Marc Perelló-Sobrepere, experto en innovaciones tecnológicas y plataformas de comunicación virtual: “Elegir cómo, cuándo y para qué usamos cada dispositivo nos permite modular los estímulos y reducir la fatiga digital”

Salud tecnológica

Esta dificultad no es reciente, aunque resulta progresivamente más evidente: el agotamiento digital constituye un tipo de desgaste corporal y psicológico vinculado al uso extendido de aparatos electrónicos.

Marc Perelló-Sobrepere

El experto en tecnologías de vanguardia y plataformas digitales Marc Perelló-Sobrepere.

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Las Claves

  • La fatiga digital es una sobrecarga de estímulos que afecta la concentración y el bienestar físico de los ciudadanos españoles.
  • Marc Perelló-Sobrepere señala que el uso

Nuestra existencia transcurre entre monitores. Empleamos estas herramientas para trabajar, para conocer las noticias y, con mayor asiduidad, para relajarnos ante un panel retroiluminado. “La fatiga digital no es solo cansancio, es una sobrecarga de estímulos que afecta cómo pensamos, cómo nos concentramos y cómo funcionamos a nivel cognitivo y emocional”, afirma Marc Perelló-Sobrepere, doctor en Ciencias de la Comunicación y docente de universidad experto en avances tecnológicos, medios electrónicos y cultura del consumo.

No consiste únicamente en agotamiento. Representa un exceso ininterrumpido de impulsos que termina alterando nuestra manera de razonar, enfocarnos y asimilar los datos. Varias investigaciones sugieren que dedicar por encima de dos horas cada día a los monitores por motivos particulares se vincula con una reducción del bienestar individual. Dentro de España, superior al 60 % de los ciudadanos admite padecer problemas de vista o cansancio después de superar las seis horas de empleo ininterrumpido de aparatos electrónicos.

El panorama profesional de hoy, con el auge del empleo a distancia y los periodos prolongados ante el monitor, no ha hecho sino agravar esta tendencia. Estas señales no siempre se perciben como un inconveniente técnico, aunque se manifiestan habitualmente en la comunidad moderna. “Los efectos son tanto físicos como mentales: visión borrosa, sequedad ocular, dolores de cabeza o tensión muscular, pero también dificultad para mantener la atención o sensación de agotamiento constante”, señala Perelló-Sobrepere.

Bajo el prisma de la comunicación y los medios, esta fatiga no es de extrañar. La tecnología digital se enfoca en atraer y conservar el interés, pero tal presencia constante acaba por consumir nuestras facultades cognitivas y perceptivas.

“Cuando usamos varios dispositivos al mismo tiempo, como el móvil mientras vemos la televisión, nuestro cerebro recibe demasiados inputs y no logra centrarse. Esa fragmentación constante es uno de los factores que dispara la fatiga digital”, indica el especialista.

En España, por encima de la mitad de los residentes reconoce efectuar este “covisionado” asiduamente, combinando la pantalla del televisor con el teléfono móvil. Esta saturación de estímulos origina una vivencia rápida y poco profunda, en la cual se complica sostener la atención por tiempos extensos. Es justo en ese momento cuando surge el agotamiento.

“No es la tecnología en sí la que nos agota, sino la forma en que está diseñada para captar nuestra atención continuamente. Esto genera experiencias fragmentadas, superficiales, donde cuesta mantener la concentración y la profundidad”, añade Marc Perelló-Sobrepere.

¿Puede la tecnología ser parte de la solución?

En lugar de condenar el uso de dispositivos, el profesional señala un concepto fundamental: las herramientas tecnológicas utilizadas correctamente pueden incluso colaborar en la disminución del cansancio tecnológico. “La clave está en reconfigurar nuestro uso de los dispositivos, asignar funciones claras a cada uno, usar e-readers para lectura prolongada, videojuegos de un solo jugador para mantener el foco, y herramientas que fomenten pausas activas y movimiento”, comenta el experto.

Visto desde un enfoque más general, la controversia no consiste en erradicar la tecnología de nuestra rutina diaria, sino en analizar cómo diversos entornos digitales producen consecuencias muy variadas en nuestra capacidad de enfoque y bienestar.

- Un e-reader no compite con notificaciones constantes.

- Una consola con un juego local no exige la hiperconectividad del smartphone.

- Un reloj que mide pasos invita a moverse, no a revisar redes sociales.

Igualmente, se hallan espacios cibernéticos que benefician una atención más exhaustiva. Determinados títulos de un único participante, en contextos aislados y libres de alertas frecuentes, posibilitan conservar la secuencia de la historia o la dinámica de juego sin la interrupción común en otros servicios altamente conectados.

Los dispositivos de lectura digital se orientan hacia el consumo ininterrumpido de libros, omitiendo avisos y el salto constante entre programas, brindando una visualización creada para el alivio ocular. Un fenómeno parecido se observa al segmentar los equipos por su finalidad: uno destinado a las tareas laborales, otro a la lectura y otro al esparcimiento. Tal división aminora la cifra de distracciones concurrentes y potencia el estado de concentración.

En términos fundamentales, opciones como la regulación de la luminosidad, los filtros de luz azul o los modos de lectura colaboran en la disminución del cansancio ocular. Además, los equipos que incentivan el movimiento físico y los intervalos activos, como los relojes inteligentes, sirven de aviso contra la falta de movilidad derivada de pasar mucho tiempo ante la pantalla. Tomar decisiones acertadas para fatigarnos menos.

“No se trata de desconectar del mundo, sino de conectarse mejor. Elegir cómo, cuándo y para qué usamos cada dispositivo nos permite modular los estímulos y reducir la fatiga digital”, concluye Marc Perelló-Sobrepere.

En conclusión, los dispositivos que preferimos manifiestan igualmente un modo de experimentarlos. Si se emplean con sensatez y propósito, logran facilitarnos el control de las impresiones externas y, por consiguiente, mitigar el cansancio virtual. La clave no reside en el aislamiento, sino en asimilar cómo entablar vínculos más óptimos.

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