‘La brama del cérvol’: experiencias en la Vall Fosca (★★★★✩)
Crítica de teatro
La compañía La Calòrica estrena en la sala Fabià Puiserver del Teatre Lliure
Versió en català, aquí

Una imagen de escena de 'La brama del cérvol'
La brama del cérvol
★★★★✩
Creación e interpretación: La Calòrica
Lugar y fecha: Teatre Lliure, sala Fabià Puigserver ( 22/V/2025)
Ya en la primera escena de La brama del cérvol, Sílvia ( Júlia Truyol), dramaturga que está en un hotel de la Vall Fosca para asistir a un congreso, nos avanza todo lo que pasará durante las dos horas de función que nos esperan. A su lado, se sienta Maribel ( Esther López). Es a ella a quien le dice que será la protagonista de la historia, que habrá un muerto y que no soporta la gente que se dedica a las artes escénicas, aunque no sabe vivir sin ella. A pocos metros, dos ejecutivos, que Sílvia describe sin compasión, hablan en la sauna de un negocio que tienen que cerrar. Se creen fuertes, imbatibles, pero tienen los pies de barro.
Las once escenas siguientes son un delirio sin tregua pergeñado por Joan Yago, que parece haber cogido la trama múltiple pasada de vueltas de Miedo y asco en Las Vegas, el clásico beat de Hunter S. Thompson, para llevarlo a un hotel de los Pirineos. Allí también se hablaba de viajes de todo tipo, metaliteratura y el sentido de la vida. Aquí, Yago hace convivir dos mundos que normalmente no se cruzan nunca, cuyo choque solo puede ser explosivo: un matrimonio de mediana edad arquetípica que busca una experiencia, oír el famoso grito del ciervo macho que quiere aparejarse, y un grupo de profesionales que ha sido invitado para averiguar de qué manera el teatro puede cambiar el mundo. Los dos están abocados al fracaso, pero vivirán 24 horas de traca, que quizá no les cambiarán, pero seguro que dejarán huella.
La brama del cérvol era un reto mayúsculo para La Calòrica: primera sala grande de teatro público y confirmación de una compañía que cuenta con los mejores elementos de su generación y que ha tocado la cima después de quince años de remar a contracorriente. Y no se iban a poner por poco. La sátira hacia la profesión teatral es de trazo grueso, de la comparación sempiterna entre Barcelona y Madrid a confesiones que, desde el Teatre Lliure, no pasarán inadvertidas. Mientras tanto, se producen cosas ya anunciadas. Sí, habrá un muerto, en una escena memorable de Xavi Francés, la pareja vivirá experiencias y los profesionales del teatro se darán cuenta de que a duras penas saben hacer teatro. ¿Cambiar el mundo? No rían, por favor.
El público, al mismo tiempo, asiste atónito a la multiplicación bíblica de los panes y los peces, y se hace cruces de la solvencia de los actores y actrices de la compañía para ser tantos personajes al mismo tiempo. Son solo seis, pero parecen muchos más. Nueve, dicen. Pero podrían ser veinticinco. Dirigidos por Israel Solà pueden ser lo que quieran. Y es que desde Els ocells (2018) que La Calòrica no volaba tan alto.
