Estrategias posmodernas

La primera y más sencilla es olvidarse de películas del año, de nominaciones a los premios Goya y de series que no puedes perderte, para ir a buscar una película de hace cuarenta o cincuenta años, estudiártela y ver cómo se las compone el director. Esta metaconciencia ya es posmoderna.

Caravaggio (1986). A Derek Jarman le inte­resa Caravaggio porque es un artista maldito. Pero en lugar de lanzarse al juego infantil de imaginar un profesor o un escritor que quiere estudiar al artista porque se siente un poco Caravaggio –qué pretensiones tiene la gente– filma algunos episodios de la vida del artista, de manera ilusionística , como si de recreaciones de cuadros se tratara. En la película se ven también unos formidables cuadros vivientes del El descendimiento (1603-1604) o de La muerte de la Virgen (1606). En una escena, uno de los amantes de Caravaggio luce en la cabeza uno de aquellos gorros de papel de periódico que antaño llevaban los pintores de paredes. A partir de ahí, y sin romper la coherencia histórica, aparecen una moto y una máquina de escribir. Jarman ha dicho lo que pretendía decir, sin tratarnos de bobos y sin sobreactuar, como en los retratos de la sobrevalorada Cindy Sherman.

Fellini toma una novela del siglo I de la que solo se conservan fragmentos y la lleva a la pantalla

Satiricón (1969) de Fellini. Frente a la tiranía del argumento, Fellini toma una novela del siglo I de la que solo se conservan fragmentos y los lleva a la pantalla sin pretender ligarlos unos con otros, como recortes de celuloide de una película perdida. Con el mismo procedimiento se podría pensar en un libro que fuera la transposición de los fragmentos de una película de la época muda de la que solo queda una parte del metraje. La idea me gusta tanto que me la apunto para utilizarla en la novela sobre Nuvolari que quiero escribir.

El viatge a la felicitat de mama Küster (1975) de R.W. Fassbinder. Es la historia de una mujer –Brigitte Mira borda el papel- que oye la noticia de que un obrero ha matado al encargado y se ha suicidado. No le da importancia y resulta que es su marido. La señora Küster es como el Cándido de Voltaire: un personaje inocente arrollado por los grandes discursos. Primero, el piso se le llena de periodistas. La hija, que quiere ser cantante, aprovecha el escándalo. Los del partido comunista respaldan a la señora Küster hasta que llegan las elecciones y cambia la copla. Los anarquistas crean el Comando Küster, entran en la redacción de una revista, piden la reparación de la memoria de Küster y la liberación de todos los presos políticos de Alemania. Empuñan las ametralladoras y se produce una masacre. En Estados Unidos este final no pasó ni en broma y Fassbinder filmó uno alternativo: los periodistas pasan de los anarquistas, que se acaban largando. Solo la señora Küster resiste sentada en el suelo. Llega el portero, le dice que tiene que cerrar y la invita a cenar patatas con morcilla. A la señora Küster, que solo quiere que la quieran, le parece bien. La posmodernidad ríe.

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