Julian Barnes: “Este es mi último libro”
Entrevista al escritor inglés, que publica 'Despedidas'
“Debes seguir hasta que hayas dicho todo lo que tenías que decir, y yo he llegado a ese punto”

Julian Barnes fotografiado en Londres este diciembre.
El día 28 Julian Barnes publica la última novela que escribirá, titulada acertadamente Despedidas (Anagrama/Angle). Aquí, a sus 80 años y padeciendo un cáncer poco común, se muestra de buen humor mientras reflexiona sobre la realidad, la ficción y los días felices. En su nuevo libro, Barnes escribe que, cuando era más joven, una de sus reglas era “escribir cada libro como si fuera el ultimo”. Ahora lo ha escrito.
En una carrera que abarca 45 años, Barnes ha escrito 15 novelas, 10 obras de no ficción (y cuatro novelas policíacas bajo el seudónimo de Dan Kavanagh), pero ahora tiene la sensación de “haber tocado todas mis melodías”.
“Una forma de pensar sobre cuánto tiempo seguir es: 'Mientras sigan publicándote'. Pero eso puede ser engañoso. No debería escribir un libro solo porque se vaya a publicar. Debes seguir hasta que hayas dicho todo lo que tenías que decir, y yo he llegado a ese punto. No dejaré de escribir, porque he sido periodista toda mi vida antes de convertirme en novelista. Así que seguiré haciendo periodismo, críticas y cosas por el estilo. Pero en cuanto a libros, éste es el último”.
Barnes se toma su macchiato y se produce un silencio contemplativo. Estamos sentados en el salón de la planta superior del estudio de un fotógrafo, donde ha venido a hacerse un retrato; es un hombre alto, vestido con un traje de tweed, recostado en un sofá, que me hace señas para que me siente un poco más cerca: su audición no es muy buena.
Tiene un rostro de moneda romana, alargado y anguloso, con una nariz prominente, que en reposo adquiere un aspecto ligeramente melancólico. Habla en voz baja, es reflexivo y se ilumina con destellos de humor irónico y juguetón.
Como observó una vez el crítico Ian Hamilton, Barnes es un escritor que “muestra una inteligencia desbordante”, un francófilo devoto que ha traducido y escrito extensamente sobre la literatura y la cultura francesas. Entre sus numerosos premios, en el 2017 fue nombrado Oficial de la Orden Nacional de la Legión de Honor por sus contribuciones a la cultura francesa. Para ser un hombre serio, puede ser muy divertido.
Su concepto sobre la literatura
“Recurrimos a la ficción para saber cómo vivían las personas hace tantos años en tantos lugares diferentes”
Barnes es un observador astuto del comportamiento humano, sus idiosincrasias, ironías, pero también sus tragedias. Y Despedidas, una mezcla de memorias, ensayo y ficción, supone un broche de oro a su carrera literaria, ya que reúne muchos de los temas recurrentes que han caracterizado su obra: la memoria, el amor, la amistad, el lugar que ocupa la literatura en nuestras vidas, el envejecimiento y la muerte, sin olvidar la perspectiva de la suya propia.
El tono es coloquial, divertido, confidencial, con un aire decididamente de despedida.
“Sí”, sonríe Barnes. “Bueno, al final me despido del lector”.
Barnes no se encuentra bien. Hace casi seis años le diagnosticaron una neoplasia mieloproliferativa, un tipo raro de cáncer de la sangre: solo se diagnostican unos 500 casos al año en el Reino Unido, dice.
El concepto de “ser valiente” frente al cáncer es erróneo, escribe en Despedidas. “La frase del obituario ‘Murió tras una larga lucha, soportada con valentía’ debería ser ‘Murió tras una larga y valiente lucha del cáncer contra él’”. En este momento, dice, “el marcador está empatado”.
El cáncer
“La frase del obituario debería ser ‘Murió tras una larga y valiente lucha del cáncer contra él”
“Como tengo un tipo de cáncer de sangre bastante raro, le dije a mi especialista que esperaba vivir lo suficiente para que él pudiera jugar con mis genes o algo así y curarlo. Él me respondió: ‘Ni se te ocurra, no hay suficiente dinero para encontrar una cura’”. Barnes se ríe. “Le admiré por decir eso, en lugar de decirme: ‘Bueno, nunca se sabe, no pierdas la esperanza’. Pero mientras siga estable, solo contribuye a debilitar el organismo. Y yo ya estoy acostumbrado”.
