Opinión
Lakshmi Aguirre

Lakshmi Aguirre

Cómo parecer infelices

Opinión

La imagen: una mujer y un hombre sentados a la mesa. Él, amplio y sólido. Los labios prietos alrededor de un cigarrillo que acaba de encender; los puños en los bolsillos del traje oscuro de los domingos. Si su mirada fuera una línea visible, rozaría el hombro de su mujer, sentada frente a él, y acabaría, quizá, en el ventanal que ilumina el restaurante y que solo podemos adivinar fuera de plano.

Ella —algo encorvada, peinado redondo como un seto de película de Tati— se sostiene los dedos de la mano izquierda con los de la derecha, con ese gesto de mujer madura que escudriña el paso del tiempo en las arrugas de la piel. Lleva aún la gabardina puesta, como si fuera a salir de un momento a otro, con la comanda todavía sin servir y el estómago alerta.

No parece que se hayan dirigido la palabra desde que los acomodaron en una pequeña mesa junto a la pared color pastel. Quizá lo hayan hecho antes, al cerrar la puerta de su casa inglesa con su pequeño jardín inglés —“¿has cogido las llaves?”—, o antes de arrancar su Ford noventero —“en la radio han dicho que hoy llovía”—. No parece que lo vayan a hacer durante el almuerzo. Masticarán mecánicamente. Él le echará lo que para ella será demasiada sal a su bistec; él reprobará con un suspiro elocuente que ella pida, otra vez, pastas para acompañar el té.

Sin embargo, nada de esto lo sabemos a ciencia cierta. Es solo una imagen, una de las que el recientemente fallecido fotógrafo Martin Parr incluyó en su serie Bored Couples (Parejas aburridas, 1993). Parr, un auténtico ensayista visual sobre el comer, nunca supo si aquellas parejas que fotografió en hoteles, chiringuitos de playa, hamburgueserías, restaurantes de mayor y menor postín, estaban realmente aburridas —de la vida o de ellas mismas—. Aquel título, él era consciente, transformaría la lectura de quienes nos enfrentáramos a la estampa.

Mesa
MesaDavid Triviño

Cuando era lo bastante joven para idealizar las relaciones de pareja, observaba con una mezcla de alarma y suficiencia a esas parejas que se sentaban en una mesa, pedían una copa de vino, algo para picar, a veces incluso el menú completo, y no se decían una palabra. Yo hablaba, claro. Hablaba mucho. Decía que eso era triste, que a ese punto no había que llegar. Una mesa, pensaba, era el escenario en el que el amor se representaba: conversar, contarse el día, intercambiar confidencias, confirmar que una seguía ahí. Hoy sospecho que esa idea —como tantas otras— no era más que un intento torpe de imponerle un orden narrativo al caos. Como el título de Parr.

No sabía entonces que, cuando pasan los años, el poder sentarte con alguien sin hablar podría convertirse en un momento de máxima intimidad. El silencio pasa de ser una piedra pesada sobre el mantel a un pacto cotidiano, y la mesa misma, un medio de comunicación cómplice. Un cuadrilátero no siempre tiene que servir para la lucha.

Tiempo después, sin darme cuenta, me encuentro dentro de una de esas fotografías de Parr. D. Y yo ocupamos una mesa como un bando enemigo. Pido por los dos. Su mirada roza mi hombro derecho y se pierde tras de mí. Me miro las manos, que comienzan a arrugarse —“¿cuándo ha pasado esto?”—. Habrá quien nos vea y se lamente al pensar que nos ha mordido la herrumbre. Sin embargo, quizá entiendan. Tal vez no estemos aburridos: tal vez solo hemos aprendido a no explicarnos.

Los clientes de al lado conversan sin tomar aliento. Hay también quien habla demasiado. Una frase cazada al vuelo hace que D. Y yo abramos los ojos de par en par, nos miremos y soltemos una carcajada al unísono. En ese mismo instante, él sabe que yo voy a escribir sobre esto, antes incluso de que lo sepa yo.

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