Barra Oso y los platillos con garra
Sitios
Tras estrenar en verano Trozo de Oso en Sa Riera, ÒscarÁlvarez -ex Mesa Lobo- abre casa en la calle Muntaner
Tram Tram, maestros de la hospitalidad

La barra de metal con la luz de las velas y el equipo en pleno movimiento y al fondo las mesas

Puede suceder y a veces, claro, sucede. Aquella complicidad entre colegas que se hicieron amigos cuando estaban empleados en cocinas de terceros, en las que hicieron planes para emprender juntos, se va diluyendo. Y tras el goteo de aperturas -ya saben, esos nuevos restaurantes hijos de otros exitosos restaurantes- llegan las separaciones, a veces profesionales y a veces también personales. Y llega el momento en que puede acabar perdiéndose un negocio o que en vez de con uno, nos encontramos con dos establecimientos interesantes: el del que se quedó y el del que se marchó para emprender otra vez con nuevos socios, que suelen buscarse fuera del sector para no repetir tropiezos.
El caso del nuevo Barra Oso (Muntaner, 248) es un ejemplo. En los resúmenes de las aperturas más interesantes del 2025 Mesa Lobo (Aribau, 65) -que sigue bien-, aparecía destacado y citados los nombres de sus dos dueños, que, al parecer, ya daban pasos por separado. Y fue el jefe de cocina, Óscar Álvarez, quien se marchó con sus cuchillos y el pasado verano calentó motores, antes de abrir en Barcelona, con un pequeño restaurante estacional, Trozo de Oso, en Sa Riera. Cuenta que el éxito fue tal (ayudó esta a pocos metros de Al Kostat del Mar) que regresó a la ciudad para poner en marcha el Barra Oso cargadísimo de energía. Quería abrir una casa con vidilla más allá de la cocina, que estrenó con una fiesta espectacular y donde los viernes hay música a la luz de las velas. El ambiente, el metal de la barra y la cera que se va derritiendo, como esa mantequilla que le entusiasma y que es crucial en su cocina, le aportan carácter.
Las anchoas 00 sobre una tostadita con mantequilla ahumada hecha en la casa justifican la visita
La barra suele ser un lugar perfecto para disfrutar de esa cocina en vivo. Y en este caso para comprobar que aquí no se suman a la tendencia de los restaurantes atendidos por el mínimo personal. Hay un equipo numeroso y trajín en torno al fuego vivo. Los platillos tienen garra y eso se agradece.


Hay gildas (¿y dónde no?), ostras con un buen aliño de piparra; una anchoas 00 sobre una tostadita de mantequilla ahumada que justifican la visita y que vale la pena acompañar con una copa de la carta de vinos con más de un centenar de referencias que controla Marcos Rodríguez. Están ricos los mejillones, que escabechan con sutileza ellos mismos, y que sirven sobre un pan braseado, con huevas y tarama (bastantes de las elaboraciones van sobre pan y tal vez se podría revisar si en todos los casos es imprescindible ese soporte) y el goloso katsu sando (el popular sanwich japonés) de cap i pota.
Los pimientos soasados con huevo y anchoa son interesantes, aunque tras la reverencia ante aquella primera anchoa, ahora se hace innecesaria una segunda, que se pierde mezclada con el conjunto. “Aliño viajado”. Así es como describen el aderezo del pez limón madurado y curado con sal y azúcar con calabacín encurtido que descansa sobre caldo de espinas y los cítricos, muy interesante. Le seguirá un rape de costa con rebozuelo, en el que apuestan por la minimísima cocción de un pescado que suele ganar con el fuego y que en este caso llega al plato con una textura y un sabor más de osito de peluche que de la garra que se deja ver de nuevo en otro de los platos importante de la carta, que enuncian como “pato barbarie, demi-glace, crème freiche y moras. Acabaremos con un flan que preparan en formato de budín y del que van sirviendo porciones. My casero y muy goloso y contundente. Un arranque robusto.