“Tomo quimioterapia en forma de pastillas todos los días y me hacen revisiones cada tres meses, y cuando mis niveles suben, me extraen medio litro o más de sangre. Llevo cinco o seis años haciendo esto. Me gusta hablar con mi especialista y disfruto bastante cuando me sacan sangre. Puedo charlar con las enfermeras. Es simplemente la condición de la vida; no tiene sentido rebelarse contra ella”.
Barnes nació en Leicester. Tiene un hermano mayor, Jonathan, estudioso de Aristóteles y la filosofía antigua. Sus padres eran profesores de francés.
Poco después de nacer, la familia se mudó al barrio londinense de Northwood, -Metrolandia-, “un dormitorio burgués”, como recordaría más tarde.
“Cien por cien blanco; 110 por ciento, debería decir... En realidad no teníamos amigos. No jugábamos al golf. No íbamos a la iglesia. Era un lugar para los que iban a trabajar a la capital. Nadie cortaba el césped los domingos por la mañana”.
La suya era una familia inglesa tranquila, de clase media, en la que la política, al igual que la religión y el sexo, casi nunca se mencionaba. Sus abuelos maternos eran una extraña excepción. Su abuela era metodista y se convirtió en comunista, poniéndose del lado de los chinos en la ruptura sino-soviética durante la Guerra Fría, y se sentaba en su sillón a leer The Daily Worker, mientras su abuelo se sentaba “en el rincón azul” a leer el Daily Express y criticaba las diabólicas amenazas del comunismo.
Había libros en la casa —“la palabra”, dice, “era respetada”—, pero no existía la idea de que uno debiera aspirar a escribir. La única producción literaria de la familia fue una carta que escribió su madre y que se publicó en el Evening Standard, en la que lamentaba el hecho de que las madres solteras esperaran que el Estado las mantuviera. “La recortó del periódico y la puso sobre la chimenea”.
Fue un profesor de inglés en la escuela quien le hizo darse cuenta por primera vez de que “la literatura tenía algo que ver con la vida” y quien le dio una lista de lecturas que incluía Madame Bovary, del novelista francés del siglo XIX Gustave Flaubert. Esto desempeñaría un papel fundamental en la vida de Barnes. “Algo en ella me transmitió la palabra genio”.
Tras graduarse con honores en el Magdalen College de Oxford, trabajó durante tres años como lexicógrafo para el Oxford English Dictionary, antes de incorporarse a The New Statesman, donde tenía como compañeros a Martin Amis y Christopher Hitchens —entonces inmersos en una floreciente amistad masculina basada en la rivalidad intelectual— y donde Barnes se describiría más tarde como “prácticamente mudo” por la timidez que le invadía en las reuniones editoriales.

Su primera novela, Metrolandia, se publicó en 1980, cuando tenía 34 años. Le había llevado siete años escribirla. Basada en gran medida en su propia vida, cuenta la historia de un joven idealista, Christopher, que crece en los suburbios y más tarde viaja a París soñando con una vida bohemia. A medida que la vida real se impone, su idealismo juvenil se desvanece; se casa y regresa a Metrolandia, encontrando una especie de satisfacción en la vida que antes profesaba despreciar.
La novela fue bien recibida por la crítica, pero no tanto por sus padres. Su padre comentó que “no era un mal primer intento, pero me pareció que el lenguaje era un poco vulgar”. Su madre le dijo a una amiga que, al leerla, se sintió inundada por una avalancha de obscenidades.
“Lo más ingenioso que le dijo a una amiga fue que ‘mis dos hijos son escritores; uno de ellos escribe libros que puedo leer pero no puedo entender —ese era mi hermano— y el otro escribe libros que puedo entender, pero no puedo leer’”. Barnes se ríe. “Un doble golpe bastante bueno”.
Su último libro
“Si es memoria o ficción es algo que solo yo sé, y que mi biógrafo tendrá que descubrir”
Dice que cuando se publicó Metrolandia no tenía ni idea de que sería el comienzo de una carrera brillante. “Solo pensaba que sería estupendo escribir un libro que se publicara; y luego pensé que, bueno, en realidad estaría muy bien publicar un segundo libro. Así que fui pasando de un peldaño a otro”.
Fue su tercer libro, El loro de Flaubert, publicado en 1984, el que supuso su gran salto a la fama. Una brillante mezcla de ficción y biografía histórica, trataba sobre un médico jubilado que perseguía su obsesión por el novelista francés, mientras le atormentaba la muerte de su esposa. El libro fue finalista del Premio Booker, “lo que hizo que mi madre pensara que, después de todo, quizá yo fuera escritor”, dice Barnes, y fue la primera de sus novelas en traducirse.
