'Melania' (★✩✩✩✩), Maléfica (sin Jolie)
Crítica de cine
Su perfil de líneas marcadas, los colores neutros de los que se rodea y el lujo, como demostración de poder, la acercan a las villanas de Disney

Melania Trump

Melania (★✩✩✩✩)
Dirección: Brett Ratner
Producción: EE. UU. 2026. 104 m. Documental
Hay un momento, el único mínimamente real en este filme sobre Melania Trump, en el que un periodista pregunta -en la rueda conjunta de Biden y Donald Trump, previa a que el primero abandone la Casa Blanca- si Estados Unidos, como nación, sobrevivirá al nuevo presidente. La pregunta no tiene respuesta. En este, digamos, documental dirigido por Brett Ratner, cineasta cuya carrera se vio truncada en 2017 tras numerosas acusaciones de agresión sexual, la cuestión desentona, aunque sea, a estas alturas, lo que todos nos estamos planteando. Pero en Melania no hay lugar para preguntas incómodas.
El filme se erige como un monumento a la esposa de Trump. Sobre todo, a su presencia
El filme se erige como un monumento a la esposa de Trump. Sobre todo, a su presencia. Melania, junto al presidente, es un silencio andante. Como las modelos de pasarela, ejerce de rostro, de imagen, siempre impoluta, perfecta y vacía. La película, producida por Amazon, la sigue durante los veinte días previos a la inauguración presidencial, cuando arranca el segundo mandato de Trump, allá por enero de 2025. La inminente primera dama planifica la ceremonia en medio del lujo extremo, como de corte imperial. Rodeada por bufones y acólitos. Hace como que se entrevista con una secuestrada de Hamas; habla de sus cosas de caridad con Brigitte Macron, la primera dama francesa, y planea grandes cosas con la reina Rania de Jordania (a la que, si uno se fija, tanto se parece). En la segunda parte del filme irrumpe Trump. Entonces la presencia de Melania, distante como una esfinge, se difumina en su compañía. Hasta llegar a la famosa cena a la que asistieron Elon Musk y Jeff Bezos. Y de fondo, a lo largo de todo el metraje, una serie de reflexiones huecas, narradas en la voz de la propia Melania, que toma el papel de narradora de sí misma.

Por un lado, la imagen; por otro, la letanía. La banda sonora introduce, a su vez, un punto irónico, como si Ratner no pudiera olvidar que una vez fue una prominente figura de Hollywood. Arranca con Gimme Shelter, de los Stones, una canción que habla de asesinato y guerra, y sigue con Billie Jean, de Michael Jackson, que va sobre acusaciones falsas y paternidad indeseada. También llama la atención, por innecesario, los insertos filmados a la manera del Super 8, como si con ello quisiera recordar el asesinato de Kennedy, recogido en una cámara semejante.
Al acabar el filme, por mucho que lo pienses, sabes muy poco de Melania; qué teme o qué le inquieta. Qué desea. Es pura fachada, como un ritual en sí misma. Mientras Trump es exceso, ruido y desmesura, Melania calla y, por lo tanto, otorga. Una reina en la corte de Trump, inquietante en su fría belleza. Siempre frente al espejo. Su perfil de líneas marcadas, los colores neutros de los que se rodea y el lujo, como demostración de poder, la acercan a las villanas de Disney. Aunque la bruja de Blancanieves dialoga con el espejo, duda y lo increpa. Melania no; Melania actúa como si ella misma fuera el espejo (o la cámara que la observa). Se convierte así en mito sin pasar cuentas. A lo largo del filme parece -disculpa, Melania- una bruja sin magia, una Maléfica de vuelo bajo. Como documental, es un desastre. Un ejercicio de cine plano, servicial y evidentemente falso. Pero como documento, tiene un valor incalculable. Tanto que uno no sabe si ponerle una estrella, que es lo que se merece, o cinco. Por lo que sugiere.
