Opinión

¿Quién recogerá la basura después de la revolución?

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Es ella siempre la última en quedarse. La sala ya está vacía, cada silla descansa sobre su mesa. En una esquina, manteles y servilletas forman una torre improvisada junto a restos de un plato que la prisa rompió. En la cocina, el aceite usado se le pega a la garganta. Raspa, raspa, raspa hasta que consigue su objetivo. Devuelve cada copa limpia a su lugar, carga de nuevo el lavavajillas. Frota la campana, rebusca con un paño el brillo que la jornada devoró, llena otra bolsa de basura, la ata, la deja esperando en la puerta hacia la salida. Otro turno más, rehén de la repetición. A ella también le enseñaron que esos movimientos que se suceden una y otra vez, día tras día, nunca fueron merecedores de relatos. Lo extraordinario no podría nacer aquí, entre estropajos, bayetas, carcasas y piezas de cebolla: por supuesto que no. Un genio se hace porque rompe la rutina, empieza de la nada, es poseedor de un carácter único, es animal indomable, autónomo, sin dependencias ni necesidad de nadie. Si triunfó es porque se esforzó, porque nunca dejó de creer en aquello que merece y que en la persistencia le correspondería. La narración del héroe se presenta siempre limpia: no hay pequeños huesecillos roídos, mondas de patatas, palillos de dientes, tiznes o lamparones de grasa.

La artista feminista Mierle Laderman Ukeles en una de sus acciones reivindicativas.
La artista feminista Mierle Laderman Ukeles en una de sus acciones reivindicativas.Mierle Laderman Ukeles

Pero siempre hay alguien que tiene que limpiar para que la historia brille. Alguien tiene que rebañar las bandejas antes de que el mantel planchado vuelva a extenderse. Alguien tiene que impedir que la cocina, el museo, la ciudad, el mismo mundo, se ensucie mientras aplaudimos y consagramos al genio. A finales de los 60, mientras criaba a su hijo, la artista estadounidense Mierle Laderman Ukeles escribió un manifiesto. Es fácil imaginarla en la mesa de una cocina, entre pañales y sollozos, dando la espalda a un fregadero a rebosar. Un cuerpo cuida, un cuerpo escribe: no hay un estudio impoluto separado de lo doméstico, tampoco la épica del creador que se aísla y se entrega a su extraordinario talento. Un cuerpo de artista, un cuerpo de madre, una nueva conciencia que plasma y enseña que su tiempo se componía de interrupciones, tareas que se encadenan y vuelven a empezar. Ese texto —Maintenance Art, 1969— surge desde la realidad, una en la que la artista nombra y hace visible la fractura entre el desarrollo y el mantenimiento, entre lo que se exhibe y lo que realmente sostiene. Para Ukeles, el desarrollo inaugura, firma, celebra, recibe reconocimiento y aplausos. En cambio, el mantenimiento seguirá limpiando, reponiendo, preservando, barriendo, alimentando, cuidando. No terminará nunca porque toda celebración necesitará después un cuerpo que friegue el suelo cuando se apaguen las luces. Un año más tarde, la artista insistió en que el cuidado iba más allá de la virtud y la moral: estructura material hecha a base de una trama concreta de acciones —y repeticiones— que impide que el mundo se desmorone entre un acontecimiento y el siguiente. Pero después del discurso, de las fotos, de las sonrisas y de los brindis, viene la basura. Y la artista, sesenta años atrás, se hizo una pregunta que nos duele aún, porque sigue siendo un golpe: ¿quién recogerá la basura el lunes por la mañana después de la revolución?

Chop, chop, chop. La cocina, por mucho que se disfrace de escenario innovador y creativo, no deja de ser otra infraestructura. A pesar de los nuevos lenguajes, sigue funcionando como una máquina de jerarquías bien delimitadas, donde cada cuerpo ocupa un sitio determinado. Allá arriba, en la cúspide, está la estrella, el talento, la virtud. Debajo, secuencias de pequeños —y grandes— trabajos que se engarzan sin fin, absorbiendo la presión y manteniendo el ritmo. En esa repetición sin pausa, una aprende a normalizar sin darse cuenta, todo aquello que incomoda y que está fuera de lugar. Una broma que cruza el límite, un turno que se alarga sin registrarse, una mano que marca territorio en la cintura, como si la trabajadora también formase parte del inventario. El horizonte inalcanzable de lo que una merece si se esfuerza, la disciplina, el trabajo agotador, el silencio, se llevan con el uniforme. El éxito descansa sobre esa superficie limpia que alguien, un día más, ha dejado preparada.

Se quita el delantal, lo dobla, le esperará mañana de nuevo en su taquilla. Comprueba el gas, las ventanas, saca las llaves, cierra la puerta. Vuelve a entrar: ha olvidado otra vez la basura. Unos pasos después, querrá asegurarse de que el local quedó bien cerrado de veras. Sí, ahora sí podrá irse tranquila. Se colocará unos auriculares, escuchará su canción. Tropezará conmigo una noche más, yo esbozaré inútilmente una sonrisa porque ya habrá dado la vuelta a la esquina de la calle. Quizás a la próxima me atreva, le dé un poema en un papelito arrugado. Nadie nos auguró como Wisława Szymborska. En Después de cada guerra, la poeta polaca escribe: “No se van ordenar solas las cosas, / digo yo. / Alguien con la escoba en las manos / recordará todavía cómo fue”.