Consejos para renovar las ollas de casa estos Reyes
Al día
¿Cuántas necesitas de verdad? ¿Qué materiales merecen la pena? ¿Qué tipologías con mejores?
Resolvemos todas tus dudas en este artículo

LIDL tiene una olla que nos hace pensar en las típicas de Le Creuset.
Cambiar las ollas de la cocina suele posponerse hasta que una se deforma, el fondo deja de repartir bien el calor o el guiso se pega sin remedio. Sin embargo, renovar la batería básica no es solo una cuestión estética: influye directamente en cómo cocinamos y en el resultado de los platos. Cuando toca renovar ollas (o cualquier otro utensilio de cocina), suele ocurrir que no sabemos por dónde empezar: cuántas necesitamos de verdad, qué materiales merecen la pena o si debemos invertir mucho para garantizar fiabilidad y durabilidad.
Si las ollas de casa tienen el fondo deformado, manchas persistentes que no salen con limpieza profunda, o notamos que los alimentos se pegan constantemente pese a usarlas correctamente, probablemente haya llegado el momento de renovarlas. Para Jordi Fenoll, chef del restaurante Margarit, en Barcelona, lo primero es pensar en el uso real que se les va a dar. “Todo depende de cuánta gente coma a diario, pero para una familia de cuatro personas no hace falta una batería infinita”, apunta. Su recomendación es clara: una olla alta tipo marmita para caldos o grandes cocciones; una olla más baja o rondón, muy versátil; y una olla pequeña para salsas, cremas o cocciones rápidas. A partir de ahí, el resto son complementos.

En muchas cocinas del Mediterráneo, además, hay piezas que siguen siendo imprescindibles. Fenoll recuerda que “en cualquier casa valenciana de bien no faltan una o dos paellas”, recipientes amplios y bajos que permiten una evaporación rápida y una cocción uniforme, ideales tanto para arroces secos como para platos tradicionales de cuchara compartidos.
El material importa
A la hora de elegir ollas nuevas, el material es clave. El acero inoxidable sigue siendo el gran aliado en cocinas domésticas y profesionales. Es resistente y robusto, no reacciona con alimentos ácidos, no transmite sabores extraños y, si algo se quema, no solo se puede limpiar sin problemas, sino que no deja mal sabor después. Fenoll insiste especialmente en fijarse en la base: “Es importante que tenga un buen fondo, de al menos un centímetro de grosor, para que el calor se reparta bien y no haya puntos donde se pegue la comida”. Ese fondo grueso —a menudo encapsulado con aluminio o cobre en el interior— es lo que marca la diferencia entre una olla que cocina de manera uniforme y otra que genera zonas de calor irregular. También es lo que permite un mejor rendimiento en placas de inducción, cada vez más habituales.

Pese a ser el material preferido de los chefs, el acero inoxidable sigue suponiendo un problema para muchos usuarios a nivel doméstico por su escasa capacidad antiadherente. Para la directora de la escuela de cocina La Patente, con dos establecimientos en Barcelona, para lograr un buen sellado en una olla o sartén de este material es importante “calentarla muy bien y añadir el aceite cuando esté muy caliente, y cuando el aceite se haya calentado bien incorporar el producto que vamos a cocinar en la olla”, un buen consejo para cuando hacemos guisos que incluyen sofritos y no queremos que se quemen o se peguen.
De hecho, frente al auge de los recubrimientos antiadherentes, los expertos coinciden en que conviene ser prudentes. Aunque son cómodos para ciertos usos, su vida útil es limitada y no toleran bien altas temperaturas ni el contacto con utensilios metálicos. Por eso, para ollas de uso intensivo, el acero inoxidable sigue siendo la opción más segura y duradera.
El capricho: hierro colado
Si hay una pieza fetiche en muchas cocinas es la olla de hierro colado esmaltado. “Como capricho, está muy bien tener una olla de hierro colado tipo Le Creuset”, opina Fenoll. Su gran ventaja es la inercia térmica: una vez calientes, mantienen la temperatura con muy poca llama y conservan el vapor en el interior, creando un efecto casi hermético que concentra sabores y jugos. Son ideales para guisos largos, estofados o asados.

Además, funcionan igual de bien en el fuego que en el horno, lo que las convierte en piezas muy versátiles (se pueden usar incluso para hacer pan en casa). Eso sí, el propio chef pone los pies en la tierra: son caras y no son imprescindibles. “Son una pijada para friquis y pijos… o para cocineros”, bromea. En otras palabras: maravillosas si el presupuesto lo permite, pero no necesarias para cocinar bien a diario.
Ollas más duraderas
Uno de los errores más comunes al renovar ollas es comprar sets enormes llenos de piezas que apenas se usan. La tendencia actual va justo en sentido contrario: pocas ollas, bien pensadas y de calidad. Invertir en tres o cuatro recipientes sólidos y versátiles suele ser más inteligente que llenar el armario de opciones mediocres. También conviene pensar en el peso, las asas —mejor si están remachadas— y la compatibilidad con el tipo de cocina.
Otro aspecto a tener en cuenta es la facilidad de limpieza, fundamental para mantener la batería en buen estado y evitar que los alimentos se peguen. En el caso del acero inoxidable, es importante dejar que la olla se enfríe antes de lavarla y evitar los cambios bruscos de temperatura, ya que pueden deformar el material. Para restos de comida adheridos, lo ideal es remojar con agua caliente y unas gotas de detergente antes de frotar, evitando esponjas metálicas que puedan rayar la superficie.
Emplear utensilios adecuados también influye en la durabilidad de las ollas. Lo mejor es optar siempre por cucharas de madera, silicona o nylon para evitar rayones, especialmente en las ollas que tienen algún tipo de recubrimiento. Además, no es recomendable apilar ollas sin protección: colocar un paño o separador entre ellas ayuda a prevenir marcas y golpes que, con el tiempo, pueden afectar a su rendimiento.