Parece domingo

Opinión

Parece domingo
Lakshmi Aguirre

Parece domingo. Una pierde la noción del tiempo cuando viaja, y solo acierta a saber el día en el que vive porque la sensación, en esta y en cualquier otra ciudad, es la misma los domingos. Hay un andar lento, un silencio pesado. Las persianas de los comercios a un lado y otro de la calle están echadas. La luz cae gota a gota entre los árboles, si los hay —con suerte—. Debe serlo, entonces.

Entro en la única cafetería abierta que encuentro y me acomodo en una mesa comunal de madera. Quizá pueda leer, escribir algo mientras floto entre vidas anónimas. Al menos intentarlo. A Ginzburg no le salían las palabras los domingos, aunque deseara ardientemente hacerlo.

A mi lado, un tipo de apenas quince pelos en la barba se mueve sin medida. Deja caer los cubiertos, el salero, la botella de aceite con desdén sobre la mesa, como si el hacerlo así le sumara una hombría que no tiene. Lleva una baratija grotesca ensartada en el dedo índice con el que agarra el tenedor, una pulsera negra de cuero a la que jamás me acercaría.

Los huevos revueltos se desplazan del plato a una boca que nunca acaba de cerrarse. Se le quedan algunos restos bajo la nariz. Come con el ansia de quien ha salido la noche anterior y necesita apaciguar las aguas. Lo empuja todo con mendrugos de pan, se traga un eructo, bebe un café en el que ha vaciado el azucarero.

Personas sentada en un bar

Personas sentada en un bar

iStock

Tengo edad para ser su madre. Es la primera vez que esta frase se me pasa por la cabeza y tiene que ser hoy, cuando viajo sola. Le daría una colleja con la energía y la gracia de una de esas mujeres italianas de las películas de Woody Allen. Le agarraría de una oreja y tiraría de él hasta la puerta mientras le doy lecciones sobre modales. Me divierte la idea. No la llevo a cabo.

A cada gesto desmedido, como si todos le quedaran grandes, interrumpe mi lectura incluso más que el niño rubísimo de ojos azules que corretea a nuestro alrededor con un cruasán en la mano —uno mediocre, pero le trae sin cuidado—. No solo me incomoda a mí. También a dos chicas que ocupan el otro lado de la mesa y que señalan el mapa que ilumina la pantalla de su móvil. Cuando reparo en ellas es cuando entiendo la grandilocuencia de sus ademanes. No deja de mirarlas. Me atrevo a adivinar lo que va a pasar. Y, claro, pasa.

Alza la voz para preguntarles, en inglés, de dónde son. Una de ellas se ruboriza, la otra se yergue y contesta que de Italia —como la madre que me gustaría ser ahora y que no soy—. Él se echa hacia atrás en la silla, saca un cigarro, lo golpea sobre la madera dos veces en un tic copiado de algún mal personaje. “¡Yo también!”, confirma en italiano. “Si queréis os recomiendo buenos sitios de pasta y de pizza”, traduzco que les dice.

Evidentemente, no estamos en Italia, y supongo que lo último que buscan ellas es un restaurante que haga una mala versión de su propia gastronomía —aunque, lo sabemos quienes vivimos en lugares dedicados al turismo, esto sucede con más frecuencia de lo esperado—. Él insiste en interrogarlas; ellas, en evitar el contacto visual. Yo, en leer una página de corrido.

La situación me es familiar. Nos ha pasado a todas. Nos pasó antes, hace tiempo. Eran otros hombres con siete, veinte, cien mil pelos en la barba. Eran camareros, comensales solitarios, grupos de amigos para quienes compartir mesa era una invitación. Me sorprende que hoy, en la era de Tinder, del contacto aséptico, siga ocurriendo y que siga ocurriendo así entre los más jóvenes. Hay un algo anacrónico en la escena, como todo en este chaval.

Una parte de mí se alegra de que la mesa siga siendo punto de encuentro, aunque sea esta, con un café del montón y una tostada que podría ser la misma en todas partes. Cruzar los buenos días, compartir un periódico, recomendaciones inocentes, confesiones. Por supuesto, en mi cabeza son otras las escenas: Paul Newman y Piper Laurie a medianoche en un bar en El buscavidas de Robert Rossen o la del vagón-cafetería de Breve encuentro de David Lean. Quizá la anacrónica sea yo.

Al niño rubísimo de ojos azules se le ha caído lo poco que le quedaba de cruasán en uno de sus giros imposibles y llora desconsolado. Su madre lo coge en brazos. Pienso en si él, de mayor, comerá con la boca abierta tras una noche de juerga y tratará de ligar con mujeres que no necesitan que liguen con ellas a la hora del desayuno. Cuando vuelvo al chaval de mi lado, veo que saca un monedero —¡monedero!— para pagar la cuenta. Las chicas se han volatilizado, afortunadamente.

Otros viajeros van ocupando esta mesa infinita en la que, sin duda, revelamos quiénes somos —como siempre ocurre en ellas— aunque durante unos minutos adoptemos gestos que no nos pertenecen. El del anillo grotesco, la pulsera de cuero y los gestos desmedidos se marcha. Ahora sé que es domingo y como le gusta hacer a Annie Ernaux los domingos, “leo, me relajo en un café y miro a la gente entrar y salir, y me siento flotar entre existencias anónimas”. Por fin. Lo de escribir, ya es otra historia.

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