Cultura

Gauvain en la corte de Flick

Gauvain no es un caballero que me caiga especialmente simpático. ¡Es que es sobrino del rey Arturo! –dice la gente– ¡Su madre es una hada! Es uno de aquellos jugadores protegidos del entrenador que los pone siempre aunque no jueguen bien.

–Pero es bello y fornido, y tiene aquel caballo: Gringalet.

¡Es que es sobrino del rey Arturo! –dice la gente– ¡Su madre es una hada! Es un niño mimado

–¡Encima! Los demás caballeros que encuentra por prados, caminos y vados montan caballos sin nombre que, a menudo, acaban mal. Les clavan un mandoble en la frente o los atraviesan con una lanza para tumbar al jinete. Aquel pobre corcel del caballero Escanor, que Gauvain hiere en el pecho, la punta de hierro asoma por el costado. Cuando ve a su caballo muerto, Escanor monta en cólera, como es natural.

–Ya se sabe: los caballos son víctimas colaterales de torneos y batallas.

–Pero entonces el anónimo autor de E l cementerio peligroso dice que como Escanor es alto y fuerte y está cabreadísimo, Gauvain piensa que matará a Gringalet. Desmonta, deja el caballo al escudero y regresa al prado para combatir a pie. ¡Elimina el caballo de la escena!

–No es una mala solución narrativa. Gringalet es un atributo de Gauvain y no puede morir.

–¡Un solución de niño mimado!

–Pues, mira, a mí sí que me gusta Gauvain. En El cementerio peligroso todos creen que le han matado y descuartizado. Un chico quiso defenderle y le arrancaron los ojos. Un caballero guarda uno de sus brazos, como reliquia, embalsamado en un cofre.

–Pero no está realmente muerto.

–Esa es la gracia. Mientras no se aclara el misterio no puede darse a conocer. Es como aquellos deportistas que no encajan con el entrenador, están en baja forma, se arrastran por el campo y van a parar a equipos en los que no se comen un rosco. Han muerto para el mundo. A la gente su nombre ya no les dice nada, los niños admiran a otros caballeros-goleadores. Pero ellos saben que son Gauvain, que un día regresarán y recuperarán su nombre.

–No todos lo consiguen.

–Que cueste un poco. ¿No te parece muy bueno lo del brazo? Imagínate que, no sé, Hansi Flick tiene el brazo derecho de Messi, el que lleva tatuado un Santo Cristo. Lo guarda en un cofre desde el 2-8 del Bayern, esperando el momento de la reparación. Y cuando Messi gana el Mundial, el cuerpo descuartizado se recompone de forma mágica, Messi recupera su nombre y puede regresar a la corte de la FIFA. Aquel chico que intentó defender a Gauvain-Messi y le arrancaron los ojos (el público del Barça) recobra la vista como pasa en la novela del siglo XIII.

–¡Que Santa Llúcia te conserve la capacidad lectora! Le ves todas las gracias a la novela artúrica.

–Sí.

(El cementerio peligroso , en edición de Victoria Cirlot, está publicado por ­Siruela).

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