Opinión

Soñarás la flor

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La verdad es que aquel día era domingo. Antes de percatarme, ya estaba probando uno de los pétalos. Tal vez mi interior se vio seducido por la textura, la dimensión o el color de la planta. Inicialmente sentí cierta duda. Con cautela, seleccioné las que no tenían insectos, abejas o abejorros; tras contemplarlas un tiempo, me pareció identificar qué camelias estaban por desprenderse. Acabarán por descomponerse, razonaba para ocultar el pudor de quitarle algo al árbol. Utilicé un recipiente de plástico blanco con el fin de transportarlas al hogar. Con dedicación y calma, desarmé las flores, lavé cada pétalo, los mantuve la noche entera cubiertos de azúcar y jugo de limón, protegiéndolos con una tela de lino. Tras despertar y prender la radio, las coloqué en un viejo cazo con agua del manantial. Consulté en internet que lo ideal era usar una llama baja, supervisando la preparación hasta que los pétalos se ablanden y se forme el almíbar. Recuerdo que en esa época redactaba, pues un plazo límite me generaba insomnio. Me considero alguien que se distrae fácilmente y, si no sucede, me veo obligado a propiciarlo: intenté interrumpir mi labor pendiente revolviendo la mermelada naciente sobre la cocina de leña. La temperatura perfecta para evitar que se tueste la descubrí empleando leña de retama. No conservo nítidamente el gusto; pero sí que la ingerimos con avidez, por cucharadas, que nos deleitamos con los pétalos íntegros, sabrosa, deslizamos la lengua sobre los labios, paladeamos la esencia de las flores que retornarían por el árbol que permanece junto a nuestra ventana.

'The Frying Pan'
'The Frying Pan'William Scott

No obstante, en esta ocasión las yeguas tomaron la decisión por nosotros. Las precipitaciones demoradas y las altas temperaturas de los fuegos estivales provocaron que consumiéramos el pasto con mayor rapidez. Sus dentelladas marcaron la corteza, despojaron de follaje diversos brazos y la camelia terminó reduciendo su tamaño. Quien recolectaba sus pétalos el pasado invierno busca ahora entre los restos del arbusto que solía ser. Una hiedra busca cubrirla, pese a que frecuentemente intentamos arrancar sus hojas y zarcillos. Frágil y desprovista de floración, tengo la certeza de que aguanta. El tono de su fruto revela que ya maduró; en su interior, diversas pepitas esperan la claridad. Su debilidad me recuerda a otra camelia que subsiste a mil kilómetros de distancia. Sola, ella continúa en un arriate entre rosales, el naranjo y un limonero. A partir del cambio de llaves, imagino que entro por el acceso posterior para recuperarla y traerla a mi lado. Quizás tenga más años que yo, si bien prefiero imaginar que compartimos la misma generación. Mi abuelo la trasladó desde este lugar hacia el sur; ignoro si se trató de un obsequio, un negocio o un mero acuerdo verbal. Desde mi estancia en este sitio, creo que aquello fue un intercambio y que yo, inevitablemente, soy una pieza del mismo.

¿Qué significa verdaderamente sentirse en el hogar? Ninguna persona lo logra por completo. La camelia, en realidad, jamás perteneció aquí: ciertos relatos afirman que los ejemplares iniciales arribaron a Galicia durante el siglo XVII mediante marinos portugueses, y que empezaron a ocupar fincas aristocráticas y pazos al concluir el XVIII. Nada ha sido originario eternamente y, aun así, nos sujetamos con fuerza, deseamos vincularnos a algo auténtico y permanente. En una realidad apresurada de representaciones visuales, lejos de los monitores, al concluir solo permanecemos nosotros, procesando individualmente nuestras breves existencias. Al elaborar la mermelada inicialmente percibí que conservaba un elemento sin comprender exactamente cuál. Quizás se trataba de aquello: asimilar una acción inédita para reiterar, integrar un hábito distinto para construir una morada de forma inconsciente, ligarse al deseo de un gusto que en esta ocasión no me seguiría.

Tal vez esa sea la dicha: habitar entre seres en desarrollo, aun si no siempre nos brindan resultados o aclaraciones. El recuerdo igualmente puede conservarse en este sitio, en medio de la duda y la expectativa del siguiente florecimiento.

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