Opinión
Lakshmi Aguirre

Lakshmi Aguirre

El hambre que queda

Opinión

Me ocurre que, cuando salgo a comer fuera, ya sea por gusto o porque tengo que hacerlo, doy con platos que sé que le gustarían a mi madre. Entonces, hago una equis en el mapa mental de restaurantes a los que querría que me acompañara —hay mapas que solo deben dibujarse en el cuerpo—. Le escribo: “Aquí tengo que traerte cuando podamos”. Ella me lanza un corazón. También un “a ver si es verdad” sarcástico. Es buena en esas latitudes.

A veces es una merluza en salsa verde, sobre una mesa con mantel. A veces son unas chuletitas de cordero en un pueblo pequeño —o demasiado grande—. A veces, unas alubias guisadas con el tiempo de las piedras; un besugo a la parrilla que aún escucha su mar; una chuleta portentosa en un caserío que sabe entrar en calor. Puede ser un flan cremoso, apenas cuajado, con mucha nata: nata siempre. Una copa de riesling, que hace poco ha descubierto que le gusta —igual que contarlo—.

No hay una invocación nostálgica, una asociación de sabores domésticos. No porque no sea buena cocinera, que lo es, sino porque la miro y veo a una mujer que no me pertenece. La miro con detenimiento, de lejos y de cerca: quieta en su terraza, rodeada del humo de un cigarro; sentada en el sofá, sorteando pantallas con el dedo índice; argumentando, enfadada, contra el mundo. Lo hago mientras vuelve a limpiar lo que ya estaba limpio; o fuera de casa, mientras se toma un vermú al sol y sonríe grande —con su sonrisa grande— a la camarera de su bar favorito.

El hambre que queda 
El hambre que queda David Triviño

La estudio con afán de antropóloga, de física, de cronista frustrada. Estudio las arrugas que le han cercado los ojos; las manos con el rastro de las mareas; sus movimientos todavía ágiles, delicados, de una elegancia aprendida en algún sitio que desconozco. Llevo cuarenta años agarrándome a su sombra con fiereza y aún hay algo en ella que me resulta un misterio.

Detrás de trabajadora, de la cuidadora empedernida, de la cocinera diestra, vibra una mujer que ha tenido, que aún tiene, su propio hambre. El que queda y resiste.

La protagonista de La mujer comestible de Margaret Atwood, engullida por los engranajes normativos del contexto patriarcal, prepara un bizcocho con la forma de su cuerpo: dibuja en él su pelo, sus pestañas, uno de sus vestidos. “De repente sintió hambre. Mucha hambre”, escribe la narradora. Acaba hundiendo el tenedor en él y comiéndoselo para, así, recuperar su identidad en una suerte de canibalismo simbólico.

Sobra discurso en la cocina cuando a las mujeres nos hace desaparecer en él o nos reduce a un recuerdo. Hay un “hambre” propia más allá de los roles que ejerzamos con mayor o menos destreza; una identidad que no pertenece del todo ni siquiera a quienes nos aman. No sé qué pensarán de mí mis hijes, si seré una incógnita. Si morderán algo en algún sitio y, sin saber por qué, sentirán que me hubiera gustado. Quiero que me conozcan con todas las letras de mi nombre, no solo por el que me llaman.

Y entonces los versos de Patricia Connor: “Voy masticando / un sueño pequeño / que se me hace bola en la boca. / Rumiando sin fin, / con la calma de quien sabe / que el hambre nunca termina”.

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