
Toma asiento
Opinión
No era mi calle ni mi barrio, tampoco mi ciudad. Me bastó verla para sentirme como en casa: apoyada contra la pared, enfrente del mostrador de madera, sobre un suelo antiguo de baldosines que, sin pudor, lucía cada una de sus grietas. No estaba cansada, no había nadie a quien pedir la vez, pero quise sentarme. Reconocí la silla como un gesto conocido: la mesa puesta, el pan cortado antes de llegar, los paños terminando de secarse en el tendero improvisado sobre la cocina de leña, alguien que te saluda por tu nombre.
Sentada me reconocí en este lenguaje, otro pulso que no deberíamos dejar de habitar: el de la pausa, la espera, la paciencia, el descanso. El lenguaje de saber tomarse el tiempo necesario que piden las cosas, y no sentirse mal ni culpable por escapar de la prisa y la urgencia impuestas. A veces de enea, de plástico, alguna tapizada. Otras, una pieza que pertenecía a un comedor o un aula. En otros lugares, otro objeto como invitación: una caja de frutas al revés, una simple banqueta de madera. Lo que para otros podría ser un obstáculo, una torpe invasión del espacio para que todo “funcione” o vaya más deprisa, en estas sillitas hay otro ritmo: ahí se cocinan conversaciones, vínculos y vecindario.

Recuerdo haber crecido viéndolas. En la zapatería del barrio en que viví, en la panadería, en algún puesto de la plaza donde mi madre me mandaba a por una docena de huevos o por alguna especia. En las tiendecitas del pueblo a las que mi abuela me hacía ir de mandaos con su monederito desgastado, la lista de la compra aprendida de memoria y una moneda de más para que me comprase algún caramelo a la vuelta. En todos estos espacios me conocían y me siguen conociendo, y muchas veces antes de que abras la boca ya saben qué necesitas, qué vas a preguntar, qué querrás llevarte.
La silla habla, se dirige a ti, te invita a la pausa y a la escucha: aquí el tiempo es distinto, aquí puedes quedarte un poco más. Me enfado ahora con la niña que fui, y resoplaba cuando me tocaba ir a la compra. A veces no entendía por qué algunas vecinas se tomaban tanto tiempo en los recados, y cómo algunas ni siquiera tenían intención de comprar. Simplemente necesitaban un descanso fuera de la casa, quizás una pequeña rebeldía antes de volver a ser lo que se espera, de retomar la piedra de Sísifo de lo doméstico.
Quedan pocas. Me pregunto dónde descansan todas las que aguardaban ese intervalo de atención y espera. La inmediatez se ha impuesto, y los pequeños comercios son hoy otra especie en peligro de extinción. Allí donde sobrevive un asiento, un banquito, una silla, con ella hay una resistencia sencilla, íntima, discreta. Quizás el objeto como un instante de lucidez: nos recuerda que no solo somos consumidores y meros cuerpos en tránsito. Somos una red, un tejido, una simbiosis de vecinos y comensales. Somos nosotros los que también hacemos los barrios.
María Zambrano decía que lo humilde puede ser una revelación, que lo cotidiano abre un umbral hacia lo poético. La silla, objeto mínimo. Parece que no nos pidiera nada y sin embargo, generosa, nos ofrece todo: sostén, espera, calma, tiempo, palabra. También memoria. Nos conduce a otras geografías y nos cuestiona: qué ciudades y vecindarios defendemos, qué vidas amparamos con lo cotidiano, qué territorios nuevos se forman bajo nuestros pasos y en esas elecciones que creemos propias y libres.
Por eso, te invito desde esta breve columna, que la próxima vez que te topes con una de estas sillas, no la mires como algo obsoleto, inútil, un fósil del pasado. Simplemente, toma asiento. Resístete frente a la inmediatez y al anonimato. Recuerda lo que todavía somos. Aquí, en este pequeño descanso persiste otra vida: por mucho que otros insistan en arrebatárnosla, sigue ahí, esperándonos.

