Las Claves
- Richard Linklater dirige Nouvelle vague, un documental sobre el rodaje de Al final de la escapada que homenajea al cine francés.
- La nouvelle vague influyó en
La llegada de Nouvelle vague, el estupendo documental sobre el rodaje de Al final de la escapada concebido por Richard Linklater, junto con la nueva proyección en versión recuperada del mítico primer largometraje de Jean-Luc Godard, demuestra que los ecos de aquel movimiento de realizadores noveles que transformó el séptimo arte hace 65 años perduran en la actualidad.
La obra del cineasta de Texas, quien ha acertado al elegir a intérpretes galos por su similitud física con las figuras que interpretan –todos ellos rostros nuevos, a excepción, por supuesto, de Zoey Deutch, que exhibe el estilo capilar de Jean Seberg, una celebridad de Hollywood en aquel París del 59–, evidencia la medida en que el vínculo entre la cinematografía gala y la estadounidense ha mantenido una constante fluidez y dinamismo. En primer lugar, debido a que esos incipientes críticos transformados en directores, incluyendo a Godard, François Truffaut, Jacques Rivette, Éric Rohmer y Claude Chabrol –todos presentes en la cinta de Linklater–, eran entusiastas seguidores del cine negro, y otros géneros, de Estados Unidos, y en segundo lugar, porque la nouvelle vague ha ejercido un influjo evidente en la totalidad del cine independiente made in USA, desde John Cassavetes hasta Quentin Tarantino, pasando por el propio Linklater, quien tomó como referencia la serie de filmes que Truffaut consagró a la figura de Antoine Doinel, interpretado habitualmente por el emblemático Jean-Pierre Léaud, para su Boyhood (Momentos de una vida) (2014), filmada durante un periodo de 11 años observando el crecimiento de Ellar Coltrane, o en la saga romántica que se inició con Antes del amanecer (1995), donde fuimos testigos del paso del tiempo en Ethan Hawke y Julie Delpy.
Al tiempo que Godard grabó Al final de la escapada, Truffaut ya había alcanzado un triunfo masivo, el principal de su vida profesional, mediante Los cuatrocientos golpes (1959), y Chabrol se le adelantó asimismo con El bello Sergio (1958), considerada habitualmente el pilar del movimiento, con la venia de Agnès Varda. Dichas cintas tempranas reflejaban las inquietudes de la juventud de entonces, rodándose en la vía pública con luz natural (y sonido directo si era posible), valiéndose de cámaras ligeras, siguiendo el ejemplo de norteamericanos como Jules Dassin o italianos como Roberto Rossellini, de quien Truffaut fue colaborador. Terminaron con el “cine de papá”, los trabajos más formales y clásicos de sus antecesores, que se ejecutaban todavía en estudios con decorados pesados, y elevaron al director a la categoría de autor, por encima del estrellato. Al igual que las indies americanas, las producciones de la nouvelle vague eran sensiblemente más baratas que el cine de industria, iniciando una democratización fílmica que concluiría con la era digital del siglo XXI.
Al final de la escapada, un relato criminal envuelto en un destino trágico, se filmó casi al estilo de las producciones de bajo presupuesto de Estados Unidos, aunque resultó innovadora especialmente en la edición, gracias al empleo de esos jump cuts —cortes abruptos en la imagen que generan una sensación de interrupción—, técnica que Truffaut ya había ensayado de forma más discreta y que actualmente goza de gran popularidad en los clips de Tik Tok. Para Godard, la prioridad no residía en sumergir al público en la trama, sino en subrayar el hecho de que se hallaban ante una obra cinematográfica. Se trata de un tributo al séptimo arte, similar al de Linklater, que refleja con exactitud minuciosa, apoyándose en el material desechado, el vigor de aquella filmación, además del ambiente de armonía y complicidad entre los jóvenes que aún prevalecía. El estío de 1959 representó un periodo excepcional donde cada elemento encajaba. París era de ellos. La nouvelle vague, en esencia, acabaría por desvanecerse más adelante, tal como sucede habitualmente con cualquier movimiento colectivo.
Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg en una célebre captura de ‘Al final de la escapada’, la cinta debut de Godard
Esos incipientes críticos franceses que se transformaron en realizadores acabaron siendo entusiastas devotos del cine negro americano.
Transcurridos diez años, hacia el final del Mayo del 68, Godard y Truffaut eligieron rumbos distintos: tras realizar doce largometrajes destacados, Godard se volcó hacia una cinematografía de corte militante dentro del colectivo Dziga Vertov, en tanto que el igualmente prolífico Truffaut optó por continuar fomentando su autonomía creativa liderando su firma Les Films du Carrosse. El quiebre final de ese vínculo nacido en la Cinémathèque de Henri Langlois se produjo tiempo después, luego del lanzamiento de La noche americana (1973), otra obra maestra acerca de los entresijos de una filmación, en esta ocasión completamente ficticia.
Nouvelle vague posee influencias tanto de Godard como de Truffaut, ya que constituye primordialmente un homenaje al séptimo arte y a esa pasión por las películas que se ha heredado a través de las décadas. Resulta sumamente curioso que Netflix comprara el filme por cuatro millones de dólares con el fin de distribuirlo en Estados Unidos. Ted Sarandos, el máximo responsable de la compañía, da la impresión de querer terminar con la experiencia cinematográfica tradicional, como si visualizar una cinta en casa fuera equivalente a disfrutarla en el entorno original para el que se creó.
Pasados diez años, al finalizar Mayo del 68, Godard y Truffaut emprendieron direcciones contrarias.
Representación del júbilo por el cine, Nouvelle vague, de Richard Linklater, es justamente lo inverso: un llamado a ejercer la facultad social de salir del hogar, transitar las áreas comunes y acudir a la sala de proyección para sumarse a una celebración verdadera.