“Fue una sensación maravillosa. Y fue uno de esos pequeños momentos que solo uno mismo reconoce en ese momento, pero que son una validación importante”.
En una entrevista concedida en el año 2000 a The Paris Review, Barnes describió la literatura como “un proceso de producción de mentiras grandiosas, hermosas y bien ordenadas que dicen más verdad que cualquier conjunto de hechos”.
“Recurrimos a la ficción para saber cómo vivían las personas hace tantos años en tantos lugares diferentes”, afirma ahora. ”Y encontramos verdades universales, que las personas que vivieron hace cien o doscientos años eran muy diferentes en su aspecto exterior, pero no tanto en su interior. Creo que eso es algo que la ficción puede descubrir y narrar”.
Hace una pausa. “Se podría pensar que, dado el declive de la religión, esa sería una faceta de la vida que no encaja con el pasado, cuando casi todo el mundo creía, o fingía creer, en la religión”.
Barnes es un ateo declarado, pero es evidente que la creencia religiosa le fascina profundamente. Según cuenta, un amigo le envió recientemente una interesante historia sobre la investigación del cáncer de mama en Estados Unidos.
“Comienza alrededor de 1900 con dos mujeres académicas, ambas de gran éxito, que vivían juntas; una de ellas contrajo cáncer de mama y se sometió a todo el tratamiento, que en aquella época no funcionaba. Su amiga escribió un relato sobre ello, describiendo cómo esta mujer sufría un dolor increíble, pero se sentía reconfortada y sostenida por su férrea fe en Dios y en la vida después de la muerte, y en que volvería a encontrarse con su amiga cuando muriera.
Era una verdad candente para ella. Y pensé: ‘Es realmente impresionante’. Obviamente, eso funcionaría para algunas personas hoy en día, pero para la mayoría no funcionaría”.
¿No sugiere eso que la creencia religiosa tiene un valor utilitario además de espiritual?
“Sí. Pero creo que prefiero los medicamentos para aliviar el dolor. Su alivio provenía de algo que ella creía fundamentalmente que era cierto. Me gustaría que mi alivio proviniera de algo que yo creyera fundamentalmente que es cierto. Como la morfina”.
Barnes se ríe. De hecho, la semana pasada tomó morfina por primera vez. “Fue maravilloso. Estaba en el hospital y no podía dormir, los analgésicos no me hacían efecto, así que me dieron un poco de morfina. Era como estar en una escena de Somerset Maugham en una isla del Pacífico Sur. Era tan decadente, tan rico, almizclado... Luego volví a dormirme y no me dejaron tomar más. Pero no me interesa convertirme en un yonqui”.
Un tema recurrente en Despedidas es la memoria y su importancia en nuestro sentido del yo.
La pieza central del libro es un relato de su papel como intermediario en la relación de dos amigos, Stephen y Jean —los nombres, dice, son anónimos—, a quienes conoció en la universidad, que se convirtieron en amantes, pero luego se separaron.
“El recuerdo que tengo de ellos en aquella época”, escribe, “es una sucesión de momentos e imágenes, desgastados como las cuentas de un rosario”.
Muchos años después, Stephen, ahora septuagenario, se pone en contacto con él de improviso para preguntarle si sabe algo de Jean; se organiza un encuentro clandestino y, tras más de 30 años, se reencuentran. Es un examen conmovedor del amor, el arrepentimiento, la esperanza y, finalmente, la resignación.
En los libros de Barnes, la pared entre la realidad y la ficción, las memorias y la invención, a menudo puede parecer muy permeable. “Supongo que no distingo entre la verdad de la autobiografía y la verdad de la ficción”, afirma. “Voy donde está la historia, ya sea ficción o no ficción, autobiografía o historia del arte”.
Así, Christopher en Metrolandia es claramente un sustituto del joven Barnes y su educación en Northwood. En El loro de Flaubert, el médico jubilado Geoffrey Braithwaite sirve de sustituto de la propia obsesión de Barnes por el autor de Madame Bovary.
En Despedidas, no está tan claro si su descripción de su amistad con Stephen y Jean es realidad, ficción o una intrigante mezcla de ambas cosas. Sin duda, tiene el tono auténtico de las memorias.
Él esboza una sonrisa pícara. “Bueno, eso es algo que solo yo sé, y que mi biógrafo tendrá que descubrir. Me doy cuenta de que eso molesta a algunos lectores; quieren saber qué es verdad y qué no lo es. Pero no me gusta desmontar las historias en términos de ‘este fui yo, este no fui yo’. Pero me alegro de que pensara que Stephen y Jean eran reales, porque eso significa que usted creía completamente en ellos. Si le dijera que son ficticios, quizá creería un poco menos en ellos; si le dijera que son reales, se sentiría satisfecho de su perspicacia”.
