
Los divorcios culturales
Opinión
Al comenzar diciembre se produjo la quiebra de Lectorum, la mayor distribuidora de obras en castellano en los Estados Unidos, ya que la gestión de Trump ha disminuido o eliminado recursos federales que apoyaban la difusión de nuestro lenguaje en los colegios y las bibliotecas del territorio. Al mismo tiempo que el ICE siembra miedo entre los inmigrantes que hablan español, gran cantidad de sellos editoriales iberoamericanos han extraviado su conexión de años con las universidades, los lectores y sus seguidores estadounidenses.
Aunque las bibliotecas y los museos de esa región se alistan para una etapa invernal, los estrenos de majestuosos centros culturales –por el contrario– continúan sucediendo en Estambul, Emiratos Árabes, Corea, China o Japón. Dichas obras, en ocasiones convencionales y frecuentemente creativas, señalan una pausada transformación. Al tiempo que EE.UU. Desiste del soft power , Oriente exhibe una seguridad absoluta en este, tanto para consolidar los valores nacionales como para ganar peso internacional en la labor académica, el sector turístico y el dominio ideológico. Resulta evidente que TikTok, el k-pop, el k-drama, el manga o el anime seguirán captando adeptos en Europa: ¿Veremos, no obstante, una paulatina apatía hacia la labor cultural made in USA , en sintonía con nuestro recíproco alejamiento geopolítico?
¿Disminuirá nuestra atención hacia la oferta cultural ‘made in USA’ al mismo ritmo que el distanciamiento geopolítico?
Dicho posible desplazamiento del eje rotacional entre Occidente y Oriente ocurre en una etapa de transformación intensa en nuestra concepción de la cultura y la política. Según ha indicado el docente de arte y tecnología Jay David Bolter en La madurez de lo digital. El declive de la cultura de élite y el crecimiento de los medios contemporáneos. (Ampersand), a lo largo de la parte final del siglo XX ocurrieron “dos fenómenos que ayudaron a definir nuestra cultura mediática del siglo XXI”. El crecimiento indetenible de los entornos digitales y “el fin de cualquier creencia colectiva en algo que podría denominarse Cultura con mayúscula”. En ocho décadas transitamos desde el predominio de lo editorial (“la imprenta era la tecnología principal con la que se registraba el conocimiento autorizado”) hasta la ubicuidad de las pantallas (plataformas, Google, Wikipedia, ChatGPT).
Aquello no constituye un peligro en el campo de las estructuras narrativas y las artes, las cuales siempre han practicado la hibridación, pendulando entre el esparcimiento y lo excelso, aunque sí en lo social y gubernamental. Entornos sociodigitales, personalidades de impacto y mecanismos algorítmicos han cooperado, conforme a Bolter, a que “millones de ciudadanos” hayan brindado “de creer que la educación, la pericia técnica o la experiencia sean rasgos esenciales” no únicamente para destacar como artista o experto de renombre, sino igualmente “para gobernar un país”. La dificultad no estriba en que la cultura del clímax emocional haya transitado hacia la de la fluidez, pues el ámbito cultural continúa otorgando crédito a las narraciones. No sucede lo mismo con la reciente política populista: representa pura fluidez e inmediatez, sin confianza en que “la vida política de la nación cobra sentido a lo largo del tiempo”. Por tal motivo, no edifica bibliotecas ni adquiere ejemplares.