
Los fantasmas de la imagen
Tal vez sea el libro más inquietante de los publicados en español durante el año pasado: Suzanne y Louise ( Los Tres Editores / Comisura), del fotógrafo y escritor francés Hervé Guibert. Es el resultado de un juego dramático entre el autor y sus tías abuelas, que conviven en un apartamento parisino. Allí se confiesan sus dolores más intestinales, vinculados con un convento de la juventud o la ausencia de marido; ritualmente, se peinan o se cortan el pelo o representan su propia muerte. El resultado es una ficción texto-visual, una hermosa película gótica en forma de libro ilustrado. Una fotonovela que ha vuelto a la vida 45 años después de su publicación original, para inquietarnos como un espectro.
“Este texto es la desesperación de la imagen, y peor que una imagen fuera de foco o difuminada: una imagen fantasma”, escribe el autor en uno de los textos de Imagen fantasma ( Los Tres Editores), donde cuenta que su padre le prohibía a su madre que se maquillara y empieza afirmando: “La fotografía es también un acto de amor”.
Guibert y Zambreno permiten imaginar maneras de expandir las representaciones del yo, del tú, del nosotros
No es extraño que la escritora estadounidense Kate Zambreno, que también trabaja en la tensión entre la prosa, el verso y la imagen, y que en Mi libro madre, mi libro monstruo ( La Uña Rota) recuerda que su padre compuso un mural de fotografías para el velatorio de su mujer, sin incluir en él ninguna de las muchas fotos en que ella aparecía haciendo lo que más placer le daba (fumar y tomar el sol en bañador), le haya dedicado un ensayo a Guibert, amigo y sin duda alma afín. Además de discutir a partir de él la amistad como problema, en Escribir como si ya hubieras muerto ( La Uña Rota) Zambreno reflexiona sobre nuestros lugares de enunciación. El del amigo, en sus últimos años, era el del artista homosexual, enfermo y suicida; ella escribe desde el yo de una académica heterosexual y madre, con un precario seguro de salud y la voluntad de defender la habitación propia en forma de página.
“Ahora me pregunto: ¿es acaso la candidez de Hervé Guibert lo que me empuja a él?”, leemos. “Que diga lo que no debería en la búsqueda de la verdad, a diferencia de gran parte de la actual escritura del yo, una primera persona a la que se le supone una increíble seriedad y moralidad (todavía más en la no ficción, quizá en la ficción aún se permita que haya narradores ambivalentes o amorales)”; la autoficción, prosigue, solo tiene sentido si otorga libertad, no si la restringe. Libertad, por ejemplo, para ser “más cabrona”.
Guibert y Zambreno dejan claro que es posible todavía imaginar maneras artísticas que expandan el repertorio de representaciones del yo, del tú, del nosotros; y que esquiven el principal peligro al que se enfrenta un creador: la autocensura. Política, temática, formal, de la imaginación. “Escribir como manera de marcar un yo antes de que se extinga”, nos dice ella. Yoes que hablan, que siguen hablando, da igual si están vivos o muertos.