Lo cual, por supuesto, no responde a la pregunta.
¿Cree que ha llevado una buena vida?
“¿Una vida virtuosa? Supongo que más o menos. Eso lo tiene que decir San Pedro. Creo que he tenido una vida afortunada. Si me hubiera dicho cuando tenía 30 años que escribiría muchos libros que a mucha gente le gustaría leer, me habría quedado atónito. Así que estoy muy contento por eso”.
¿Y cuándo ha sido más feliz?
Barnes reflexiona sobre la pregunta.
“Dos veces. La primera fue cuando tenía entre 35 y 49 años, que fue cuando mi vida literaria y mi vida emocional coincidieron”.
Se casó con la agente literaria Pat Kavanagh en 1979, cuando tenía 33 años. “Era feliz con ella y mi vida profesional estaba despegando; viajábamos mucho y fue una época maravillosa. Y luego, supongo que la segunda vez fue recientemente, cuando me volví a casar”.
Kavanagh falleció de un tumor cerebral en 2008. El pasado agosto, Barnes se casó con Rachel Cugnoni, una editora 18 años más joven que él, a quien Barnes conoce desde hace casi 30 años y que ha sido su pareja durante los últimos ocho. La boda, celebrada en el registro civil, fue un secreto muy bien guardado, al que solo asistieron ocho personas.
En noviembre, celebraron una fiesta en el restaurante Toklas de Londres para casi 100 personas, aparentemente para celebrar su próximo 80 cumpleaños.
Su esposa muerta
“No es cierto que los muertos vivan en nuestra memoria, los recuerdos se solidifican”
Comenzó su discurso recordando una cena que había ofrecido en el 2011 al ganar el Premio Booker (por La sensación de un final), para agradecer a quienes le habían ayudado profesionalmente a lo largo de los años. Su agente, Sarah Ballard, estaba sentada a su izquierda, y a su derecha estaba Cugnoni, que entonces era su editora de libros de bolsillo.
Ella quedó tan impresionada por su discurso que le dijo que le gustaría que lo repitiera cuando se casara.
Y 14 años después, mirando a los invitados reunidos para su fiesta de cumpleaños, dijo: “Bueno, supongo que ha llegado el momento”. Se ríe al recordar ese momento. “Pilló a todo el mundo completamente desprevenido. Y luego, cuando se dieron cuenta de lo que quería decir, todos se levantaron y aplaudieron. Fue realmente emotivo”.
Nunca había pensado en volver a casarse. Tenía 62 años cuando murió Kavanagh. “Pensé que era una edad horrible para enviudar. No podía empezar de nuevo. Y, aunque no eres viejo, pronto lo serás. Pero pasó mucho tiempo antes de que pensara en tener otra relación”.
Kavanagh había fallecido solo 37 días después de que le diagnosticaran cáncer. “Se trataba simplemente de intentar mantener la cordura y seguir adelante de alguna manera, seguir trabajando y sacar el máximo partido a lo que quedaba”.
Hay que tener mucho cuidado con el duelo, dice. No hay nada que nadie pueda decir que realmente consuele o reconforte, aunque todo el mundo sienta que debe intentarlo.
“Hay que ofrecer algo. No se puede dejar pasar. No se puede escribir una carta como la que recibió un amigo que decía: ‘Esto es terrible, no hay palabras para expresarlo, atentamente’”.
“Recibí docenas de cartas de escritores cuando Pat murió, pero la mejor carta que recibí fue la del hombre que se ocupaba de su dinero. Escribió casi todo con clichés, pero era realmente sincero. Y pensé: has hecho lo correcto por ella y has hecho lo correcto por mí. Porque estás en una etapa muy sensible en la que te ofendes por cualquier cosa, te ofendes con razón y te ofendes sin razón, y es muy difícil saber qué es lo correcto.
“Quería estar solo en los espacios que ella había creado”, continúa Barnes. “Pero si estás solo durante mucho tiempo, te vuelves loco. Y quieres que la gente la incluya en la conversación. Una vez me sentí muy indignado cuando estaba con tres personas del mundo editorial, ella llevaba muerta solo unos meses, y mencioné su nombre, y nadie lo recogió; lo volví a mencionar, y nadie lo recogió, y lo volví a mencionar, y nadie lo recogió; la negaron tres veces, y eso me enfureció y me hizo despreciarlos. Eran personas que la habían conocido durante 20 o 25 años; en fin, ahora solo pienso que es su debilidad y su pérdida”.
