Comer

Una nueva generación de cafeterías redefine la escena barcelonesa

Barcelona

Propuestas muy personales construyen pequeñas comunidades de clientes

Clientes disfrutan de una merienda en Raw Studio, un establecimiento fundado por Brenda Gálvez

Clientes disfrutan de una merienda en Raw Studio, un establecimiento fundado por Brenda Gálvez

Ana Jiménez / Propias

La calle Avenir, en el barrio de Sarrià-Sant Gervasi, no es una vía principal ni especialmente transitada. El tráfico es escaso, los peatones pocos y el entorno mayoritariamente residencial. Por eso sorprende el grupo de personas que se reúne a diario frente al número 66. No hay carteles que lo anuncien ni sorteos o promociones que expliquen la espera. Allí se encuentra Raw Studio. A simple vista, podría pasar por una cafetería más entre tantas que salpican el barrio. Al cruzar la puerta, sin embargo, el espacio transmite una calma inesperada. Predominan los tonos rosados. Las sillas, todas distintas entre sí, se agrupan alrededor de mesas de madera de diferentes tamaños. El aroma del café lo impregna todo.

“Se generó una comunidad, es algo que no puedo explicar”, cuenta su fundadora, la mexicana Brenda Gálvez, quien abrió el local hace tres años. Frente a Raw Studio también gestiona Raw Objects, un espacio dedicado a la venta de objetos de uso cotidiano –cucharas, sillas, camisetas, y otras piezas cuidadosamente seleccionadas– junto a antigüedades. Allí, además, se puede disfrutar de una taza de café de filtro. “Hay gente que entra y no entiende nada, y me encanta que así sea”.

Lee Steinfeldt elabora bebidas de autor en Boost & Calm
Lee Steinfeldt elabora bebidas de autor en Boost & CalmÀlex Garcia

El concepto nació de su propia experiencia personal. “Cuando vivía en Copenhague, me enamoré del café de especialidad y de lo que ofrecen las cafeterías que están curadas y tienen una historia detrás”, explica. “Aunque había muchas opciones, cuando llegué a Barcelona hace unos años no encontraba nada que me convenciera a nivel de diseño”. Sus años en la capital danesa y sus raíces mexicanas se reflejan en el menú, donde conviven referencias de ambos mundos: desde el huevo pasado por agua con pan de masa madre, mantequilla y mermelada (un desayuno típico de Copenhague) hasta los huevos rancheros con tomates al horno y salsa oaxaqueña, herencia directa de su origen mexicano.

Cúrcuma, lavanda y caldos de huesos sustituyen al expreso tradicional en Boost & Calm

El proyecto de Gálvez forma parte de una red de establecimientos que, aunque formalmente se llamen cafeterías, no colocan necesariamente el café como protagonista. Estos pequeños negocios han logrado construir una identidad propia mediante propuestas bien definidas, capaces de atraer y conectar con un público específico.

A tres minutos de Raw Studio, en el 122 de la calle Laforja, otro local abrió recientemente. “¿Qué sientes que necesitas esta mañana?”, pregunta su dueña, Lee Steinfeldt, a quienes cruzan la puerta de Boost & Calm. Aquí las bebidas se preparan en función de lo que requiera cada cliente. Entre las opciones con cafeína está el bulletproof, elaborado con cúrcuma, jengibre y MCT, un aceite derivado del coco. Hay leches aromáticas, como la de lavanda, de sabor dulce y perfumado, creada para relajar y destensar en cada sorbo. También hay caldos para llevar, que cambian a diario, a base de huesos de pollo o de carne que aportan colágeno. “Esto es muy típico de los países fríos, es como un electrolito de invierno”, explica. Todas las combinaciones las diseña Steinfeldt en colaboración con una naturópata. Aunque su especialidad son las bebidas, también ofrecen algunos bocadillos que se pueden disfrutar tanto en el local como llevárselos. “La mayoría de la gente se pasa el día tomando café, pero no siempre es lo que necesita”, reflexiona la dueña. “Después de vivir veinte años en India aprendes lo que te ofrecen las especias, a escuchar el cuerpo y a darle lo que realmente te pide”. Es consciente de que su propuesta no es para todos: “Sé que me dirijo a un target muy concreto”. Lo que mejor funciona para dar a conocer el local, dice, es el boca a boca.

