625, dependiendo de la nación) generan un perjuicio ambiental significativo debido a que afectan no únicamente a los organismos objetivo, sino también a otras variedades biológicas. Únicamente los empleados en hortalizas y frutas, maíz, soja, granos y arroz representan del 76% al 83% del impacto tóxico mundial derivado de los pesticidas. Estos corresponden igualmente a los cultivos de mayor volumen. A nivel geográfico, China, Brasil, Estados Unidos e India aportan conjuntamente entre el 53% y el 68% de dicho índice de toxicidad planetaria. Entre estas naciones, únicamente China ha conseguido detener el incremento en su empleo y se encuentra en una etapa de reducción. Asimismo, en la UE se ha registrado un descenso, si bien los agroquímicos sintéticos todavía constituyen más del 75% de la cifra total. 

“Esto demuestra que se requieren acciones sustanciales a nivel mundial”, advierten los investigadores. En el ámbito europeo, podría ocurrir una interrupción: tras años de progreso, en 2024 la Comisión se distanció del propósito de la ONU de recortar un 50% para el cierre de este decenio, una resolución motivada por las constantes quejas de los agricultores, que sostienen que sin tales sustancias pierden capacidad competitiva.

Es importante señalar que durante la citada Cumbre de la Biodiversidad Kunming-Montreal no se estableció el punto de referencia para los plaguicidas a partir del cual se debería realizar el recorte del cincuenta por ciento. Por esta razón, científicos de Alemania han creado este sistema de evaluación denominado “toxicidad total aplicada agregada (TAT)”, el cual evalúa el peligro ecológico de cada pesticida empleado históricamente considerando su espectro completo de efectos tóxicos.

De acuerdo con sus hallazgos, provocan consecuencias severas en seis de las ocho categorías de especies estudiadas. Esto abarca a la totalidad de los invertebrados y la vegetación terrestre. Los artrópodos terrestres, los seres vivos del sustrato y los peces figuran entre los más perjudicados, pues terminan en los cauces fluviales. Los datos tampoco resultan favorables para los insectos polinizadores. Los efectos más negativos se localizan en las regiones con una mayor actividad agrícola intensiva. El continente americano, tanto el norte como el sur, Europa Occidental y Asia Meridional y Oriental encabezan esta clasificación.

La investigación resalta la gran peligrosidad de insecticidas como los piretroides (frecuentemente empleados ante plagas de larvas o coleópteros) y los organofosforados (que dañan el sistema nervioso central) para el conjunto de invertebrados acuáticos, peces y artrópodos de superficie. Asimismo, figuran los neonicotinoides, causantes de la mortalidad en polinizadores. Sobre los herbicidas, se hace referencia a la acetamida (aplicada contra plantas no deseadas en cereales) y los bipiridilos (para el mantenimiento de terrenos mediante desecación); unidos al glifosato (permitido en la UE hasta el año 2033), constituyen una mezcla que, según sostienen, imposibilita la existencia de suelos saludables.

Respecto a las naciones, señalan el elevado empleo de pesticidas por superficie en Brasil, Argentina, EEUU, China y Ucrania. Los tres iniciales, según recalcan, siembran una proporción considerable de granos modificados genéticamente, lo cual sugeriría que no representan una alternativa para disminuir el grado de toxicidad. En concreto, los suministradores primordiales de la UE en cuanto al maíz resultan ser, en dicha secuencia, EEUU, Brasil y Ucrania. A modo de referencia favorable citan a Chile, el cual es el único que, manteniendo este rumbo, lograría cumplir el objetivo de la ONU para 2030. “Lo crucial es entender los patrones para cada cultivo, dado que su distribución futura dependerá del mercado y del cambio climático. Los cultivos que cubren grandes áreas y los muy especializados, que requieren pesticidas muy tóxicos, son claves en las estrategias futuras para salvaguardar la biodiversidad”, sostienen.

Wolfram y sus colaboradores sostienen la necesidad de retornar a los volúmenes de pesticidas sintéticos de hace más de 15 años, lo cual requiere una transformación del modelo agrícola mundial. Si bien notan progresos en ciertas naciones mediante la prohibición de artículos, consideran insuficiente la atención prestada a la toxicidad derivada de combinar múltiples compuestos. Del mismo modo, rechazan el reemplazo de unos elementos por otros que simplemente desplazan el peligro entre diferentes organismos. Prefieren fomentar el empleo de bioplaguicidas y disminuir las dosis aplicadas, incluso si esto conlleva generar menos forraje y más productos de consumo directo; esto supone transitar de un régimen alimenticio rico en productos cárnicos hacia uno más vegetal, junto con la mitigación de los desechos de comida. La ventaja: “Que la biodiversidad mejora la calidad del suelo”.

El estudio critica a los países por la carencia de estadísticas. Estiman que resulta vital recolectar y difundir con mayor acierto los detalles sobre los componentes químicos activos empleados en sus regiones, lo cual facilitará la adopción de medidas eficientes para detener este descenso de la biodiversidad, calificado como sumamente crítico. En este sentido, su labor pretende servir de respaldo: “Este indicador que desarrollamos es una forma bastante fácil de calcular los valores de toxicidad y observar su evolución. Cada país puede ver su situación y decidir qué tóxicos debe sustituir  o en qué cultivos es más urgente apostar por la agricultura orgánica. Esto es positivo, aunque las tendencias actuales apuntan a un aumento de tasa de toxicidad. Lo negativo es que, si no se toman medidas, la degradación de los ecosistemas seguirá avanzando”, finaliza Wolfram.

Dentro del territorio español, se han registrado perjuicios en determinadas especies debido al empleo de dichas sustancias. Durante 2023, una investigación del CSIC, bajo la dirección de la química Ethel Eljarrat, reveló que el incremento de su utilización cerca de Doñana perjudicaba la función reproductiva de aves tales como el águila calzada. Asimismo, localizaron trazas de DDT en diversos huevos, a pesar de su prohibición desde 1977. Igualmente, notaron una mayor concentración de los piretroides referenciados en este estudio. Un año después, mediante la misma iniciativa, descubrieron plaguicidas vetados en la UE desde 2009, presentes tanto en el fango y el agua del parque nacional andaluz como en las Tablas de Daimiel.

“Es muy preocupante que el control, incluso en la UE, que estos investigadores sitúan como la región mejor posicionada del mundo, se apueste por relajar los controles, pese a lo que señalan los estudios científicos. Esta investigación hace un mapa claro de la situación global, pero a medida que la ciencia avanza desespera ver cómo se eliminan controles a plaguicidas que años después de ser autorizados se demuestra que son dañinos”, concluye.

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