Es una creencia común que los muertos viven en nuestros recuerdos. Pero eso no es cierto, dice. “Queremos que sea cierto, y los recordamos, pero los recuerdos se solidifican. Y tienes los mismos recuerdos, una y otra y otra vez, y no pueden desarrollarse porque ella está muerta. Las cartas que recibí después de la muerte de Pat y que más me emocionaron y conmovieron fueron las que me contaban cómo era ella cuando yo no estaba allí. Y las cosas divertidas que hacía y decía; así que la mantuvieron viva, pero eso solo dura un rato. Y solo hay un número limitado de recuerdos que conservas y muy pocos nuevos que se añaden”.
Su propia memoria, dice con sequedad, “no mejora. Los nombres, como es bien sabido, son lo primero que se olvida. Pero hace poco se me olvidó el nombre de uno de mis libros. Estaba haciendo una entrevista y no encontraba las palabras. Dije: ‘En, eh... En mi última novela...’. Me pregunto si se dieron cuenta”. Se ríe.
Le viene a la mente lo que escribió Flaubert: “Tan pronto como llegamos a este mundo, empiezan a desprenderse pedazos de nosotros”.
“Creo que podría tener una esperanza de vida normal”, continúa. Cuando le diagnosticaron cáncer por primera vez, llamó a su viejo amigo Ian McEwan, “que es mi asesor médico. Lo peor que se puede hacer es buscar en Google tu propia enfermedad, en mi opinión. Le dije lo que era y oí un teclear, teclear, teclear, teclear, y luego me dijo: ‘No, vas a vivir otros 15 años’. Lo había buscado en Google”.
“Es inevitable que tenga algún efecto negativo. La cuestión es que, cuando llegas a una edad en la que ya has superado la edad de jubilación, tienes cáncer de sangre, estás recibiendo quimioterapia y te sientes cansado, ¿es por el cáncer, por la quimioterapia o por la vejez? No importa, solo tienes que lidiar con lo que tienes, y eso es lo que hago”.
“Antes, cuando entraba en una fiesta, con mucho ruido, pensaba: ¡genial! ¡Una fiesta! Hoy en día no quiero ir a una fiesta. No quiero ser el que dice: ‘¿Por qué no salimos a hablar fuera?’”
Duerme más y tiene menos energía. “Pero también les pasa a muchos otros viejos cabrones”. Es menos sociable que antes, en parte, supongo, por estar sordo. “Antes, cuando entraba en una fiesta, con mucho ruido, pensaba: ¡genial! ¡Una fiesta! Hoy en día no quiero ir a una fiesta. No quiero ser el que dice: ‘¿Por qué no salimos a hablar fuera?’”.
Pero le siguen importando las cosas tanto como siempre: la gente que quiere, los libros y el arte, el estado del mundo (que no es bueno) y su querido club de fútbol, el Leicester City, que tampoco está bien. “Me sorprendo pensando: ¿Volveremos a la Premier League en lo que me queda de vida?”. No parece muy optimista.
En Despedidas escribe que no está seguro de haber luchado contra la extinción de la luz. “Creo que intenté lamentarme lúcidamente contra ella”. Cuando Kavanagh estaba muriendo, “luché contra la extinción de su luz, pero no imaginé que hubiera una astuta y oculta equidad o justicia en el asunto”. Al final, escribe: “Es solo el universo haciendo lo suyo”.
¿Le da miedo la muerte?
“No la apruebo”, dice riendo. “No creo que me aporte nada. Antes me aterrorizaba la muerte, pero después de pasar unos diez años con un cuerpo que se desmorona o no funciona bien, no me siento resignado, pero obviamente es diferente morir a los 80 años que a los 40 o 50. Pero perder la vida cuando apenas te mantienes con vida... ¿quién sabe?”. Se queda en silencio.
Quizá, sugiero, pensando en el exitoso académico estadounidense, sería más reconfortante tener una creencia en ese momento. Él asiente. “Sí, lo sería. Creo que fue Voltaire, le llevaron a un sacerdote a verlo hacia el final y él dijo: ‘Que entre, ahora no es momento de hacer enemigos’”.
Ha tenido una buena vida, dice ahora. Pero al final, escribe en Despedidas, no habrá grandes declaraciones que ofrecer, ni últimas palabras famosas.
“Pero me gusta el mensaje urgente que el primer lord Grimthorpe le dejó a su esposa antes de morir”, dice. “Nos estamos quedando sin mermelada”. Se ríe. “Es muy bueno, ¿no?”.
