
Qué iniciativas podemos llevar a cabo por David Bowie
Blues Urbano
París, como sucede en múltiples terrenos, se situó a la cabeza. Ocho años después del deceso del artista, la alcaldesa, Anne Hidalgo, abría al público en 2024 la Rue David Bowie, localizada en las inmediaciones de la estación de Austerlitz y la biblioteca François Mitterrand. Una vía sencilla que supone un tributo muy respetable a una de las identidades creativas más cautivadoras del siglo XX.
Si existía alguna incertidumbre respecto al peso en la cultura de hoy de David Bowie (1947-2016), la fuerza de su herencia, una década tras su partida, aclara cualquier duda. Ensalzado y versionado por intérpretes del presente (es forzoso ir a YouToube a oír el Young Americans de St. Vincent); citado por los diseñadores de vanguardia; con 22 millones de auditores al mes en Spotify y exhibiciones viajando por el planeta, el compositor de Ashes to Ashes forma parte de los museos, después de que el Victoria & Albert de Londres presentara su David Bowie Center, un montaje estable sobre la existencia del talento de Brixton.

Bowie constituye asimismo un foco de turismo cultural, como evidencian las imágenes compartidas por el público en redes sociales de su calle en París o de puntos icónicos de su recorrido profesional, como los Hansa Studios de Berlín, junto al antiguo Muro, donde registró sus álbumes Low y Heroes. No obstante, prevalece el reconocimiento a su impacto en la formación emocional de múltiples generaciones a nivel mundial.
En la actualidad, al cumplirse una década de su fallecimiento, quienes admiramos a Bowie reflexionamos sobre las acciones necesarias con el fin de renovar la visión de su figura y de este modo mantener vigente su legado en nuestro entorno. Seguidamente se exponen diversas propuestas sobre este tema.

Como muestra, oír su álbum final, Blackstar, opacado por el fallecimiento del propio creador, pero que atestigua que en 2016 conservaba su ingenio artístico.
Resulta asimismo conveniente reconsiderar al artista ante la inquietante coyuntura actual. Versos suyos escritos hace tiempo se adelantaban a este hoy apocalíptico, como ocurre en su legendaria pieza It’s no Game (1), de 1980, que alude a la vuelta de extremistas, autócratas o del “miedo de ayer”. “Estoy excluido de los hechos, / realmente no entiendo la situación. / Y no es un juego”, proclamaba con una entonación cargada de apremio.
Siguiendo el modelo de Strawberry Fields, la urbe podría consagrarle una zona verde.
De igual modo, resulta valioso rescatar sus predicciones de 1999 acerca de internet, expresadas durante una charla en la BBC. Durante el apogeo del entusiasmo digital, Bowie percibía la red como un peligro para el entendimiento situado de los hechos que conduciría inevitablemente a una población dividida. La repercusión, afirmaba, resultaría inconcebible: entre “emocionante” y “terrorífico”.
Finalmente, una forma todavía más beneficiosa de recordar a Bowie consiste en realizar un esfuerzo de evocación con el fin de verificar si nuestro vínculo con el artista resultó totalmente recíproco. De este modo, ajustándonos al tema recurrente de este espacio, se puede determinar que, tratándose de Barcelona, la cual ha conservado nexos profundos con intérpretes que han acudido a ella con frecuencia (los Rolling Stones, Bruce Springsteen, Bob Dylan, Patti Smith...), el contacto con Bowie resultó bastante insuficiente.
Analicemos. Para empezar, el artista arribó con cierto retraso a la urbe. Al presentarse inicialmente, durante julio de 1987 en el Mini Estadi, sitio donde brindó un par de actuaciones, sus álbumes más destacados ya eran cosa del ayer. Anteriormente, bastantes barceloneses habían decidido trasladarse fuera del país para oír sus temas en vivo, tal como hicieron quienes acudieron masivamente a las Arènes de Fréjus en 1983, dentro del tour donde promocionaba su Let’s Dance .
La urbe tiene una cuenta pendiente tras haberle dado la bienvenida con tribunas parcialmente desiertas en 1990.
Tres años más tarde, en septiembre de 1990, su retorno triunfal estaba destinado a suceder, pues Bowie daría un concierto en el reluciente Estadi Olímpic para finalizar su tour Sound and Vision. Venía, además, escoltado por uno de los guitarristas más excepcionales con los que colaboró en su carrera, Adrian Belew (King Crimson).
Resulta que el recinto apenas reunió a 20.000 asistentes, superando por poco el tercio de su aforo. Bowie brindó una actuación magnífica y los presentes la disfrutaron con fervor, como reseñó al día siguiente en Guyana Guardian su experto Esteban Linés. No obstante, quedó una sensación amarga al mostrarle al artista el desolador panorama de unos graderíos desiertos.
El suceso de Barcelona no constituyó un evento aislado, puesto que Bowie tampoco completaba el aforo en Madrid. En 1997, su actuación en la capital debió ser trasladada a un local para únicamente 3.000 personas, ya que el recinto de Las Ventas le resultaba excesivo.
Le consultamos a Linés sobre la razón de esa decepción: “En 1990, Bowie ya estaba considerado por las nuevas generaciones como demodé. Había llegado el momento de la irrupción del indie. A él solo le seguían sus incondicionales generacionales. Recuperó todo el protagonismo cuando asumió el paso del tiempo, el nuevo contexto de audiencia y cuando tuvo claro que su música era atemporal”.
De una forma u otra, el experto en transformarse resistió ante el punk o la new wave, aunque no logró vencer a las actuales tendencias independientes.
¿Y de qué manera superior podría Barcelona compensar ese agravio sino rindiendo tributo a la herencia del creador mediante un homenaje duradero? El alcalde, Jaume Collboni, acostumbra a señalar que resulta sumamente complejo asignar vías públicas recientes a personalidades destacadas: “Barcelona no crece y el número de personas que podrían tener una calle sí lo hace”. John Lennon falleció con la antelación suficiente para poseer un rincón en Gràcia, no obstante, el Ayuntamiento prefiere actualmente conmemorar a los difuntos a través de distintas clases de emplazamientos.
Debido a estos motivos, nos permitimos proponer que la urbe rinda homenaje a Bowie, por su contribución al trasfondo musical de numerosos barceloneses, otorgando su denominación a alguno de los jardines de sus variados espacios municipales. En la Ciutadella, en el Putxet, en el Parc de les Aïgues, en el Laberint d’Horta, en el Parc Central de Nou Barris o en cualquier ubicación distinta.
Cualquier alternativa resulta válida, con tal de que facilite que los artistas se acerquen ocasionalmente para recordar de forma espontánea al fallecido, tal como acostumbran los seguidores de Lennon y los Beatles en los Strawberry Fields de Central Park. La selección de la denominación podría originar una interesante dinámica de participación ciudadana. Nosotros nos decantaríamos por Jardins David Bowie-Life on Mars, pues ¿en qué otro sitio podríamos buscar cobijo?


