Cultura

Tocata y fuga de cerebros de ida y vuelta

Baúl de bulos

El big bang digital se produjo en 1950, en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Princeton

Tocata y fuga de cerebros de ida y vuelta

Tocata y fuga de cerebros de ida y vuelta

Martín Tognola

El big bang digital se produjo en 1950, en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Princeton, coincidiendo con la estancia de nada menos que Albert Einstein, aunque éste nada tuvo que ver, al menos directamente, con su alumbramiento.

Quien llevaba la voz cantante era el matemático húngaro John Von Neumann, procedente del Proyecto Manhattan.

Si bien IBM ya había desarrollado anteriormente una -para nosotros- primitiva pero prometedora calculadora portátil, Von Neumann anhelaba llegar más lejos, mucho más lejos. Y lo lograría gracias a los deslumbrantes trabajos del joven matemático y criptoanalista inglés Alan Turing, que durante la guerra había formado parte del equipo reunido en Bletchley Park, al norte de Londres, que logró la hazaña de descifrar Enigma, el lenguaje secreto y supuestamente indescifrable utilizado por los nazis.

Una muy mala pasada

Pese a su brillantez y su inestimable contribución a la victoria de los aliados, su homosexualidad le iba a jugar a Turing una muy mala pasada, atrapado como estaba en una sociedad tan mojigata como reaccionaria, a ambos lados del Atlántico.

En 1952, de nuevo en Inglaterra, su orientación sexual le costó un año de prisión, y moriría en 1954, a los 41 años, tras ser sometido a un inhumano tratamiento hormonal diseñado para “curarle” de su condición de homosexual. Destrozado en cuerpo y alma, puede que se suicidara, puede que no. Sea como fuere, la trágica pérdida de su vida de alguna manera nos corresponde a todos.

Antes de la guerra Turing ejercía de empedernido corredor de fondo, y un día de 1936, tras correr unos cuantos kilómetros por la preciosa campiña inglesa, se estiró para recuperar el aliento en un mullido prado.

Aún jadeante, de pronto concibió una máquina abstracta capaz de resolver un problema de lógica pura. Consistiría en una serie de ceros y unos (0-1) registrados en una cinta infinita que, una vez escaneados, podrían expresar cualquier letra o número. A semejante epifanía debemos nuestros ordenadores, smartphones, tabletas…

Había arribado Turing a Princeton antes de la guerra con una mano delante y otra detrás. Von Neumann, convencido de su genialidad, le ofreció un puesto en el Instituto, pero consciente de la inminencia de una guerra en Europa, declinó la oferta y volvió a casa. Y el húngaro no tuvo ningún reparo en apropiarse de sus trabajos.

Las dos guerras mundiales sirvieron a Estados Unidos, entre otras cosas, para poblar sus universidades de la crema y la nata de la inteligencia europea, y no sólo en las ciencias o la medicina. Fueron muchos los creedores y artistas europeos que buscaron en América amparo político y sueldos dignos, al tiempo que el soft power yanqui invadía, con no poca ayuda de la CIA, el mundo entero. Y ha sido así, más o menos, hasta este segundo mandato de Donald Trump.

Cada vez son más los cerebros que se fugaron en su día de Europa y tantos otros lugares del mundo a fin de aprovechar las oportunidades que les ofrecían en Estados Unidos y que ya sopesan volver a casa. Trump va a por ellos. Y no es de extrañar ante el alúd de recortes indiscriminados y el desmantelamiento de programas científicos en curso. Arrecian la incertidumbre y el miedo. En cualquier momento pueden ser despedidos -la especialidad de Trump- o expulsados del país.

Esta deplorable situación le brinda a Europa una oportunidad de oro que no puede desaprovechar. Que los actuales Von Neumann y Turing se queden en casa. Y que vengan aquí a investigar los mejores cerebros estadounidenses y de cualquier rincón del globo. Nos hacen falta, tanto o más que el rearme ya en marcha.

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