Orval es el proyecto de la diseñadora Lucía López en Sant Martí
Orval es el proyecto de la diseñadora Lucía López en Sant MartíAndreu Esteban

Sin invertir en publicidad ni en redes sociales, los italianos Iliana y Andrea abrieron hace doce años Bicioci, en el número 1 de la calle Venus, en el distrito de Gràcia. “Queríamos hacer algo diferente”, explica Andrea, sentado en el interior de su bike café. Chaquetas, camisetas y gorras de ciclismo cubren las paredes de ladrillo, mientras decenas de bicicletas colgadas del techo capturan la atención de los clientes. “Soy solo un apasionado, no un profesional”, asegura Andrea. “Estudié para trabajar como camarero, siempre he estado vinculado a la hostelería y todos los días iba a trabajar en bicicleta”. Con el tiempo, empezó a notar que en países como los Países Bajos o Alemania existían bike cafés, mientras que en Barcelona no había ninguno: “Lo fuimos construyendo nosotros, poco a poco”. Algunas de las piezas que decoran el local eran suyas; otras, donaciones de los propios clientes. Además de café de especialidad, Bicioci sirve brunch y un menú sencillo al mediodía: quiches, pizza, sopas y platos del día. “Desde el principio hemos trabajado con café de calidad, aunque al inicio el público no estaba acostumbrado a ese sabor”.

Bicicletas, café de especialidad y brunch conviven en uno de los primeros ‘bike cafés’ de la ciudad

Hoy resulta difícil encontrar un punto de la ciudad donde no haya una cafetería de especialidad cerca. Según Andre Barretto y Rafael Maggion, fundadores del festival My Coffee Awards, que celebró su cuarta edición en Barcelona el pasado noviembre, actualmente existen entre 750 y 800 cafeterías de especialidad, con distritos ya saturados como el Eixample y Gràcia. “Cuando empecé en el 2015, desde el paseo de Gràcia hasta València con Casanova no había ninguna cafetería de especialidad”, recuerda Iker Zago, dueño de Roast Club Café (calle València, 190). Hoy, solo en su misma calle, hay tres. “Yo invierto en la calidad y en el servicio”, afirma. “Creo que, además del café, la gente vuelve por el trato al cliente”, añade.

La relación con su comunidad es ya tan estrecha que algunos clientes llevan puesta la camiseta del local, que se vende por 25 euros. “Las cafeterías de especialidad siempre han tenido un cierto estigma de frikis: entras y te sientes perdido si no sabes de qué va. Yo trabajé mucho para que mi local tuviera un trato mucho más cercano y la gente entendiera lo que estaba consumiendo”. El café que sirve lo selecciona él mismo, basándose en proyectos y gustos personales. “Tenemos un público muy formado; ya saben quiénes somos, qué hacemos y confían en nosotros”.

Decenas de bicicletas decoran el techo de Bicioci
Decenas de bicicletas decoran el techo de BiciociAna Jiménez

Aunque los fines de semana es habitual que se forme una fila en la puerta de Roast Club, Zago recuerda una época especialmente caótica, cuando una reseña en TripAdvisor que situó el local en primer lugar provocó un desbordamiento del servicio. Taxis llenos de turistas se detenían en la puerta, y el café se agotaba cuatro horas antes del cierre. “Tuve que pedir que nos quitaran de la lista. No me gusta lo masivo y no es la idea del negocio”, dice Zago.

La comunidad de Roast Club se reconoce incluso fuera del local, con clientes que llevan su camiseta

En el número 31 de la calle Buenaventura Muñoz, la luz entra a raudales por un gran ventanal y cae sobre una mesa comunitaria de madera, cubierta de revistas de autor y publicaciones de artistas. Hojas verdes enmarcan la entrada de Orval, un lugar pensado para quedarse. Aquí la gente dibuja, trabaja, escribe o simplemente se detiene. “Un espacio así es una experiencia, no es solo venir a tomarse un café”, explica Lucía López, barcelonesa, que abrió el proyecto hace once años con la intención de construir algo más que una cafetería.

El local comenzó como un plant and coffee, un concepto que combinaba café y venta de plantas. Aunque ya no forman parte de la propuesta –“nos drenaba mucha energía, y decidimos dejarlo”–, ese espíritu permanece en la atmósfera y en una cuidada selección de productos: revistas de arte, piezas de cerámica elaboradas por el hermano de Lucía –las mismas en las que se sirven bebidas y platos–, indumentaria y bolsos de diseñadores cercanos, y vinos naturales de pequeños productores. “Siempre he intentado mezclar proyectos de personas a las que conozco y admiro, muchas de ellas amigas”. Su hermano también se encarga de los fermentos que se sirven en el local, como el kimchi o la kombucha, mientras que las pastas llegan de Origo, una panadería artesana especializada en pan de masa madre ecológico.

Aunque el concepto y la ubicación cambiaron, los clientes de Orval la siguieron. ¿Qué hace que este lugar sea tan especial? “Si algo tiene que explicarse con palabras, está mal diseñado. Desde que entras, todos los detalles deberían hacerte sentir de una manera concreta”. Por supuesto, hay personas que no conectan con el espacio. “No pasa nada, buscarán su sitio”, asegura Lucía.