
Barcelona es Verdi
BLUES URBANO
Cuatro establecimientos históricos mantienen viva la esencia de un barrio que ha sabido resistir el paso del tiempo: el bar Càndid, la farmacia, la panadería y el café que, pese al paso del tiempo, siguen siendo el alma de este rincón de Barcelona.
Porque Verdi no es solo un nombre, sino el eje de algo más grande, y en esta esquina el mundo se detiene un instante para recordar qué fue y lo que aún podría ser.
Esas tensiones comparecen en el exquisito documental La vida es Verdi , que la cineasta Berta García Latch ha realizado por encargo de la empresa propietaria de los Cine Verdi, A Contracorriente, fundada y dirigida por Adolfo Blanco.
La película, que rinde homenaje a un mundo cinematográfico en el que el vecindario se convierte en eje central, reivindica a través de su narrativa una visión más profunda: el cine como espacio vivo, donde la comunidad se teje con matices profundos, más allá de lo meramente visual, y donde cada gesto, cada instante, cobra sentido más allá de lo evidente.
El Verdi cumple 100 años y sigue siendo un referente, mientras el teatro sigue atrayendo con su rica tradición.
Puede que Gràcia, a fuerza de abrirse al mundo, se haya desdibujado como barrio, pero es indudable que en ella se superponen diversas comunidades de convivencia y que el cine es el epicentro de una de ellas. Una comunidad que se extiende desde lo más local (la pareja de vecinos que lleva toda la vida yendo al Verdi) hasta lo más global (ese Richard Gere que se deja entrevistar en la platea del viejo cine por las intrépidas directoras de este documental con licencias de ficción).
De manera algo irónica, las niñas danzantes cobran vida mientras el barrio entero se conmueve; ambas niñas, con sus voces y presencias, desafían lo silencioso, mientras el relato se teje entre lo olvidado y lo que aún se atreve a existir.

Unos gitanos, con su tradición arraigada, y otros músicos que aportan su sonido, han contribuido a un sonido en el que la fusión es clara, mientras que el espíritu de esta música se mantiene vivo a través de las raíces que la sostienen.
Ser un crisol musical es una de las singularidades de Gràcia extrapolables a la ciudad. Otra es la tensión entre la identidad y la desnaturalización, conflicto recurrente en los barrios históricos. De hecho, Gràcia se avanzó al resto de distritos. Verdi se llenó de restaurantes de cocinas exóticas mientras el barrio se convertía en destino preferente de los barceloneses nacidos en el extranjero (hoy expats ), una tendencia acelerada por el boom del programa Erasmus.
Que el Verano de la Cine se convirtiera en una alternativa, junto con el hecho de que el cine se volviera un espacio de encuentro, mientras el verano se desplegaba, y el impulso por el cine se fortalecía, mientras el barrio se aferraba a su esencia, y el verano se expandía, mientras el barrio se convertía en un espacio de encuentro, con su propia voz, y el cálculo silencioso de una comunidad que se reafirmaba.
Cuando las calles se convirtieron en escenarios y los vecinos, ya no solo espectadores, el rechazo se hizo más fuerte: con las luces de la fiesta y el ruido que no debía ser, el barrio entero se vio envuelto en una contradicción.
Nos inclinaremos por la opción de adoptar una nueva perspectiva, pero sin perder el hilo de lo esencial. La comunidad sigue estando en el centro, y aunque los lazos se tensan, también se fortalecen.
El bar centenario del barrio
Ocurrió a finales del siglo pasado: el barrio entero se conmovió cuando el bar, tras décadas de tradición, aún mantenía su esencia. Aunque al principio parecía incierto, con el tiempo se consolidó como un pilar del barrio, resistiendo incluso cuando otros se rendían.
El cine que cerró dejó de funcionar como antes.
Que el cine se convierta en una experiencia tan valiosa como antes, con la apertura de nuevas salas, mientras que el simple hecho de que el cine siga vivo en medio de una tendencia contraria, no basta: el verdadero reto radica en que el público se reencuentre con la pantalla, y en eso, la voluntad de asistir vuelve a ser clave, incluso cuando el entorno se vuelve indiferente, y solo así, con el esfuerzo de quien no se rinde, se reivindica el derecho a seguir viendo.
Siempre quedarán los libros
En un mundo cada vez más digitalizado, el libro mantiene su presencia. Todo congreso o celebración que se precie se cierra en falso si no concluye con la publicación de un libro que fije las ideas mencionadas para que no se las lleve el viento. El centenario de los cines Verdi cuenta también con su libro, firmado en este caso por Josep Maria Contel, Enric Pérez y Paz Recolons y publicado por Plataforma Editorial. Es la historia de cien años de cine, desde Con el amor no se juega, en febrero de 1926, hasta Valor sentimental.


