Opinión

Guardar para después

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Solo quería preparar algo diferente para las fiestas. ¿Por qué no? Ella siempre se encargaba del queso, a veces se atrevía a escoger un vino por su cuenta. Otras se dejaba llevar por la extravagancia, y se presentaba en casa con alguna delicatessen que le habían endosado en algún rinconcito o espacio selecto y gourmet. Salía de esas tiendas siempre con una mezcla de tontuna, estafa, ignorancia y arrepentimiento. El revoltijo de emociones se hacía evidente cuando intentaba trasladar con sus propias palabras la singularidad de ese alimento en la mesa de sus padres. Nunca pasaba, no había sorpresa ni convencimiento. La apuesta por algo diferente, que la mayoría de las veces entrañaba demasiados kilómetros de viaje y un nombre imposible de pronunciar, resultaba en alguna carcajada compartida, un encogimiento de hombros con mayor duración de lo normal, y en un mira por dónde le ha dado esta vez a la niña.

Así que esta vez ella abre la aplicación, y se dirige a la pestañita donde le esperan todos esos vídeos que ni siquiera terminó de ver en su momento. Le devora el scroll infinito, en cada recuadro la multitud: libros con ratings para leer, fotogramas de películas pendientes, recetas fáciles y saludables, citas literarias con traducción automática, fragmentos de entrevistas, postres en cinco minutos, tips de maquillaje, rutinas de ejercicio para un cuerpo sedentario, tiradas de tarot, piezas de museo, alguna reliquia con una historia grotesca. Todo este barullo vive ahí, esperando que ella vuelva a visionarlos en este cajón de sastre sin fin nombrado como guardar para después. Pensaba que tardaría menos en encontrar la receta. Una hora después, casi a punto de tirar la toalla y algo mareada por ir saltando de imagen en imagen sin parpadear, da con ella. Ahora sí que sí, está decidida a prepararla. Será la sorpresa de la noche, la guinda del pastel. Primero, coreografía de la preparación: aparta portátil, libros, notas, lapicero, hule, una taza sin café, los platitos del desayuno, una lamparita a modo de flexo, un cesto roto que usan para la fruta, y pequeños objetos sin sentido. Cuando cocina tiene que desmontar su lugar de trabajo. Deja el móvil sobre la mesa, el vídeo con los pasos para el dulce apenas llega al minuto. Abre la alacena mientras se suceden en bucle la retahíla de instrucciones. Ya las ha escuchado varias veces y, aunque intenta memorizarlas, siente que su atención se ha vuelto esponjosa y dispersa. Regresa a la pantalla, intenta rebobinar y no puede. Lo ve de nuevo para llegar a ese paso exacto que ha olvidado. Primer error: tendría que haber hecho una lista con todos los elementos que necesitaría la receta. Hay uno que no tiene, y otro que ni siquiera conoce. Vive en una aldea, no hay ultramarinos y por un momento piensa en bajar al pueblo más cercano en busca del dichoso ingrediente, pero recapacita. En el fondo sabe que tendría que ir a una ciudad grande, o pedirlo en una tienda especializada por internet, para dar con él y que le llegue a casa. Piensa en abandonar la receta, pero a terca y calabaza no le gana nadie. Seguirá adelante, ya se le ocurrirá algo para disimular el fallo.

'Still Life with Chip Frier', John Bratby, 1954
'Still Life with Chip Frier', John Bratby, 1954CLV

Media hora después, tras varios utensilios y recipientes llenos de churretones, las paredes llenas de harina, pizquitas y envases rotos por toda la mesa, despierta del letargo. Su perro lame sin parar la pantalla del móvil. Antes de batir los huevos algo de clara salpicó, y le faltaban manos para limpiarlo. Es imposible saber el número de reproducciones que lleva encima. Se queda absorta unos instantes pensando cuántos euros le corresponderán de su loop a la creadora de dicho contenido. Cuántos vídeos, cuántas vistas, cuántos clips, cuántas repeticiones y selfies hay que hacer para vivir de esto. Se supone que iba a ser fácil, claro. Pero sus manos no se corresponden con las que enseñan la receta, bien limpia en un plano cenital que deja ver una cocina de ensueño, tan bien recogidita y sin pausas como las que tiene que tomarse ella para seguir el proceso al pie de la letra. Vuelve a darle al play, los dedos pringosos, el móvil resbala, cae al suelo. Suspira al darse cuenta de que el golpe ha resquebrajado la pantalla. Al otro lado alguien está terminando de emplatar. Con una sonrisa se dirige de tú al espectador: invitará al otro que se anime a probar su receta, que se suscriba a su canal, y que no olvide lo más importante, guardar, guardar y compartir.

No habrá sorpresa otro año más. Repetirá la receta que aprendió desde pequeña en casa. Mientras recoge y friega el estropicio, algo dentro de ella también se enjuaga. Quizá le agota ese afán de seguir lo que dictan los algoritmos, ese espejismo y obligación de estar al día. Al cerrar el grifo, anota de cabeza. La próxima vez que pase por la papelería comprará un cuaderno de un color cualquiera, pero que no sea muy grande. En él cumplirá un propósito diferente para el nuevo año. Escuchar, preguntar, cocinar juntas, compartir los trucos, estar aquí, estar presente. Escribirá a mano, una a una, las recetas.

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